Triángulo 22 UNAI
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22 UNAI

UNAI

Al despertar, mi cabeza piensa a toda velocidad. La habitación es la misma, el armario está en el mismo lugar, la ventana es igual, incluso las mismas vistas, la mesa…, todo; pero no es mi

habitación, es otra idéntica de la residencia. Reconozco la ropa y los pósteres en la pared. Estoy en la habitación de Daniel, en su cama. He dormido con él.

Lleva aún el bañador puesto, tal y como vino de la fiesta, y yo voy completamente vestido; me alivia confirmar que no ha pasado nada entre nosotros.

Aparte de estar completamente empalmado, me levanto con muchas ganas de mear; me duele la vejiga.

Voy corriendo al baño, me aprieta demasiado y no aguanto más, siento como si tuviera una aguja dentro.

Quiero hacer pis, pero me cuesta. Al final, lo consigo y parece que haya abierto el grifo de una presa que tenía más agua de la que podía contener. Daniel entra en el baño también.

—Lo siento —me dice mientras se la saca del bañador, enfrente de mí.

—¡Espera! —le intento parar, no dando crédito.

No me hace caso. Me desplaza a un lado y se pone a mear junto a mí. No puedo evitar mirar; la tiene un poco morcillona. La mañana…

—No podía más —me dice, casi ahogado.

—¿Esto es normal en Madrid? —le pregunto.

Acabo antes y me lavo las manos.

—Tengo ron por todo el cuerpo —me dice mientras se quita el bañador enfrente de mí, quedándose completamente desnudo.

Tiene un cuerpo espectacular. Por suerte para mí, los heteros son como maniquís; desde que sé que prefieren una chica, no siento ninguna atracción. Es como una batalla que, aun pudiéndose ganar, requiere de demasiada pelea.

Quiero salir del baño, pero mientras abre el grifo de la ducha me dice:

—¿Quién es Álvaro? —Lanza la pregunta mientras se da la vuelta y se frota todo el cuerpo con jabón. No hace el más mínimo esfuerzo para esconder sus partes, que cuelgan con total libertad.

El ruido del agua me obligaría a gritar una historia que no se resume en una frase.

—¿Por qué lo dices? —No recuerdo haberle hablado de él, pero me imagino lo peor.

Cierra el grifo y sale de la ducha. No puedo evitar pensar que tiene un pene que no está nada mal, algo que ya se intuía en los entrenamientos. Coge una toalla pequeña y recorre todo su cuerpo, secándose mientras me habla. Está completamente depilado.

—Ayer me decías que no te podías quitar a Álvaro de la cabeza. Luego, creo que me empezaste a confundir con él.

—¿Me puse muy pesado? —Me muero de la vergüenza.

—Más bien, te pusiste cariñoso… —dice riéndose—. Me abrazabas y me dabas besos en el cuello. Te dejé hasta que quisiste besarme los labios, ahí te frené. Lo reconozco. —Se pone la toalla alrededor de la cintura, pero apenas le tapa nada.

Volvemos a la habitación.

—Hace unos meses conocí a un chico —le explico—. Hemos pasado todo el verano juntos.

—Y estás completamente enamorado de él. —Me mira comprensivo—. ¿Pero estáis juntos?

—Él no quería tener una relación a distancia, y yo le insistía en intentarlo. Le prometí que nos veríamos muchos fines de semana, pero… está siendo casi imposible…

—Si os queréis —me dice—, acabará funcionando.

Sonrío para cerrar el tema, pensando en que lo he dejado en Barcelona. Además, que él se vista delante mío, como si estuviera solo, le quita hierro a la situación.

—Lo siento si ayer te jodí la noche —me disculpo, imaginando que tal vez no pudo irse con la chica que le gustaba.

—¡Para nada! —sonríe—. Estuve hablando con Jess toda la noche, después viniste tú y te cuidé.

—Pues eso, que lo siento.

—Para nada, gracias a ti. —Me da un beso en la mejilla—. Ella vio lo buen amigo que soy porque antepuse mi amistad a echar un polvo con ella, así que me hiciste quedar de puta madre. Hemos dicho de vernos esta tarde.

Me río.

—¿Bajamos a comer algo? —me propone.

—No puedo, quiero llamar a Álvaro. Estará en su casa cagándose en mí por no haber ido a verle. Y luego me pasan a buscar para lo de las fotos.

—Ok —me responde—. Cualquier cosa, me llamas. Y… dile a Álvaro que tiene mucha suerte; besas muy bien.

Me dirijo a mi habitación, que está a unas pocas puertas, en el mismo pasillo. Marco el código y entro. No tengo apenas batería. Conecto el móvil al cargador y le llamo. No me responde. Al cabo de un rato, me devuelve la llamada.

—¡Buenas! —Tiene también cara de sueño. Intento descifrar, con su cara, si salió anoche, si se ha quedado en casa, si ha estado con alguien…

—Vaya carita… —le digo—. ¿Saliste ayer?

La pregunta, en realidad, es: «Dime todo lo que hiciste».

—Bueno… —me responde—. Salí a tomar algo con María y… se alargó un poco la cosa. ¿Y tú?

Me alegra haber salido y no haberme quedado encerrado en mi habitación.

—También —le explico—. Ayer celebramos Halloween en la residencia. Estuvo bien.

