26 UNAI
UNAI
Lo que parecía la oportunidad de mi vida se está convirtiendo en una pesadilla.
El tiempo en Londres cada vez es peor; hace semanas que no veo el sol.
Los días son cada vez más cortos y apenas respiro el aire de la calle, lo único que hago es entrenar, entrenar y entrenar.
Y, cuando tengo un rato libre, me quedo en la habitación e intento hablar con Álvaro, que cada vez está más distante.
Le pido que venga a verme, pero su TFG lo tiene demasiado ocupado y dice que no se puede coger un fin de semana.
Siento que todo se empieza a escapar de mi control.
Mi rendimiento no está siendo el mejor. Los saltos que hago son cada vez más sencillos; no arriesgo, no mejoro.
Mi entrenador no me dirige la palabra más que para lo estrictamente necesario.
Me cerró un contrato espectacular que yo he rechazado, dejándole mal frente a la marca y el club.
A veces pienso que no quiero seguir aquí.
Entro en el London Aquatics Centre y todo el frío de la calle se transforma en una bola de calor húmedo, casi asfixiante. Voy a los vestuarios y ahí está Daniel.
—¿Qué te ha pasado? —me pregunta extrañado—. Llegas una hora tarde.
—Lo sé.
—Joder, podrías haber avisado.
—¿Qué más te da? Es mi problema, no el tuyo. —No entiendo qué mosca le ha picado. No suele meterse en los asuntos de los demás.
—¿Ah, no? —me responde—. Hoy han venido para ver quién competía para los saltos en pareja.
¡Joder! Se me había olvidado por completo.
—Querían probarnos a nosotros dos. Misma estatura, físico parecido, éramos la pareja perfecta. Pero no. Otra oportunidad que mandas a la mierda. Esta vez, arrastrándome a mí.
—Lo siento, lo siento. No me acordaba.
—Ahora ya da igual.
—Lo siento, de verdad. Joder, Daniel. Es que no estoy seguro de que haber venido haya sido una buena idea.
—¿Cómo? —Daniel no se lo cree—. Es la ilusión de cualquier puto atleta. Entrar aquí, que te ofrezcan contratos, que tengas el futuro mínimamente asegurado…
—No me hables.
—Tranquilo, que ya no te hablaré. Pero que sepas que la estás cagando.
Nos quedamos en silencio. El club en contra, Daniel en contra, Álvaro ausente…
No tendría que haber venido.
Entramos en la piscina. El fuerte ruido del agua, el eco de la gente y los gritos me envuelven por completo. Hay otro entrenador y me pega un discurso en inglés que ni siquiera me molesto en entender.
Sé perfectamente lo que tengo que hacer: subir a la plataforma de diez metros y saltar, como lo llevo haciendo toda mi puta vida. Me coloco en el borde. Antes de saltar, recreo en mi cabeza todos y cada uno de los movimientos.
El entrenador me da la señal. Levanto los talones, avanzo, totalmente a la par, cojo impulso y salto.
Desde el primer momento noto que lo he hecho mal.
Debería impulsarme para conseguir caer de cabeza, pero pierdo por completo el control de mi cuerpo y siento que me precipito como si fuera una rama que cae de un árbol.
Oigo los gritos. Caigo de plancha, boca abajo, sintiendo todo el agua contra mi cuerpo, mi estómago, mis pulmones y mi cara…
Daniel se lanza a la piscina para socorrerme.
—¿Estás bien? —me dice mientras me ayuda a llegar al borde de la piscina.
—Sí, sí. —Siento mucho dolor pero no quiero que nadie haga nada—. Estoy perfecto.
Salimos del agua y me mira.
—Unai…
—Me tengo que ir. —Sin dar más explicaciones me dirijo al vestidor. Cojo el móvil y escribo a Álvaro.
UNAI:
Álvaro, voy a bajar este finde a Barcelona. Necesito verte.
ÁLVARO:
Ostras… Justo estoy fuera.
UNAI:
¿Y eso?
ÁLVARO:
Es que el domingo María estrena Madame Bovary
. Y nos vamos de retiro antes del gran estreno.
UNAI:
Y el domingo, ¿estarás?
ÁLVARO:
Sí, pero… es el estreno de la obra. No tendré mucho tiempo. Ven el fin de semana siguiente.
Me rindo…
UNAI:
Vale. Te echo de menos…
Espero a que responda un «Yo también, qué ganas de verte» o «Nos vemos», pero no escribe nada más.
No puedo esperar más.
No puedo evitar mirar vuelos.
Necesito verle aunque sean cinco minutos.
Termino comprando un vuelo para este domingo
.