Triángulo 12 UNAI
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Mi habitación está recogida. Las estanterías están vacías, así como el armario y todos los cajones.

Lo único que aún cuelga en la pared es una foto polaroid que tenía con Álvaro; la hicimos a los pocos días de conocernos, en los inicios en los que buscaba planes continuamente para que vernos no fuera solamente quedar para tomar algo.

Recuerdo que habíamos ido a una exposición sobre la evolución de la fotografía, desde la invención de la cámara oscura hasta las imágenes generadas con IA, pasando por los carretes, la polaroid, las cámaras digitales, los móviles… En el stand

de la polaroid, te podías sacar una foto y te la regalaban al momento. Recuerdo coger esa foto y pensar que ojalá, en un futuro, significase el comienzo de todo. Pero parece que no va a ser así…

No puedo evitar sentir ciertas ganas de llorar al pensar que está llegando a su fin.

Siento como si Álvaro y yo hubiéramos vivido dos historias completamente distintas.

¿Tal vez no ha significado nada para él?

Para mí, lo estaba significando todo. Por primera vez, me he planteado dejar de lado mi carrera como atleta para estar con alguien. ¿Merecería la pena abandonarla?

Al lado de la foto, cuelga la medalla del primer campeonato que gané.

Tenía catorce años y lo recuerdo como si fuera ayer: había entrenado para hacer un salto desde cinco metros; estaba al borde de la plataforma, solo tenía que coger impulso y saltar, pero me entraron todos los miedos.

Veía al público en la grada, a mi familia expectante, a mi entrenador desde

abajo… Todo el mundo estaba en silencio; no podía fallar.

Había descartado otros deportes más comunes para dedicarme a los saltos, algo totalmente fuera de lo habitual.

Se puede jugar al fútbol y no ser bueno, o al baloncesto, o al pádel; incluso se puede nadar sin tener mucha idea.

Pero, para ser saltador, o eres perfecto o no vales.

Temblaba; pensaba que no iba a ser capaz. Me arrepentía de haber elegido aquella disciplina. Por primera vez, sentí vértigo. La gente se impacientaba.

Estaba tardando más de lo normal. Tenía miedo y fue como si me quedara en blanco, paralizado.

Entonces, di media vuelta y me dirigí de nuevo hacia las escaleras; quería bajar y abandonar.

Escuché el murmullo de la gente y sentí la decepción.

Pero, a medio camino, me di cuenta de que no me quería rendir.

Cerré los ojos y frené de golpe. Quería saltar, pero volver al trampolín era demostrar que había dudado de mí mismo, así que cogí las escaleras y empecé a subir a la plataforma de diez metros, la más alta.

Noté la exaltación. Sentí la emoción de la gente que me esperaba abajo.

Saltar desde tan arriba era más arriesgado, el impacto contra el agua era mucho más fuerte y cualquier error podía ser fatal para mi cuerpo. Pero, si salía bien, me demostraría a mí y a todo el mundo que era capaz de todo.

Me acerqué hasta el borde de la plataforma y me puse de espaldas.

No quería ver a nadie. Tan solo miraba mis pies, colocados en paralelo a pocos centímetros del vacío.

Visualicé el salto en mi cabeza, cada movimiento que iba a hacer.

Lo había probado pocas veces y solo alguna me había salido.

Me lo jugaba a todo o nada. Si salía bien, me esforzaría para ser el mejor saltador; si salía mal, lo abandonaría. Un término medio era impensable.

Suspiré.

Levanté los talones una vez, una segunda vez más rápida para darme impulso y salté. En el aire estuve apenas dos segundos, aunque para mí se hizo eterno. Recuerdo cómo giraba

todo a mi alrededor; puse el mundo boca abajo.

Jamás he revivido esa sensación en la que todo da vueltas.

De golpe, estaba bajo el agua; la entrada había sido tan ligera que ni siquiera había notado el impacto.

Silencio. La presión en los oídos me hizo intuir la profundidad que había alcanzado.

A mi alrededor, el agua limpia, sin apenas burbujas.

El salto había sido perfecto.

Aquel fue el principio de una carrera llena de sacrificios.

Me pregunto si ha merecido la pena perder parte de mi adolescencia y juventud por algo que tampoco va a ser para siempre.

Fiestas de cumpleaños, salidas nocturnas, chicos que no he podido conocer…

Tal vez, no elegí el camino correcto; tal vez, me equivoqué.

Le escribo un mensaje:

UNAI:

¿Quieres venir mañana

***