Triángulo 25 ÁLVARO #2
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25 ÁLVARO #2

Me giro, poniéndome de rodillas, apoyando mis codos en el respaldo del sofá.

Tengo los vaqueros subidos, pero no hago nada.

Espero. Espero unos segundos frente a la pared, sintiéndome completamente suyo.

Siento cómo sus manos me bajan el pantalón lentamente, con cuidado, dejando mi culo completamente al descubierto, y me entra un pequeño escalofrío.

Me empieza a tocar, pero no entiendo, no son sus dedos, es algo más suave, más pequeño.

Son sus labios los que rozan mi piel; me da pequeños besos, pequeños mordiscos en el culo.

Cada vez se acerca más al centro y noto cómo sus labios y su lengua —también su nariz, el calor de su aliento— se acercan rodeando mi ano.

En ese momento lo tengo cerrado, tenso, pero noto como va dilatándose poco a poco de las ganas.

Un soplido… Me lame el borde. Siento el calor por todo el cuerpo.

Que no pare nunca. Me estremezco, suspiro.

Noto, ahora sí, las palmas de sus manos cómo me sujetan las nalgas y cómo las separa con delicadeza.

Creo que me va a follar, pero vuelvo a sentir su lengua lamiéndome de abajo arriba.

La siento dentro. No solo el húmedo calor de su lengua me produce placer, también sus labios y sentir cómo destensa las paredes de mi recto.

Debo de tener los ojos en blanco, porque se me nubla toda

la vista. Cuanto más lame, más húmedo me siento y con más necesidad de que me dé más y más.

Siento cómo aleja su boca y le oigo escupir antes de notar su saliva contra mi piel.

¡Dios! Siento que besa mi culo como si estuviera besando a alguien con pasión; sus labios, sus dientes y su lengua se introducen cada vez más profundamente.

Nunca había sentido nada igual.

Miro atrás y veo cómo él se baja el pantalón de chándal. Lleva la camiseta blanca, que se ha arremangado hasta los codos, y me fijo en su antebrazo peludo. Le miro los labios, los mismos que me estaban lamiendo. Me mira serio.

Thiago me acaricia la espalda con las manos y me quita la camiseta. No me muevo, sigo apoyado en el respaldo del sofá, frente a la pared y deseando que me haga de todo. Cierro los ojos y me dejo llevar. Soy suyo.

Oigo sonidos de boca, lengua, saliva… Me giro y veo cómo suelta un hilo de saliva hasta su polla y se la humedece. Me impaciento.

Me coge por las caderas y ajusta mi culo a su altura. Yo arqueo la espalda, al tiempo que noto cómo su glande me da algunos golpes suaves. Después, sus dedos húmedos me acarician, me manosean, abriéndome, dilatándome, relajándome. Me introduce uno, haciendo pequeños círculos, luego otro.

Oigo cómo abre un condón, cuando me giro se lo está terminando de colocar con esa agilidad suya.

Separa mis nalgas, las abre un poco, y siento cómo se mete muy lentamente dentro de mí. Le oigo echar saliva encima de mi ano, que ya cubre con totalidad su glande; lo noto. A pesar de que me ha introducido solo la punta, ya me siento dilatado.

Gimo cada vez que siento cómo Thiago se adentra unos centímetros más.

Él me acaricia la espalda con la yema de sus dedos, recorriendo mi columna. Al principio es suave, luego siento cómo arquea sus dedos y sus uñas arañan mi espalda. En ese momento, se adentra algunos centímetros más dentro de mí y

deseo que entre completamente. Ya no hay dolor por roce, ya no hay nada que dilatar, ya es todo placer. Retrocede un poco, para tantearme y, al oírme gemir, introduce su polla entera dentro de mí.

Thiago se balancea; le siento dentro y también dándome golpes con su pelvis.

Cada vez, la velocidad es mayor, también la fuerza con la que me golpea.

El placer es más intenso cada vez. Todo lo que toca me produce placer.

Me quiero masturbar, pero me sujeta las manos y las pone contra mi espalda, como si me esposara.

La intensidad aumenta. Me doy algún golpe contra la pared. No puedo hacer nada más que no sea gritar y gemir, cada vez con más fuerza. Me giro para verle: le suda la frente, se le marca la vena en el cuello; tiene una mirada agresiva.

—Si no paras, me voy a correr —le digo.

Se pone de rodillas en el sofá, justo detrás de mí. Me abraza, me sujeta la cabeza, con su boca me muerde el lóbulo de la oreja.

—¿Te gusta? —me susurra. Su voz es grave.

—Mucho —le digo entre jadeos y casi sin aliento.

Me aprieta tanto contra el sofá que siento mi polla atrapada entre mi abdomen y el respaldo, pero él me sigue follando fuerte. Me tiene completamente atrapado entre sus manos. Aunque lo intentara, sería imposible escapar; ojalá pudiera quedarme en ese momento para el resto de mi vida.

Su mano me busca y me empieza a masturbar a la vez que me folla con más velocidad.

¿Cómo puede hacerlo tan bien? El orgasmo es inminente.

No quiero correrme, pero el placer que siento es cada vez mayor y siento que podría explotar.

Grito, mis piernas tiemblan. Le siento jadear en mi oído, gruñendo como un animal a punto de atacar.

Su mano me masturba a una velocidad que parece irreal.

No puedo aguantar más. Es como si, con su polla, me empujara todo el esperma hacia fuera y noto cómo mi semen recorre toda mi erección hasta salir disparado.

Grito. Echo la cabeza hacia atrás para sentir a Thiago, sentir en mi espalda su pecho, quien me sigue e

mpujando; siento su cabeza, su cuerpo, todo pegado a mí. Él también grita de placer.

Nos corremos a la vez, como si fuéramos un único cuerpo. Nos quedamos encajados durante algunos segundos; respirando, recuperando el aliento, con el corazón latiendo como si se fuera a salir.

En este sofá no he vivido nada similar ni recuerdo haber sentido nunca nada igual.

Su erección no baja y la sigo sintiendo dentro de mí. Me empieza a doler, pero no quiero que salga. No quiero que sea el último polvo que eche con él

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