Triángulo 20 UNAI
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Me despierto cada día a las cinco y cuarenta y cinco de la madrugada para entrenar a las seis treinta, hago ejercicios de calentamiento junto al equipo, corro un par de vueltas, hago abdominales y flexiones.

Cuando he entrado en calor, voy a las camas elásticas y pruebo los mortales que después practicaré en el agua.

Más tarde, al foso de espuma, a seguir haciendo mortales; aunque también usamos la trócola, unos arneses para practicar estos ejercicios.

Al terminar, dos horas de técnica en la piscina y entradas en el agua.

Descanso de media hora. Dos horas más de acondicionamiento físico, ejercicios de fuerza, flexibilidad y cardiovascular.

Comer deprisa, sin casi poder coger el móvil ni hablar con nadie.

Por las tardes voy alternando: algunos días me toca hacer clases de ballet

, que han introducido para mejorar nuestra técnica y movimientos en el aire, otros tengo teoría y, además, hago inglés para ponerme al nivel de mis compañeros. Al final del día, vuelvo a la piscina para hacer los últimos saltos. Y así todas las semanas, de lunes a sábado. Estoy agotado.

Hoy habría podido saltarme el entreno, solo estoy en Londres para la sesión con Adidas de mañana; aun así, he venido.

De lo contrario, me hubiese vuelto loco.

Por mucho ejercicio que haga, hay algo que no me quito de la cabeza y que, incluso, me impide estar focalizado al cien por cien: Álvaro.

Me da miedo que lo nuestro se enfríe, porque me niego a perder a la persona de quien me siento enamorado.

Recibo su mensaje:

ÁLVARO:

Al final me voy a tomar algo con unos amigos. Ya hablamos.

Lo leo y lo vuelvo a leer, intentando ver si hay algo detrás, si es más o menos expresivo que otras veces.

¿Por qué no me dice qué le ha surgido? El otro día fue por María, esta vez…

¿qué ha pasado? A lo mejor se ha cabreado porque no he ido el fin de semana.

Me vienen todos los males al pensar que pueda estar conociendo a otro, pero ese no fue el pacto.

«Si conocemos a alguien, lo decimos», esa fue la condición.

Intento pensar en otra cosa. Toda la residencia se está preparando para la fiesta de Halloween y la mayoría aprovecha la palabra zombi

para ir de cualquier cosa sexi relacionada con el agua: surfista zombi, vigilante de la playa zombi, bañista asesino o, sencillamente, ponerse el bañador y llenarse el cuerpo de sangre.

Sobre mi mesa: el contrato de Adidas. Es el contrato con el que cualquier atleta soñaría; mucho dinero, más del que gana cualquier persona media en diez años de trabajo.

Cuatro años de patrocinio con absolutamente todo financiado: equipación, entrenos, sesiones de fisioterapia extras, viajes…

A cambio: uso absoluto de mi imagen en campañas publicitarias, una agenda completamente llena los próximos dos años, asistencia obligada a competiciones y eventos de la marca y sesiones de fotos; todo ello muchos de los domingos que tendría libres.

Para mí, todo se traduce en que no podré volver a Barcelona en mucho tiempo y, si viene Álvaro, apenas podré verlo.

Mañana me recogen para la primera sesión y tengo que entregarlo firmado; me veo incapaz.

Llaman a la puerta.

—¡Adelante! —Todavía se me hace raro utilizar el inglés. No me siento con el nivel suficiente para hablarlo; tengo mucho acento extranjero y me faltan palabras.

Entra Daniel, mi compañero de saltos madrileño. Nos vemos a diario, ha conseguido la misma beca que yo y tenemos

el mismo plan de entrenamiento. Además, su habitación está bastante cerca de la mía. Nos hemos entendido desde el primer momento y nos llevamos muy bien. Y, lo mejor, habla español.

Me fijo en que lleva media cara llena de sangre, un bañador barato que se ha comprado expresamente manchado de rojo y roto, como si le hubieran atacado, cerca de la goma del bañador, una herida falsa.

—¿Qué haces? ¡No te has disfrazado aún!

—Estoy hecho polvo —me justifico—. No creo que vaya.

—Todos lo estamos —se ríe; creo que va a intentar persuadirme—, pero ya que no te has ido a Barcelona, tienes que salir. Además, es la primera fiesta de la temporada, es tradición que nos den la bienvenida a los nuevos.

De un bote, saca algo viscoso y me lo echa en la cara.

—¿Qué haces? —Me levanto.

—Vamos, Unai —me anima—. ¿Qué vas a hacer aquí?

Releo, una vez más, el mensaje de Álvaro.

ÁLVARO:

Al final me voy a tomar algo con unos amigos. Ya hablamos.

Noto que Daniel no va a parar hasta convencerme.

—Estará lleno de tíos con ganas de conocer a su chico latino.

—Que no busco nada aquí… —le digo.

No le he contado nada de Álvaro y no voy a hacerlo ahora.

