Triángulo 21 ÁLVARO
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21 ÁLVARO

ÁLVARO

Hacía tiempo que no dormía hasta casi el mediodía.

Me despierto cegado por la luz; no son, ni de lejos, los primeros rayos del día.

Mi sensación es de haber descansado profundamente.

Tanto que, durante los primeros segundos, no se me hace raro sentir a alguien a mi lado, compartir cama, notar piel con piel.

Es lo que llevo sintiendo todo el verano.

Pero el tipo de respiración es diferente, el sutil olor corporal es otro…

He pasado la noche con Thiago.

Todavía es pronto para saber si me arrepentiré o no. No quiero ni pensar más allá. Ahora no.

Le veo durmiendo boca arriba, tapado hasta la cintura y con la mano en el abdomen. Su collar de plata le cae desfigurado por el cuello y se apoya en su clavícula.

Por mi mente empiezan a pasar las imágenes de lo que sucedió anoche. Mi cuerpo está algo resentido. Siento algo de agujetas en las piernas. Quizá sí que me siento un poco mal, aunque, por otro lado, lo disfruté mucho.

Thiago llegó con el móvil en la mano, siguiendo la ubicación que le había enviado, y, desde que entró por la puerta, ya sabíamos lo que iba a suceder, era cuestión de minutos…

Nos sentamos en el sofá, rellenando el silencio con palabras que no decían nada, hablaban más los gestos.

No se tiene una conversación interesante antes de liarse con nadie; son palabras vacías, el significado no importa, solo el tono, la manera en que las dices y, sobre todo, la cercanía en la que se habla.

Una palabra se quedó a medias y se convirtió en un primer beso.

Empezamos en el sofá, ahí nos quitamos las primeras prendas, después fuimos a la habitación.

Miro la cama y reproduzco en mi mente todo lo que hemos hecho hace apenas unas horas, como un policía que observa el lugar del crimen intentando reconstruir todos los hechos.

Volvería atrás y lo repetiría todo, desde que entramos, cuando me lanzó a la cama, cuando me dominó con su fuerza sin apenas dejarme hacer nada.

No puedo evitar volverme a excitar al verle y seguir recordando.

Un cuerpo tan diferente al de Unai, y a la vez tan atractivo.

Una piel menos fina, con más pelo, menos cuidado, más rudo en general.

Pienso en cómo me ha follado y en cómo su polla estaba dura como el acero; hasta me dolió al principio.

Acerco mi cuerpo al suyo, sin importarme que lo pueda despertar.

Le beso la comisura de los labios, con suavidad, como si lo hiciera a cámara lenta.

Su respiración, tan pausada, tan relajada, se detiene en seco, dando paso a un fuerte suspiro que le hace mover y tensar todo su cuerpo como un león cuando se despierta de un sueño profundo.

Sin abrir los ojos, me devuelve los besos.

No sé si sigue durmiendo, imagino que no, ya que besa con la misma fuerza que lo ha hecho por la noche.

Pone su mano tras mi cuello, presionándome contra él.

Noto con mis propios labios cómo dibuja una sonrisa con su boca, como si me diera los buenos días.

Con su lengua juega con la mía, humedeciendo mi paladar.

Sin querer destaparlo del todo, me incorporo sobre su cuerpo, con las rodillas sobre el colchón, sentándome suavemente sobre su tripa.

Estamos los dos desnudos. Retrocedo lentamente, hasta rozar su erección y sentirla entre mis nalgas.

Las separo adrede para abrazarla y siento un cosquilleo, como si la piel tuviera memoria y recordara todos los rozamientos de la noche anterior, como si los volviera a sentir.

Arqueo mi cuerpo hacia él para seguir besándolo. Me acaricia las piernas de arriba abajo, lentamente, y se me eriza el vello. Se humedece las yemas de los dedos con la lengua, baja la mano y me acaricia los huevos, con suavidad, con mimo;

después sube y me masturba suavemente, acariciándome el tronco, subiendo y bajando cuidadosamente la piel.

Me reafirmo: ese órgano lo tenemos hecho únicamente para recibir y dar placer; es perfecto. Un roce en el pecho, en los brazos; todo me gusta, pero ahí es como si fuera la central del placer.

Sube la mano por mi tripa, mi pecho y mi cuello hasta llegar a mis labios.

Me introduce dos dedos para que se los humedezca.

Tengo la boca seca, pero aun así expulso toda la saliva que puedo para empaparle al máximo; sé lo que va a hacer y lo deseo más, incluso, que la noche anterior.

Me presiona el cuello y lo acerca hacia él.

Me vuelve a besar, con ganas. Con la otra mano, me acaricia el culo, suave; después me lo agarra fuerte.

Sus dedos, como si dieran pequeños pasos, se van adentrando detrás de mí, hasta acariciar la circunferencia de mi ano.

Se vuelve a mojar con su propia saliva los mismos dedos para humedecer la entrada a mi recto.

A la vez, presiona, reblandece y dilata el orificio.

Apenas opongo resistencia. Intuitivamente, muevo suavemente la pelvis, para decirle que lo que está haciendo me gusta, que a mi cuerpo le encanta.

