Triángulo 25 ÁLVARO
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25 ÁLVARO

ÁLVARO

No le tendría que haber dicho a Thiago que viniera… No quiero que venga, pero me sabe mal saber que alguien se queda en la calle. Además, si viene, se me pasará la tontería con él. He estado todo el día nervioso hasta que ha llegado la noche; le he dicho que cenara en casa.

Preparo un picapica con pizza

, nachos con guacamole y unas Lay’s. Pongo la mesa mientras escucho al máximo la música desde mi altavoz, dejo la pizza

en el horno y me voy a la ducha. Tengo exactamente veinte minutos.

Aunque las temperaturas no han bajado demasiado, en mi baño suele hacer mucho frío, incluso en verano.

Es como si las baldosas del suelo y la pared fueran bloques de hielo.

El techo es alto y la ventana que da a un patio de luces hace que siempre me estremezca.

Pongo el calefactor de aire. No sabría decir cuántos grados son exactamente, pero, para mí, la temperatura ideal es aquella en la que te puedes quitar la ropa y estar completamente desnudo sin que te tiemble ni un solo dedo, sin que la piel se erice, sin prisa por que salga el agua caliente del grifo; aquella en la que pisas el plato de ducha sin miedo.

Aquella, y solo aquella, ni un grado menos, es mi temperatura ideal.

Me enjabono por completo.

Que va a venir Thiago lo sabe cada parte de mi cuerpo. Desde que me bajo el bóxer, siento cómo toda la sangre se concentra entre mis piernas; no puedo evitarlo. Pensar en él me produce algo químico que no me había pasado antes. A

base de roces inevitables con la ducha, mis manos y el agua, acabo duchándome totalmente empalmado, haciendo esfuerzos por no empezar a masturbarme. Al final lo hago, pero durante cinco segundos contados, pensando en todo lo que haré después. Me lavo bien todo el cuerpo.

Por si acaso, desenrosco el teléfono de la ducha y uso el tubo para limpiarme bien el culo; pienso en todo lo que podemos hacer y quiero estar perfecto.

El roce de la toalla no ayuda a calmarme. Podría masturbarme y tener sexo igualmente, pero prefiero darlo todo luego. Limpio el vaho del espejo; abro un poco la puerta para airear y me entra un pequeño escalofrío. La música sigue sonando a lo lejos.

Me seco entero. Me pongo un slip

, que me queda justo debido a la erección, que no me baja hasta que me visto y voy a la cocina a por la pizza

.

Cuando Thiago llama al timbre, siento que estoy nervioso. He puesto la mesa, los platos, los cubiertos y una vela en medio.

—¡Bienvenido! —le digo al recibirlo, intrigado por si me saludará con un abrazo, dos besos o… uno solo en los labios.

Thiago sonríe y, sin cruzar el marco de la puerta, ve el ambiente que he creado en el salón. Además, he puesto un poco de música tranquila, como de restaurante de lujo.

—¿Qué has preparado? —dice extrañado.

—Algo de cena.

—Voy un poco sudado de todo el día.

Lo veo más callado de lo que esperaba; dudo si viene a casa por pura necesidad o si le hace ilusión quedarse conmigo.

—Si quieres, puedes ducharte. Te he preparado un juego de toallas para estos días. ¿Tienes hambre? He preparado cena.

Espero en el salón mientras él se ducha. Apenas tarda un minuto. Al terminar, grita mi nombre. Me acerco y me asomo por la puerta. Va con la toalla puesta en la cintura, trago saliva.

—¿Me dejas algo de ropa? Tengo toda la ropa sucia.

Voy a buscar algo que le pueda quedar bien; pienso también en algo que le pueda quedar sexi…

Encuentro un pantalón de chándal que a mí me va un poco grande, él es más alto y corpulento que yo.

No le doy ropa interior; además, mi talla M no creo que le quepa.

Para la parte de arriba, le doy una camiseta blanca de manga larga.

Me acerco al baño, estiro la mano y le espero en el salón.

Saco la pizza

del horno; tal vez sea un poco pequeña. Voy a buscar una botella de vino que lleva un tiempo en la cocina.

Recuerdo que la compramos con Unai. En la etiqueta sale una ilustración de un robot: dijimos que aquel dibujo era de lo más absurdo y nos preguntamos qué sabor tendría un vino con un robot en la etiqueta…

Al final, la compramos por menos de seis euros, estaba de oferta, pero la botella se quedó ahí.

Ni siquiera me pregunto si abrir ese vino se considera traición; no creo que me gustara la respuesta.

Agarro la botella por el cuello y, con la navaja de sierra, recorto el aluminio.

Introduzco el tirabuzón de acero, girándolo levemente y apretando con fuerza, intentando hundirme recto.

Los abridores de vino de dos asas siempre me han recordado a bailarinas que saltan a cámara lenta, subiendo y bajando brazos y piernas.

Bajo las dos palanquitas y descorcho la botella, con ese sonido tan característico y ese olor a… ¿cena romántica?

Dejo la botella en el centro de la mesa y me siento.

Thiago sale del baño y, al verle, siento una mezcla rara entre risa, ternura y excitación.

Verle con mi ropa me hace gracia, y más saliendo por esa puerta con cierta cara de desubicación.

