16 ÁLVARO
ÁLVARO
En un mes mi vida se ha simplificado bastante: gimnasio, asignaturas y dormir…
Con Unai no hemos hablado mucho. Entre que está muy ocupado y que tiene unos horarios imposibles, es difícil coincidir. Se cumple mi pronóstico: una relación a distancia solo puede enfriarse. Por suerte, este fin de semana viene y tendremos tiempo de hablar.
Por otro lado, el TFG me tiene un poco desesperado. No se me ocurre sobre qué hacerlo y la fecha de entrega se va acercando cada vez más. Me llega un audio.
UNAI:
Álvaro… ¿qué tal estás? Oye, que no hemos hablado casi estos días. ¿Esta noche estás libre? Tenemos que hablar sobre el finde… Por cierto, hay algo que hace días que pensé y te quería explicar. Espera, te mando otro audio.
UNAI:
Al llegar a Londres, ¿sabes qué he echado de menos?
Que alguien me recibiera y me explicara la ciudad como lo hacías tú con Barcelona.
Parece que no, pero aprendí mucho contigo.
Así que, como yo, habrá un montón de personas que al llegar a Barcelona necesiten, no sé, ¿una guía gay?
Con lugares turísticos, también sitios adonde salir o playas
a las que ir… No sé, a lo mejor tu canal podría ser una guía normal, en forma de libro.
Le respondo inmediatamente, con otro audio.
ÁLVARO:
¡¡Guapo!! ¿Te puedes creer que justo pensaba en que no sabía de qué hacer el TFG? Y me acabas de dar la solución. Estoy saliendo del gimnasio, si quieres ¡hablamos en un rato!
UNAI:
Genial, avísame cuando llegues a casa.
ÁLVARO:
Pero… ¿qué pasa con el fin de semana?
No me responde. Su tono ha sido raro. Como odio quedarme con la intriga, le hago una videollamada.
—Guapo… —me responde desde el vestidor y hablando en voz baja—, no puedo hablar.
Tengo sentimientos encontrados al escucharle. A veces pienso si debería haberle pedido que se quedara…
—¿Qué pasa con el finde?
—Esta noche hablamos.
—¿Es algo malo? ¿Qué ha pasado?
Veo cómo Unai se aleja con el móvil hacia lo que parece un pasillo.
—Me han cerrado un contrato con Adidas.
—¿En serio? —Flipo que lo diga tan serio—. ¿Y qué hay de malo?
Unai mira para otro lado, se le ve afectado.
—Que este fin de semana me tienen que hacer unas fotos, sí o sí. No se puede aplazar.
—Entonces… ¿no vienes?
Me he quedado en la puerta del gimnasio. Noto un golpe:
—Perdona —me dice alguien.
Es el chico de la cinta de correr, el que me encontré en las duchas, el del lunar debajo del ojo. No lo había vuelto a ver. Avanza unos pasos y da media vuelta.
—Espera —me dice—, ¿eres el de la otra vez?
El chico nota que estoy hablando por el móvil y, tras disculparse, retoma su camino.
—Unai —me apresuro a decirle—, mejor hablamos más tarde, que tienes que entrenar.
—Lo siento, Álvaro.
—No te preocupes. Es normal. Hablamos luego. —Le cuelgo casi sin despedirme y llamo al chico—: ¡Eh! Perdona, que estaba hablando con… un amigo.
—Lo he visto. Nada, no quería molestarte. —Tiene una sonrisa atractiva, no del todo bondadosa, sino más bien enigmática. Se me seca la boca de golpe.
—No, tranquilo —intento no parecer nervioso. Me vienen flashes
de los encuentros, recuerdo su cuerpo, su…
—¿Cuál era tu nombre?
—Eh… Álvaro —hago el ademán de darle la mano.
—Yo Thiago, encantado.
Tiene unos ojos grandes, algo en su mirada que me descoloca… y un nombre precioso.
—¿Thiago? —le respondo.
—Sí, se escribe con hache.
—Ah… —El corazón me va a cien—. Bonito nombre.
—Voy a ver un piso —me dice—. ¿Te apetece que tomemos algo luego?
«No quiero, no puedo, no debería».
—Yo ya me iba a casa. Si quieres, otro día.
—No, no —me insiste—. Es aquí mismo. Tardo cinco minutos.
Me fijo en sus rasgos. Tiene la piel dura, una mandíbula marcada, unos labios finos y un poco resecos y perilla.
—Estoy mirando habitaciones. Me tengo que cambiar de piso en breve…
Me mira unos segundos en silencio. Me doy cuenta de que no habíamos hablado apenas; no había escuchado su voz. Parece simpático. Tiene un acento que parece del norte, gallego o asturiano. Más natural de lo que imaginaba, no sé; me había hecho una imagen de él tal vez demasiado rebelde.
—¿Tomamos algo luego? —me repite—. Será rápido.
Andamos unos pasos juntos, el portal lo tiene al lado del gimnasio.
—Pues… —hago ver que me lo pienso, aunque tengo clara la respuesta.
He quedado para llamar a Unai, pero le puedo decir que nos veamos más tarde o mañana. Me jode reconocerlo, pero en ese momento me alegro de que Unai no esté en casa.
—¿Por qué no? —le digo, finalmente—. Te espero aquí abajo.
—¿No quieres subir a verlo conmigo? —me propone.
—No, no, no… Espero aquí.
¿Está loco? No voy a ver una habitación justo al conocerlo. El corazón me late a mil.
—Bajo enseguida. Hasta ahora.
Le veo entrar en el edificio y me quedo esperando apoyado en un árbol.
Le mando un mensaje a Unai.
ÁLVARO:
Ey, Unai. Al final no puedo llamarte ahora. Me ha llamado María para ir a tomar algo. ¡Hablamos en otro momento! ¿Te parece? ¡¡Nos vemos pronto!!
UNAI:
Vale, pero llámame cuando puedas, ¡que quiero contarte una cosa!
ÁLVARO:
¿Todo bien?
UNAI:
Sí. Bueno, más o menos. Te cuento cuando hablemos.
Pasan cinco minutos. Imagino que tienen que hablar de varias cosas: precios del mes, gastos incluidos o no, fechas de entrada y salida… Pasa el rato y vuelvo a mirar el reloj, más de media hora..
¿Sigo esperando? ¿Le habrá pasado algo? No creo.
Solamente iba a ver una habitación.
Me impaciento un poco.
No quiero seguir ahí. Aunque baje, no quiero que vea que lo he estado esperando casi una hora como si fuera un perro.
Me voy. Cabreado y sin entender qué ha pasado
.