13 ÁLVARO
ÁLVARO
Llego a casa de Unai y me pongo nervioso. Llamo al interfono y abre directamente, sin saludar, cuando hasta entonces me había saludado cada día con un «¡guapisísimo!».
Subo. No llevo bebida ni ninguna chorrada del chino que le pudiera hacer gracia, solo la bolsa llena hasta arriba de ropa.
Llego y me abre la puerta. Sonríe al verme.
Me hace entrar con un ligero movimiento de cabeza. Al acercarme, nos miramos de frente, a cinco centímetros, no sé qué hacer.
Le doy un beso en los labios, es lo que hemos hecho siempre.
La noche es rara. El hecho de devolvernos ropa lo empaña todo un poco.
A ratos nos comportamos como una pareja, a ratos somos dos extraños que se acaban de conocer.
Por un lado, sé perfectamente dónde está cada interruptor, cada utensilio de la cocina…
Pero, por otro lado, ya no me atrevo a poner música o a comer de su plato.
—Hay una cosa que no te he comentado —dice mientras recogemos la cena.
—¿Otra más? —se me escapa, un poco borde.
—Mi vuelo sale mañana a las siete de la mañana.
—¿Mañana?
—Así llego y tengo todo el fin de semana para adaptarme. Además, aquí no tengo nada que hacer.
—En cuanto llegues, los londinenses estarán todos ahí, son muy puntuales —no se me da bien explicar el chiste.
—¿Cómo?
—Nada —me río incómodo, sintiéndome absurdo—. El otro día, la Patrick contó un chiste sobre ingleses, decía que eran tan puntuales que, cuando ella fue a Londres, ellos ya estaban ahí. Bueno, no sé cómo lo contó, pero hizo gracia.
Si algo caracteriza a Unai, es su sonrisa, en la que muestra siempre sus dientes blancos y se le achinan los ojos. Sonríe mucho y siempre con sinceridad. Menos hoy, que tiene una expresión más triste.
Si dijera lo que pienso, le pediría que no se fuera. Es muy inminente y le voy a echar de menos, pero no quiero complicar más las cosas.
—¿Me puedo quedar a dormir? —le pregunto. Tal vez sea la última noche que pasamos juntos.
—Claro que sí —me dice cogiéndome los mofletes, sin besarme, suspirando con cierta desazón.
Tras acabar de hacer las maletas, recoger cosas del piso y tener alguna conversación banal, nos acostamos en su cama. Diría que es la primera vez que lo hacemos por separado, sin lanzarnos a ella. Nos metemos bajo la sábana, con camiseta y ropa interior. Apagamos la luz.
Nos vemos en la penumbra, acariciándonos tímidamente la cara con la mano, como si la oscuridad nos diese cierto permiso para acercarnos.
Nos besamos con suavidad; un beso frío. Entonces acerco la mano a su bajo vientre…
No puedo evitar excitarme. La bajo lentamente.
No sé si es la inercia o la costumbre, pero acabo llegando a la goma del bóxer.
Noto que está duro. Le acaricio con los nudillos.
Con la otra mano estiro la goma, sintiendo en mis dedos el calor que sale de su ropa interior.
Es entonces cuando me coge de las muñecas y las sube para arriba.
—Es mejor que durmamos —me dice dándome un beso.
—Vale…
Se da media vuelta y yo me quedo en la misma posición. Miro a oscuras ese cuarto en el que pocas veces había estado tenso. Jamás había dormido en esa cama sintiéndome tan despierto ni tan… ¿limpio? Siempre me he acostado desnudo,
tras habernos besado y practicado sexo, con esa mezcla de sudor, restos de lubricante, saliva y el esperma reseco en el abdomen, en el pecho o en la comisura de los labios.
Es todo muy frío. Muy raro.
Suspiro intentando calmar mi excitación
.