—Además —sigo buscando excusas—, mañana tengo pruebas de vestuario con Adidas.

—Solo necesitas estar de cuerpo presente, no hace falta ni que hables. —Me mira, insistiendo con la mirada. En el fondo, tiene razón.

—Anda, vamos.

Por las prisas de Daniel, llegamos de los primeros. Está todo preparado para la fiesta: decoración terrorífica, guirnaldas de calabazas llenas de telas de araña, antorchas de fuego

falsas, chupitos de color granate…, pero no hay apenas gente. Me siento incómodo, hay que llegar cuando ya hay ambiente, no antes.

—Yo me voy —le digo a Daniel mientras me doy la vuelta.

Vuelve a reírse; es su forma de empezar a hablar. Me pone la mano en el pecho, como un guardia de seguridad que te impide el paso.

—Tú te quedas aquí conmigo. —Se le escapan los ojos hacia otro lado—. Mira quién viene por ahí.

Me giro y veo un grupo de chicas con la misma cara de novatas que nosotros.

Daniel está loco por una de ellas; son del equipo de natación.

Solemos verlas siempre en bañador, pero hoy van todas en bikini.

Es como si dejáramos nuestra figura de deportistas de élite a un lado y nos convirtiéramos en alumnos de un colegio americano.

—¡Dios! —A Daniel se le salen los ojos hacia la que le gusta.

—Vale, espero a que hables con ella y, cuando os empecéis a liar, me voy a mi habitación.

—Ni hablar —me dice, mirando hacia otro lado—. También viene gente que te va a gustar a ti.

Veo entrar a un grupo de chicos. Parecen tener un par de años más que yo; a algunos los he visto en algún entreno y nos hemos cruzado alguna mirada. Los observo y acabo de concluir que, ni de lejos, soy el único chico gay en este centro, y menos en esa fiesta.

Flipo en cómo se curra la gente los disfraces; yo solamente llevo un poco de sangre en el cuello.

—Lo curioso de nuestro trabajo, o deporte, o como le quieras llamar —teoriza Daniel—, es que nos conocemos los unos a los otros en bañador, casi en bolas, pero no nos parece sexi. En cambio, vernos fuera del agua sin ropa resulta como muy… atrevido.

La fiesta tarda solo unos minutos en llenarse. Cada vez somos más y con Daniel nos vamos animando. Hablamos con mucha gente; primero con conocidos, que nos llevan a otros no tan conocidos, que nos llevan a desconocidos. Se repiten l

as mismas preguntas: «¿Cómo te llamas?», «¿De dónde eres?» o «¿En qué sección estás?». Todo bajo la música de un DJ que pone todo lo que ha sonado en Reino Unido en los últimos veinte años: Pussycat Dolls, Troye Sivan o incluso alguna de High School Musical

. Echo de menos alguna petardada

española, pero la única que ponen es la Macarena

, que aborrezco, y, cómo no, Bizcochito

de Rosalía…

La noche avanza y las preguntas van en otra dirección: «¿Me acompañas a por una copa?», «¿Tienes pareja?» o «¿Te gusta mi amigo?». Esas preguntas me gustan menos; tardo mucho en compartir mi vida privada con la gente.

Daniel y yo no nos perdemos de vista en ningún momento. Somos nuestro propio punto de encuentro y, aunque estemos en conversaciones ajenas, siempre nos buscamos de reojo para confirmar que seguimos ahí.

La fiesta empieza a ir sola; ya no hay que forzar conversaciones ni ir a por copas para matar el tiempo, es como si las conversaciones y el alcohol fluyeran libres por el ambiente.

Poco a poco, se me acercan chicos. Algunos de ellos son muy guapos; otros, tal vez no tanto, pero tienen un atractivo especial y una conversación interesante; después, los hay especialmente graciosos.

Tenemos muchas cosas en común, pero pensar en Álvaro hace que no quiera alargar mucho las conversaciones con ellos.

Si estuviéramos juntos en esta fiesta, ahora sería el momento de bailar aún más pegados, de besarnos, de cantarnos las canciones a la oreja o, incluso, de desaparecer juntos.

Daniel aparece de entre la multitud y me grita al oído.

—¿Estás bien? —Tiene dos chupitos en la mano y los levanta frente a mí, queriendo brindar. Le miro, dudo unos pocos segundos, y al final le cojo uno.

A partir de ahí, no hay vuelta atrás.

La noche empieza a acelerarse y perdemos el control. No quiero ni pensar en que mi primera sesión de fotos será con resaca, pero en ese momento me da igual. «Son solo fotos de prueba», me repito. Ahora mismo todo es luz, color, sangre y

música. Gente. Luces. Conversaciones inconexas. Música. Abrazos. Cantar y gritar. Más colores. Más gente…

La noche empieza a acelerarse.

Todo pasa muy rápido.

Ni recuerdo volver a la habitación.

Despierto con la luz que entra por la ventana.

Noto a alguien durmiendo a mi lado.

—Mierda… —digo en voz alta

.