—¿Un Halloween con deportistas de élite? Me imagino lo peor.

—Qué va… —me río—; como una fiesta normal. Lo que mucha gente iba en bañador, eso sí. Se ve que es tradición.

—Si yo fuera deportista de élite, con ese cuerpo, iría hasta al Lidl en bañador...

Escucho un sonido raro, como si hubiera alguien más en su casa.

—¿Qué ha sido eso? —le pregunto con un dolor de barriga impresionante. Siento que, desde que no estamos juntos, está más distante.

—El gato —me responde, sonriente.

—¿Qué gato? —No me hace gracia—. Si tú no tienes gato.

Hace buena cara. No quiero pensar que haya podido amanecer junto a alguien.

—Es broma —me dice—. Es María, que se ha quedado a dormir en casa.

—¿Ah, sí? No me lo habías dicho. —De repente me entran todas las inseguridades.

—Te lo estoy diciendo ahora.

Me imagino de todo. Si fuera su amiga, me lo hubiera dicho desde el primer momento.

—¿Es María o estás con alguien? —se me escapa preguntarle, aunque intento que parezca una broma.

—Que no, que es María, ¿o no me crees?

La distancia no me sienta bien, y no haber dejado claro lo nuestro me sienta peor.

—¡María! —grita—. Unai quiere saludarte.

No hay respuesta.

—Creo que se ha metido en la ducha —me dice Álvaro—. Bueno, ¿qué tal por ahí? ¿Has conocido a mucha gente?

—Qué va. Estuve con Daniel toda la noche.

—¿Daniel es tu compañero?

—Bueno, sí, con el que entreno y prácticamente con el único que me hablo.

—No me habías dicho su nombre todavía… —se ríe—. ¿Está bueno?

—No está mal… —intento causar intriga—. Pero es hetero, no te preocupes.

—¡Ah! Me había puesto celoso ya.

Le digo su perfil de Instagram, lo busca y lo comentamos un poco. Daniel ya ha subido fotos de la fiesta.

—Y lo típico; gente que conoces de fiesta. Lo que son todos frikis del deporte.

Nos quedamos en silencio. No está muy hablador.

—Álvaro —le digo—. Te echo de menos.

—Yo también —responde—. Se me está haciendo raro que no estés aquí. Además, estoy avanzando con mi proyecto y es extraño no comentarlo contigo.

—¿Sí? —Ese proyecto lo siento casi mío también. Si sale, siempre pensaré que lo empezó junto a mí—. ¿Cómo va?

—Bien —sonríe, se le ve ilusionado—. Ya he planteado los capítulos y la guía en general.

La voy a dividir en planes de noche, planes de día y planes de fin de semana.

Para los planes de noche, haré lo más habitual: bares, restaurantes y demás.

En planes de día, haré las rutas turísticas por la historia LGTBIQ+ de Barcelona y también sitios actuales.

Y se me ocurrió hacer planes de fin de semana, o sea, escapadas a sitios como Sitges, la playa del Torn, Sant Pol, El Prat o cosas que queden cerca.

—Básicamente, lo que hacíamos tú y yo —me río.

—Exacto, lo que hace cualquier marica de la ciudad.

—Está genial —le digo—. Puedes añadir un calendario, también, con algunas fiestas como por ejemplo el Carnaval, el Pride…

—¡Es verdad! Mañana tengo reunión con mi tutora. A ver qué dice.

Algo hay en esa conversación; no acaba de fluir.

—Lo que tienes que pensar, siempre —no puedo evitar querer ayudarle—, es lo que le contarías a un amigo tuyo que

quisiera ir a Barcelona. Qué fechas le aconsejarías, qué planes, etc. Si lo haces en ese plan seguro que funciona, así no queda tan serio ni tan institucional.

—Tienes razón… —de repente, cambia de actitud—. ¿Te parece si hablamos en otro momento? Vamos a ir a hacer el vermú.

—Oh —me entristezco—. ¡Me estás sustituyendo por María!

—Ah —responde en broma—. ¡No haberte ido!

—Por cierto —le digo—. Siento haber pensado que estabas con un tío.

No descifro su cara.

—Qué va, tranquilo.

—Dale un beso a María.

Nos despedimos y colgamos la llamada.

Veo el contrato sobre mi escritorio y leo la cifra una vez más.

Es mucho dinero. No me puedo creer que esté a una firma de cumplir el sueño de cualquier deportista.

Pienso en todo el tiempo invertido, en todas las semanas enteras en las que apenas tenía una tarde libre, los meses en los que no he podido hacer un viaje, en los que apenas he podido disfrutar de mis amigos…

¿Y si ese no es el camino que realmente quiero?

Firmar este contrato hará que no vea a Álvaro más que…

¿una vez cada dos meses en el mejor de los casos?

Pienso en aquel niño que apostó por el mundo de los saltos, le brillarían los ojos ante este momento, pero ¿y si ese niño no era consciente de todo lo que tendría que sacrificar?

Toda la vida he hecho lo que creía correcto, pero es que tal vez me he estado equivocando.

Hay algo que me impide firmar.

Sujeto el contrato con la mano y, como si algo se apoderara de mí, lo rompo por la mitad en dos pedazos, luego en cuatro, luego en ocho… hasta que no logro hacer pedacitos más pequeños

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