18 ÁLVARO
ÁLVARO
Tenía el fin de semana planeado con Unai, así que me he quedado sin planes y llevo toda la mañana del sábado sin hacer absolutamente nada, dando vueltas en la cama, comiendo mierda y pensando en que estoy perdiendo el tiempo.
Veo en redes cómo todo el mundo tiene algún plan para la noche de Halloween; preparan disfraces, decoran sus casas y hacen vídeos absurdos. Hacen todo lo que yo haría si estuviera Unai aquí. María se ha ido de casa rural; lo llego a saber y me voy con ella.
Desde la cama, recorro mi habitación con la mirada: al ser de un edificio antiguo, es amplia con el techo alto y tiene un ventanal enorme y un balcón estrecho que da a la calle.
Llevo un año viviendo aquí. El piso, de dos habitaciones, es de una amiga de mi madre.
Lo compró hace años, pero le salió trabajo en Islandia, donde conoció a un hombre y tuvo gemelas.
Se supone que algún día querrá volver; mientras tanto, me lo alquila por un precio casi simbólico.
Está amueblado con buen gusto. La cocina es de calidad, se nota que invirtió dinero en ella, una mejora que yo nunca habría podido permitirme, y que, en cambio, ahora disfruto. Tuve suerte.
Le doy vueltas a la guía que me ha propuesto Unai.
Me acerco el portátil y repaso lo poco que he escrito: introducción, historia, lugares para visitar de día y de noche, fechas importantes y…
ahí me detengo. No puede ser una guía como cualquier otra, tiene que tener algo que la diferencie de las demás.
Intento darle vueltas, pero no se me ocurre nada. No estoy inspirado.
Escribo a Unai.
ÁLVARO:
¡Unai! ¿Puedes hablar?
UNAI:
Estoy entrando al complejo deportivo. ¿Hablamos más tarde? ¿Esta noche?
ÁLVARO:
¿No tienes fiesta de Halloween en la residencia?
UNAI:
Sí, pero no iré. Me jode no ir a verte.
ÁLVARO:
Pues hablamos luego.
Es lo que pasa al estar con alguien que vive en otro país. Ahora no nos veremos hasta… a saber cuándo.
Tras perder algunas horas más de mi vida y comer una pizza
que tenía congelada, me voy al gimnasio y aprovecho la tarde.
Incluso veo cómo subo de peso en algunas máquinas.
Me siento enérgico y acabo todos los ejercicios que me había marcado el entrenador.
Lo de las endorfinas debe de ser verdad, porque, a medida que hago series, cada vez, me siento mejor, más animado.
Parece que el sábado empieza a ser más provechoso.
Miro a los hombres que pasan por delante de mí y me pregunto si podría llegar a tener esos cuerpos tan esculpidos. A la vez, me pregunto si me apetece dedicarle todas las horas que hacen falta para esculpirlos y mantenerlos esculpidos. Creo que no…
Al acabar, hago estiramientos. Media hora. Es uno de los momentos de más satisfacción; me siento sudado, noto mis músculos resentidos de haber trabajado y algunos incluso me
tiemblan. Comparo esta sensación tan sana del gimnasio con la de estar en casa tomando un café con nata y… las dos me gustan. Sigo prefiriendo comer algo junto a Unai. Aunque pasar la tarde en el gimnasio, sin prisa, me gusta.
Me ducho con calma. Aquí tienen unas duchas con un chorro fuerte y caliente, algo que en casa no encuentro.
Me encanta sentir el agua golpeando mi cabeza, resbalando por la nuca.
Enjabonarme, dejar que el calor del vaho me envuelva.
Alargar una ducha es, quizás, uno de mis mayores placeres.
Por un momento pienso en la escasez de agua, pero enseguida recuerdo los campos de golf: si hay agua para el césped, tiene que haberla para mí.
Mientras me enjabono de nuevo, pienso en que estas duchas ya no me dan aquel morbo del principio.
Además, después de todo el día en casa, aburrido, me he hecho hasta tres pajas y no me apetecen más por hoy.
Dicen que un chorro de agua fría al final reactiva el cuerpo y mejora la circulación, que es bueno para la salud; pero yo tengo frío, así que dejo el agua ardiendo hasta que se me arrugan los dedos.
Me seco, voy al vestuario y me cambio. Me quito la humedad del pelo girando el tubo del secador de manos fijado a la pared y salgo.
Bajo las escaleras, saludo al chico de recepción y, ya en la calle, aparece él. Otra vez. Le miro de reojo.
—¡Eh! —grita.
Sigo andando. Me hago el despistado.
—¡Tú! —Se me acerca, acelerando el paso—. ¡Ey! Eh… Álvaro, ¿no?
Me paro y me giro.
—¿Qué tal el piso? ¿Te quedaste a vivir directamente? —Me jode que me dejara tirado.
—Perdona, la verdad es que… —Le noto incómodo, pero con una media sonrisa—. Sí, la habitación estaba bien.
—Me alegro. —Sigo mi camino.
—Espera. —Se pone enfrente de mí. Que se me plante un tío delante me parece demasiado sexi. Pero no, este tío, no—. Perdona por lo del otro día. Subí, el tío me estuvo enseñando
el piso. Me cayó bien, entonces me invitó a tomarme una cerveza y, por quedar bien, la acepté. Estuvimos charlando un rato…
Su media sonrisa me da otra versión de los hechos, pero tampoco soy quién para preguntar.
—¿Te quedaste con la habitación al final?
—Creo que es mejor que siga buscando.
—¿Por qué? —le pregunto. No pasa nada por indagar.
—Porque…
—Da igual, no hace falta que me cuentes.
—El precio… era más de lo que puedo pagar ahora mismo… —Silencio incómodo… Retoma la palabra—: ¿Tomamos algo?
—Sí, claro —respondo—. Espérame aquí que en cinco minutos vuelvo y vamos. Yo te invito.
Hace cara de haber entendido la broma y de no reírse porque tampoco era tan graciosa. Creo que he quedado de rabioso.
—No, en serio —vuelvo a decirle—. Me voy a casa ya.
—¿No tienes media hora?
—He quedado dentro de veinte minutos.
—¿No decías que ibas a casa?
—He quedado para hacer una videollamada.
El tío sonríe.
—¿Una videollamada un sábado noche? Esto suena a noviecito que se ha ido de Erasmus.
El capullo acierta la mitad. Si supiera que en vez de Erasmus es un deportista de élite…
—Vamos —me insiste—, si se va de Erasmus no te será fiel; no hace falta que se lo seas tú.
De repente me cabreo con Unai y pienso que, si no se hubiera ido, no estaría pasando esto. Le envío un mensaje, anulando la videollamada.
—Venga, vale, tomemos algo
.