Triángulo 14 UNAI
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14 UNAI

UNAI

En mi cabeza hay muchas cosas dando vueltas, es por eso por lo que me cuesta dormir. Son las cinco de la madrugada, me he despertado y no consigo volver conciliar el sueño.

A mi lado, Álvaro duerme como lo ha hecho siempre que hemos estado juntos: boca abajo, medio de lado, con una rodilla subida y con la cara recostada sobre su propia mano; la boca cerrada y la respiración tranquila.

Me cuesta tomar distancia con él, teniéndolo tan cerca; un palmo de separación en la cama es como de mil quilómetros en el mundo real.

No puedo evitar pensar en lo mucho que lo quiero.

Lo veo y me produce ternura. Tiene el pelo más largo de lo que le gusta; conociéndolo, no tardará en cortárselo.

Le ha salido un poco de barba, aunque siempre se queja de que es prácticamente imberbe.

La piel también se le ha aclarado, ya no tiene el moreno que ha cogido durante el verano.

Cualquier detalle suyo me produce nostalgia, a la vez que angustia por no saber qué va a pasar con nosotros; por pensar que no encontraré a nadie como el.

Me apoyo en el cabezal. Miro el tocadiscos, que es lo único que no me voy a llevar.

—¿Qué haces despierto? —murmura Álvaro con la voz un poco ronca y haciendo un esfuerzo por despegar sus ojos—. ¿Ya son las seis?

—Sigue durmiendo, aún falta un rato.

—¿En qué piensas? —me pregunta, medio zombi.

—Me dijiste que querías el tocadiscos, ¿verdad?

—¡Sí! —Desde lo más profundo de su sueño, intenta reproducir la alegría que realmente siente.

—Pues te lo puedes quedar.

Se acerca a mi lado, reposando la espalda en el cabezal.

—Ahora solo me falta comprar algún disco.

Su olor corporal me embriaga; es especial, acogedor.

Estamos un rato en silencio.

No quiero hablar. Ya lo he dicho todo. ¿Qué sentido tiene decir nada más?

—No quiero que acabemos así —me dice.

—¿Así, cómo? —quiero que se explique.

—No sé. —Su voz es dulce, pero me duele escucharla. Es como pensar que ya no me habla como antes—. De esta forma tan fría. Hemos estado muy bien este verano.

—Álvaro… —Necesito decírselo por última vez—.

Te lo he dicho y te lo repetiré siempre: eres lo mejor que me ha ocurrido en mucho tiempo y te prometo que estoy haciendo todo lo posible para comprender lo que te pasa por la cabeza.

—Es mi última oportunidad—. Y no quiero irme pensando en que podría tener algo contigo si me quedo.

Necesito irme sabiendo que he hecho todo lo que estaba en mi mano por tener algo juntos.

—¡Tienes que decidir tú si te vas o te quedas! —responde. Como de costumbre, se quita la responsabilidad.

—Para decidirlo, necesito saber qué es lo que sientes tú por mí.

Otra vez se hace el silencio. Hablamos en voz baja; es demasiado pronto, o demasiado tarde. Las farolas de la calle aún siguen encendidas, y la primera alarma está a punto de sonar.

—¿Tanto cuesta? —le insisto.

—Es que no lo sé.

—¿Cómo no vas a saber lo que sientes? —Me saca de quicio—. Es tan fácil como mirarme y decir qué se te pasa por la cabeza cuando me ves. Qué sientes, qué quieres o no quieres.

—¿Y si lo que siento no es lo que quieres oír? ¿Y si digo algo que te duele?

—Vale. Al menos ya sé que no es nada bueno. Nos vamos acercando.

—Joder, Unai —se enfada—. Es que no sé qué quieres. ¿Te digo lo que siento?

—Es lo que te llevo pidiendo desde hace semanas.

—Pues que sí. Me gustas.

—¿Solo eso? ¿Solamente te gusto? ¿Como cuando te gusta alguien de clase?

—¡No, joder! —empieza a levantar la voz—. Hay mucho más. Nos llevamos superbién. Me lo paso bien contigo, me gusta estar contigo, el sexo contigo es… el mejor sexo que he tenido en mi vida.

Me quedo en silencio. Lo que dice es bonito, pero hay un punto de verdad que me sigue faltando.

—He pasado el verano contigo dando por hecho que te ibas.

Tampoco me he podido plantear nada más. Y ahora…

Me parecería precipitado pedirte que te quedaras aquí por mí.

De hecho, creo que tienes que seguir tu camino.

Yo tengo que hacer el mío y, si lo nuestro tiene que funcionar, funcionará.

Si no es ahora, será en un tiempo. Pero, ahora mismo, no quiero sentir que te has quedado por mí, ni que te vayas y tener algo a distancia. Lo siento..

Mientras habla se aleja de mí y mira hacia el otro lado. Se tapa con la sábana. Aunque sus palabras intenten ser cálidas, su actitud es fría.

—Pues ya está —le digo—. No era tan difícil.

—Sí que es difícil —insiste—, porque en el fondo los dos deseamos lo mismo. Y podríamos seguir juntos, pero soy yo el que dice que no por la distancia, aunque lo pensamos los dos.

Por fin escucho unas palabras completamente sinceras de él. Suena la primera alarma.

Me mira. Tiene la cara de sueño y el pelo despeinado.

—¿Ya son las seis?

—Quedan quince minutos —le digo.

Me sonríe.

—Es que… —parece retomar la conversación— si te quedaras en Barcelona te diría: «Intentémoslo, poco a poco». Pero si rechazaras irte, la presión sería demasiado fuerte. Y… no quiero. De verdad.