—¿Quieres más? —me sonríe.

Sin responderle con palabras, le hago un gesto afirmativo con la cabeza.

Alargo el brazo y cojo el último condón de la caja, una que compré estando con Unai, hasta que dejamos de utilizarlos.

Usar esa misma caja me hace recordarlo, pero no quiero, así que la tiro lejos para apartarla de mi vista.

Él coge el preservativo y se lo pone con mucha agilidad, como quien se abrocha un botón, casi sin mirar.

Agarro también el lubricante, pero me lo arranca de las manos.

Se echa un poco en los dedos, alarga el brazo y siento enseguida el frescor mientras me unta alrededor y en el interior del ano.

Se echa más cantidad y noto cómo se lubrica toda la polla; se la embadurnaba entera, hasta la raíz, todo lo que me va a meter.

La inclina hacia arriba, para ponerla vertical. Flexiono las rodillas y voy bajando mi cuerpo. Siento cómo se abre camino, cómo empiezo a dilatar. Pongo la espalda recta, levanto la cabeza

y cierro los ojos. Sigo bajando, lentamente, notándole cada vez más y más adentro. Cierro los ojos mientras se dilatan las paredes de mi recto; otra vez esa sensación de meterme una enorme barra de acero.

Thiago mueve su pelvis para acabar de encajar su cuerpo con el mío y yo siento que mi culo está hecho para él, que su polla está hecha para mí.

Noto un ligero dolor, pero es solo justo antes de sentirla completamente dentro.

El placer no tarda en invadirme de nuevo.

Se expande por todo mi cuerpo; me recorre las piernas, que me tiemblan y el hormigueo me llega hasta la espalda.

Con mucho cuidado, me balanceo, adelante y atrás. Arriba y abajo, muy despacio.

El placer es demasiado grande, me siento demasiado feliz.

Thiago me mira, atento, esperando a que esté completamente cómodo, a sentir que me he abierto del todo para poder moverse con total libertad. Me doy cuenta de que no había entrado entera cuando da un último empujón y siento los últimos dos o tres centímetros. Tengo su polla entera en mi interior.

No respondo de mis actos.

Vuelvo a lanzarme sobre él, sobre su pecho, su cuello… Pierdo el control; mi cabeza deja de mandar y solo me guía el placer que se ha apoderado de mí. Le beso, deseoso; ahora mismo necesito todo su cuerpo.

Se incorpora, llevándome con él, y se queda sentado en la cama, abrazándome, rodeándose con mis piernas que ya no se apoyan en la cama, todo mi peso recae sobre él.

Me siento completamente suyo, no lo puedo soltar.

Thiago me mueve a su ritmo. Al poco rato, me estira en la cama, boca arriba, tomando un control absoluto sobre mí.

Coloca una almohada en mi espalda, me coge las piernas y empieza a darme con más velocidad, con más fuerza; me folla como lo hacía anoche. Y yo solo quiero más y más y más.

Se acerca a mí para lamerme el cuello, el mentón, y morderme los labios. Con una mano me sujeta del pelo y me echa la cabeza hacia atrás. Con la otra, me masturba mientras me p

enetra. No sé qué me da más placer: sentirle dentro o los golpes contra mi culo; hasta siento sus huevos rebotar.

Podría correrme enseguida, pero hago un esfuerzo por mantenerme en ese estado de puro éxtasis.

No quiero que acabe nunca; sin embargo, no podré aguantar mucho rato más.

Esas ganas de llegar al orgasmo y, a la vez, saber que ese mismo orgasmo es el final…

Noto su dura erección, que me llena por dentro.

Thiago me golpea sin tregua; sus ojos me miran.

A ratos, pierde la mirada y los pone en blanco.

Él también disfruta. Disfruta conmigo, con mi cuerpo. Soy completamente suyo.

Se me escapan gemidos cada vez más fuertes y él me responde gimiendo con más gravedad, más ronco.

Pajea mi polla como si fuera la suya; me gusta cómo me la coge con su mano enorme.

La estruja como yo jamás lo he hecho. Mis gemidos se convierten en gritos y me da por el culo con más fuerza aún; golpes secos, menos seguidos, pero más duros, más fuertes.

Estoy en sus manos. El orgasmo es inevitable.

Aunque no quiera, me voy a correr. No puedo más.

Me corro sin que él suelte su mano, empapándole.

Exploto de placer y hasta me duelen los testículos.

Él también se corre, cerrando los ojos y gritando exhausto.

Gritamos los dos como si cayéramos a la vez de un acantilado y nuestros cuerpos rebotaran contra el suelo.

Se vuelve a encorvar sobre mí. Mi semen llega a su pecho, hasta el cuello.

Siento su polla bombeante en mi interior.

Me da unos últimos besos y me acaricia con su mano empapada. Respira fuerte.

—Buenos días —me dice entre risas.

—Joder —no puedo ni hablar—. Buenos días.

Acabo de morir. Solo pienso en el tiempo que ha de pasar para poder repetir. No quiero que la saque aún; no quiero que la saque nunca

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