Triángulo 19 ÁLVARO
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19 ÁLVARO

ÁLVARO

Buscamos una mesa libre en algún sitio. Tengo hambre y estoy agotado, nunca había hecho tanto ejercicio.

Acabamos en una terraza; no hay mesa libre, pero sí un barril con dos taburetes libres, un servilletero y un cenicero que confirman que ese barril hace función de mesa.

El sitio se llama Vinito; a simple vista, una bodega de toda la vida, con sus tapas, variedad de cervezas y, cómo no, carta de vinos.

Miro alrededor y me gusta la clientela. Este tipo de bares, más tipo bodega, parece que tenga que ser para otro tipo de gente, pero miro y hay bastantes chicos guapos; la cantidad de heteros los podría contar también con una sola mano.

Bar que veo, bar que pienso si lo metería en la guía.

Este lugar, a lo mejor no es específicamente gay, pero si lo recomiendo podría traerlos aquí.

En las notas de mi móvil apunto: Vinito.

Una mujer nos atiende y le pedimos dos cervezas.

Entre nosotros, no hablamos casi. Yo estoy muy cortado. Él no sé qué piensa.

—Tienes acento gallego, ¿puede ser? —Por sacar un tema.

—Mi madre era portuguesa y mi padre gallego.

Que hable en pasado de ellos no sé si significa algo.

—¿Dices eran

por algún motivo…? —No sé si la estoy cagando.

—Ah, no, no. Aunque la verdad es que los he visto muy poco. Mis padres tenían muchos problemas entre ellos, siempre discutiendo. En Galicia vivíamos cerca de mi abuela y, al final, yo siempre estaba con ella.

—Ah, qué bien —le sonrío.

Parece mayor que yo; no tiene pinta ni actitud de estudiante.

Me cae mejor de lo que esperaba; es más, me resulta fascinante.

La mujer nos trae dos cervezas. Acaba hablando con nosotros y explicándonos su vida, que se llama Sandra y que su hija se ha ido a Australia.

Nos reímos y, la verdad, consigue romper el hielo un poco entre nosotros.

La conversación empieza a fluir, derivando poco a poco hacia temas menos tristes.

—Y… ¿estás contento en Barcelona?

—A veces sí, y a veces pienso en que me gustaría volver a Galicia. Siempre que voy en verano o en Navidades pienso en quedarme.

—Anda, ¿y eso?

—Sueño con montar un bar ahí, en Santiago, con mi amigo Antón.

—Se le ilumina la mirada—. Allí hay una ruta de bares a la que llaman el París-Dakar.

Está en una misma calle: el primer bar se llama el Café Bar París y al final está el restaurante Dakar.

Había una competición en la que te tenías que tomar un vino en cada uno de los locales de la calle, y así se convirtió en el París-Dakar.

—Cómo mola.

—Sí, y resulta que, con Antón, siempre hemos dicho que algún día montaremos un bar en esa calle.

El sueño de Unai es ser medallista olímpico; el de este tío, montar un bar, y el mío, sacar una guía gay de Barcelona.

Todo el rato me viene Unai a la cabeza. Pienso en qué hubiera pasado si no nos hubiéramos conocido: se hubiera ido a Londres sin más, y yo estaría conociendo a este chico sin más.

No puedo evitar compararlos. Son tan diferentes, pero, a la vez, cada uno tiene algo.

—¿En qué piensas? —Me despierta de mi embobamiento—. ¿En tu chico?

—Eh… No, no —respondo automáticamente.

—Pero ¿es verdad que tienes novio? Porque yo lo he dicho por decir…

Me lo quedo mirando. Me está gustando conocerle, me sabría mal que perdiera el interés por mí solo por… por estar saliendo con alguien.

—Qué va —le digo, finalmente—. No estoy saliendo con nadie.

Lo miro y me acuerdo de cuando lo vi desnudo.

Él me explica que no tiene pareja y que le gusta estar soltero. No le pregunto mucho más, pero sí que me acaba confesando que acabó liándose con el chico de la habitación.

—Si es por un polvo, te lo perdono —le digo, para hacerme el majo.

—Tampoco fue nada del otro mundo.

—Y si sé de alguna habitación, te aviso —le acabo diciendo.

—Ah, tranquilo, algo encontraré.

Nos levantamos del barril y nos alejamos de la terraza, hasta una esquina donde, al parecer, cogemos direcciones distintas.

Me pide mi número de teléfono. Yo no le pido el suyo; me siento mejor si no lo hago. Nos damos un par de besos y nos vamos.

Al irme, me acaricio mis propias mejillas. Me ha quedado una sensación extraña de esos dos besos; tiene una piel dura y me ha raspado con la barba recién afeitada. En este momento maldigo estar en pareja y me voy a casa pensando en que no sé si podré aguantar mucho una relación a distancia.

Al llegar al portal, me vibra el móvil.

+34679…:

Aquí Thiago, encantado de conocerte.

Intento evitarlo, pero me recorre un cosquilleo por la barriga.

ÁLVARO:

Ey, Thiago. Igualmente. Nos vemos en el gimnasio otro día.

Guardo su número.

THIAGO:

Claro. A no ser que quieras quedar antes.

ÁLVARO:

¿Antes?

THIAGO:

¿Has llegado a casa ya?

ÁLVARO:

Entrando por la puerta, ¿por?

Está un rato sin responder.

THIAGO:

Podría acercarme si quieres…

Trago saliva

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