Verlo de noche, tras una ducha antes de cenar, me provoca cierto sentimiento de calor hogareño que hacía días que no sentía.

Pero no deja de ser Thiago, sus hombros anchos, su pectoral, su torso, que queda perfectamente dibujado bajo la camiseta blanca que le llega a la cintura…

Y el pantalón de chándal, ancho por arriba y estrecho por los tobillos, que al andar le hace bambolear algo que no está sujeto con ropa interior.

Se acerca en silencio hacia la mesa y se sienta enfrente de mí.

—Un poco exagerado todo, ¿no? —Es lo primero que dice.

—Bueno, no me costaba nada. Para que estuvieras a gusto tu primera noche.

Sonríe confuso y mira hacia donde ha dejado sus cosas.

—Estaré muy pocos días. No soy de aprovecharme de la gente.

—Lo sé. Y no te preocupes. El tiempo que estés aquí, que estés a gusto.

Observa el tocadiscos.

—¿La música viene de ahí? —me pregunta.

—Qué va. Me lo regalaron, pero no tengo ningún disco. Es un tocadiscos sin disco. O sea, un tocanada

.

No se ríe. Es la típica broma absurda que a Unai le hubiera hecho gracia. Al menos, eso hubiera fingido.

Vuelve a mirar hacia la mesa, extrañado.

Cenando, parecemos dos completos desconocidos; de hecho, es lo que somos.

—¿Quieres vino? —ofrezco.

—No, gracias. ¿Tienes Coca-Cola?

—No me queda…

—Pues nada. ¿Agua?

Acabamos bebiendo agua, dejando la botella abierta en medio de la mesa.

Intentamos arrancar varias conversaciones, pero todas quedan en apenas cuatro frases.

Hablamos de pisos, alquileres, compañeros, la convivencia…

Por suerte para mí, poco a poco empieza a fluir la conversación.

La cena ayuda y empezamos a hablar de comida, de lo que sabemos hacer cada uno y de nuestras preferencias a la hora de cocinar.

Me doy cuenta de que él domina mucho más que yo, que apenas me defiendo con platos precocinados, congelados y sitios baratos.

Cada vez estamos de mejor humor y tocamos algún tema de actualidad, incluso hablamos de política; la carta del tiempo y la temperatura no ha hecho falta jugarla.

Al poco rato, se anima con el vino. Nos servimos dos copas y hablamos de cosas menos serias. Si al principio sonreíamos forzadamente, ahora soltamos alguna carcajada.

No hay postre, detalle que siempre olvido. Entonces, Thiago coge de su maleta un pequeño paquete de chocolatinas que ha traído.

—Son del Mercadona —me dice—. Me las descubrió un amigo que trabajaba ahí.

Nos sentamos en el sofá con las copas rellenadas, uno al lado del otro, tocando nuestras caderas. Empezamos a jugar con la música, a poner algunas canciones que nos gustan, a descubrirnos algún grupo.

Mientras estoy buscando con el móvil un vídeo que quiero enseñarle, Thiago me pasa la mano por detrás. Me acaricia la espalda y la acaba introduciendo por debajo de mi pantalón. Sé que no debería hacerlo, pero me engañaría a mí mismo si dijera que no lo estaba esperando.

Acabo dejando el móvil en la mesa. Da igual lo que suene a partir de ahora. Le miro y mis ojos quedan a la altura de sus labios, los miro de frente; con la boca entreabierta, puedo verle un poco los dientes, que parecen estar a punto de morder.

No paro de pensar que es el tío de las duchas y que ahora lo tengo a centímetros de mí, sintiendo su respiración en mi frente. Se me acelera el corazón.

Le miro el pantalón que le he prestado y veo lo que deseaba ver desde que los he elegido: su erección levanta la tela como si fuera un tronco sujetando una carpa.

Se me nubla la mirada. Con la mano, acaricio la tela, como si quisiera comprobar que realmente es su polla.

Y lo es, vaya si lo es. Se me va la mano al interior; no puedo esperar más.

Siento el calor, solo al introducirla, pero me arden los dedos al tocarla.

La ropa interior puede ser sexi, pero meter la mano dentro del pantalón y encontrarme con algo tan grande y en plena libertad me vuelve aún más loco.

Sonríe, como si le tocara su punto débil.

Me besa con los labios duros, noto esa piel más rugosa suya, que me produce un cosquilleo por el cuello. Me toca con fuerza en los brazos y me mueve con un punto de agresividad que provoca en mí una sensación dispar, entre miedo y deseo.

Se levanta y se pone frente a mí. Yo sigo sentado.

Me desabrocho el pantalón y me bajo la cremallera.

Siento demasiada presión. Acerca su cintura a mi cara y mordisqueo el chándal, abriendo completamente la boca.

Se lo quiero bajar para poder lamerle bien, pero me coge las manos y me las retiene con autoridad.

Solo tengo mi cara para sentirlo, mis labios, mis mejillas.

Con los ojos cerrados empiezo a darme pequeños golpes.

Siento un hormigueo por toda la cara; deseo quitarle la ropa.

Me agarra por las muñecas e intento moverme, pero no me deja.

—Date la vuelta —me ordena.