Triángulo 10 ÁLVARO
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10 ÁLVARO

ÁLVARO

Llevo casi una hora hablando por videollamada con mi amiga María. Yo camino por la calle mientras ella se maquilla desde el baño de su casa.

—Entonces —me dice mientras se hace la raya en el ojo—, Unai se va este finde a Londres.

—Sí.

—Y tú, en vez de estar triste, estás contento porque tienes vía libre con los tíos del gimnasio.

—¡No estoy contento! Solo digo… que necesitaba saber si seguimos o no.

—¿Tú quieres seguir?

—A distancia, no.

—Álvaro… —Ella me mira con cara de mucha advertencia—. Unai es lo mejor que te encontrarás en la vida.

—¿Y tú qué sabes? Dicen que el mar está lleno de peces, ¿no?

—Justo ayer con mi hermana hablábamos de esto.

La hermana de María es unos quince años mayor que ella; es hermana por parte de padre, de un matrimonio anterior.

Por discusiones familiares, ambas sabían que tenían una hermana, pero no se conocían.

Cuando María tuvo edad para usar redes sociales, la buscó, la contactó y se vieron en secreto.

Hablaron y se llevaron muy bien, tanto que un día reunieron a los tres progenitores a la vez en una cafetería de la Gran Vía; eligieron una que fuera bastante chic

para que ninguno tuviese la tentación de montar ningún numerito. Citaron ahí al padre y a las dos madres implicadas; entonces aparecieron María y su hermana,

juntas, vestidas exactamente igual, con un peto granate y una camisa rosa, unos calcetines altos de colores y unas botas. Se habían hecho dos coletas en los lados y se habían coloreado los mofletes. Se pusieron enfrente de los tres y esperaron a que dijeran algo.

Nadie dijo nada.

—¿Algo que decir? —preguntaron.

—Sí —respondieron las dos madres a la vez—, que lo sentimos.

—Hemos sido unos auténticos imbéciles —dijo el padre—. Y nos estáis dando una lección.

—No se hable más —zanjaron las hermanas, que habían dejado claro que se llevaban demasiado bien como para que nadie pudiese separarlas.

Desde entonces, se veían todos los días y fueron, la una para la otra, la hermana que siempre habían querido tener.

—¿Y qué te decía tu hermana? —le pregunto.

—Ella está a punto de cumplir cuarenta años.

En el amor no le ha ido ni mal, ni bien.

Es decir, ha tenido sus novios, algunos han durado más, otros menos, más formales, menos…

Ha tenido épocas en las que se ha tirado todo lo que ha querido, otras en las que ha hecho vida de pareja y también ha tenido vida de monja.

—Lo que digo yo, que el mar está lleno de peces.

—Ella dice que no. O sea, que sí, pero no. Me dijo que, de todos los chicos con los que había estado, que hayan valido la pena, los puede contar con los dedos de una mano.

—¿Una? —me sorprendo.

No puede ser. Hay muchos tíos en el planeta. Solo en Barcelona hay cientos de miles. Y maricones, miles. Y tíos con los que podría salir hay… muchísimos.

—Y le sobran dedos —continúa.

María siente mucha admiración por su hermana mayor y, si ella la admira, yo también.

—Dice que, cuando tenía nuestra edad, confiaba en que tenía toda la vida por delante para conocer a tíos, pero que al

final son muy pocos los que valen realmente la pena y que es mejor no dejarlos escapar.

Me quedo callado.

Esa advertencia recae directamente sobre mi consciencia. Unai no puede ser el único. Me choco con la gente de la calle y empieza a ser incompatible hablar con María y andar a la vez. Nos despedimos y colgamos.

No puedo evitar llamar a Unai.

—Dime —responde, seco.

—Joder, Unai —le digo—, tampoco me respondas así.

—Perdona. —Hace un silencio—. ¡Hola, Álvaro!

¿Cómo estás? —Pone un tono sarcástico—. Este fin de semana me voy a Londres y, aunque a ti te dé igual, yo estoy feliz haciendo la maleta.

Por cierto, tengo ropa tuya, ¿qué hago? ¿Me la llevo?

¿Te la doy? Te la puedo enviar por Glovo, también. Lo que te vaya mejor.

Me tengo que contener para no mandarlo a la mierda. Joder, yo también estoy triste.

—Unai —le digo tenso y respirando hondo—, ¿qué pasa? ¿Ni siquiera nos vamos a despedir? La ropa me da igual. Además, en mi casa también hay cosas tuyas.

—Eso, la camiseta roja. Te la iba a pedir.

Entre todo el follón, me duele que me pida esa camiseta que ya me había hecho mía.

—Voy a verte —le digo—. No quiero que acabemos así.

—O sea, que estamos acabando, ¿no?

No sé qué responder.

—¿Quieres que venga o no?

—Si me traes la ropa, sí. Si no, no hace falta.

Le cuelgo y me voy a mi casa. Si quiere su ropa, que la venga a buscar él

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