Acerca una mano como en son de paz. Le acaricio los dedos. Nos acercamos el uno al otro y nos abrazamos. Parece que hemos hablado suficiente. Le abrazo con fuerza como si pudiera retener ese momento.

—¿Quince minutos, has dicho? —me dice, con sutilidad.

—Sí —le sonrío—. Hasta las seis no me tendría que levantar.

—Puedes aprovechar para dormir un poco, si quieres, así no vas tan cansado en el vuelo.

Le conozco demasiado bien. Espera a que yo dé el paso.

—No creo que me duerma en estos quince minutos —le explico, acomodando mi cuerpo en la almohada.

Me mira y mira mi cuerpo. Después baja hacia mi cintura.

No puedo evitarlo, además del amor que siento por él, no puedo evitar excitarme al verlo. Es absurdo disimularlo. Álvaro suspira y pone su mano en mi pierna derecha. Después inclina su cuerpo hacia el mío y me pregunta.

—¿Te parece que aprovechemos estos minutos para despedirnos de la mejor forma que sabemos?

Nos miramos unos segundos. Parece que estamos en paz.

Ahora sí. Se acerca y me besa los labios.

Pongo mis manos en su pelo, que me apetecía tocar desde anoche.

Acaricio su cadera y su espalda. No hay tiempo que perder.

Le quito la camiseta y enseguida se estira a mi lado, dándome la espalda y acercando su cuerpo al mío.

Conocemos lo que más nos gusta al uno del otro.

Le beso el cuello y le bajo el bóxer para que me sienta, piel con piel.

Respiro con más fuerza, con sus manos, me toca, me acaricia y agarra mi erección.

Siempre me ha dicho lo mismo: «Es enorme, me vuelve loco», y con la seguridad de que sigue pensando lo mismo le rozo con más fuerza.

El sexo es nuestra zona segura. Mientras follamos, somos el uno del otro.

Cada parte de su cuerpo me trae recuerdos. Mientras le acaricio el culo, recuerdo cuando lo tenía peludo al principio y se lo empezó a depilar; ahora lo tiene muy suave. Recuerdo cuando le dolía al principio y, con los días, su culo se volvió más flexible, más suave…

Echa su cabeza hacia atrás para que le bese y me entrega su espalda, pero, sobre todo, acerca su cadera a mi pelvis.

Me pongo de rodillas, tras él. Le recuesto en diagonal, casi boca abajo, con una pierna estirada y la otra con la rodilla doblada.

Es su postura preferida, porque tiene el culo elevado, lo suficiente para que pueda penetrarle estando de rodillas, a la vez que tiene el cuerpo estirado, para poder desvanecerse de placer.

Tiene la marca del bañador cada vez más difuminada.

No puedo evitar pensar en los días que le echaba crema de sol en la espalda y cuando me pedía que le pusiera aftersun

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Con la cabeza en la almohada, me mira con ojos de deseo y con la mano me roza la cadera.

—¿Quieres? —le pregunto.

—Por favor.

Me embadurno de lubricante, desde la punta hasta la raíz y aprovecho para masturbarme un poco, viéndole deseoso. Le abro las nalgas y entro poco a poco, pendiente de su mirada. Al principio, siempre cuesta un poco; una vez han entrado los primeros centímetros, ya va sola.

Álvaro gime y levanta más la cadera. Yo me balanceo con suavidad, sintiendo su calor.

Le miro y no puedo evitar sentirme triste al pensar en todo lo que nos vamos a perder.

Cierro los ojos y me vienen a la cabeza todas las veces que hemos hecho el amor en esa cama, que ahora me parecen pocas; quiero hacerlo a pesar de mis ganas de llorar.

Abrazo su cuerpo con mis brazos, para sentirle mío por última vez, sin dejar de darle placer, escuchándole gemir.

Al rato, le hago ponerse de rodillas. Sigo empujando, con amor y tristeza a la vez. Le cojo del cuello y le levanto

acercándolo a mí. Desde atrás, le beso las mejillas, la nuca, e inclino su cuello para besarnos los labios.

Quiero que eche de menos cada parte de mi cuerpo, cada momento que hemos vivido sobre esa cama.

Le acaricio el vientre, tan liso, tan suave; también le cojo los huevos y después le masturbo para que explote de placer. Cada vez me muevo más rápido.

—Joder, Unai —dice.

—Te qui… —se me escapa.

—Si no paras, me voy a correr —me dice.

Entonces acelero más, todavía. Tanto mi brazo como mi cuerpo van cada vez más rápido, a la vez que él gime con más fuerza.

Siento que está a punto de correrse y quiero inmortalizar ese momento en el que me desea más que a nada. Ojalá quedarnos ahí, para siempre.

Me dejo llevar por el orgasmo.

Grita de placer y veo como se corre a la vez que yo también me corro dentro de él.

Lo acerco a mi pecho, sin sacarla. Quiero estar unido a él, no quiero separarme.

No quiero que pasen los segundos.

Miro el reloj. Son las seis y media.

Voy a perder el avión.

—Me tengo que ir.

De forma un poco torpe y casi rompiendo la magia del momento, nos separamos el uno del otro.

—Unai. —Me dice mientras me visto. Tiene la mirada cansada. Parece que se piensa las palabras. Tras coger aire, me dice—: Intentémoslo.

—¿Cómo? —le respondo, incrédulo.

—Aunque te vayas —me dice—. Aunque sea a distancia, quiero que lo intentemos. ¿Quieres?

Me quedo sin palabras. De golpe siento como si llevara tiempo encerrado en una habitación y se hubiera abierto una ventana dejando entrar aire fresco, una liberación. Era justo lo que necesitaba escuchar.

—Claro que quiero. Y vendré a verte. Te lo prometo

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