8 ÁLVARO
ÁLVARO
Salgo corriendo del gimnasio. Se me ha hecho muy tarde. Unai me escribe.
UNAI:
¿Por dónde vas?
ÁLVARO:
Saliendo.
UNAI:
¿Cómo es que has tardado tanto?
ÁLVARO:
Había un problema en las duchas.
UNAI:
¿De qué?
ÁLVARO:
No funcionaba el agua caliente…
UNAI:
¿Y qué has hecho?
ÁLVARO:
Nada. Bueno, luego te cuento.
UNAI:
¿Por dónde vas?
ÁLVARO:
Me quedan aún diez minutos.
UNAI:
¿Pero por dónde te has metido?
UNAI:
¿Y si vamos al Strass?? Hay show
de la Patrick.
ÁLVARO:
¿Hoy actúa?
UNAI:
Sí, los martes…
ÁLVARO:
Venga, por si acaso es la última vez que la ves. Voy para allá.
UNAI:
Te espero dentro.
La Patrick es una drag queen
que actúa en el Strass, un local del Eixample, al que hemos ido cada semana durante el verano. El lugar es alargado, con la barra en un lateral y el miniescenario enfrente, en el que apenas caben tres personas; a pesar de estar elevado un palmo del suelo, sus peinados casi rozan el techo.
Ella es alta y corpulenta. Viste embutidísima, con batas de cola o vestido de flecos. El pelo lo lleva alisado y recogido en una cola atada con fuerza; tanto que parece que se le suban las cejas. Siempre hace playbacks
de Isabel Pantoja y suele explicar los mismos chistes una y otra vez.
—¿Cuándo empieza? —le preguntamos al camarero.
—Enseguida. ¿Qué os pongo?
—Dos gin-tonics
, por favor —dice Unai.
—Yo pediré un agua.
—¿Cómo? —se extraña.
Siento que me ha dado como un bajón de energía al salir del gimnasio.
—Bueno, no. Una cerveza yo también —acabo pidiendo. Saca la cartera, pero prefiero invitar yo. Me siento mal. No me quito de la cabeza lo que ha pasado en el gimnasio.
—Estás raro —me dice.
—¿Por qué lo dices?
—No sé. Lo que te dije ayer tampoco era tan raro, ¿no? —Cuando Unai quiere hablar sobre un tema, no se anda con rodeos e insiste hasta que encuentra la respuesta—. Y hoy te veo muy callado. Supongo que es por lo de ayer.
—Estoy cansado, no sé, entre las clases y el gimnasio… —Siento como si le hubiera puesto los cuernos, cuando, en realidad, no estamos saliendo ni me he liado con nadie…
—No estás cansado, Álvaro —me dice—. Joder, siento si te incomodó la conversación. Pensaba que estábamos bien y lo único que quiero es seguir igual, tampoco es tan raro, creo.
—Me propusiste una relación sin ni siquiera saber dónde vas a estar el mes que viene.
—Estoy cansado de este tema y eso hace que me canse de Unai—.
No creo que sea la mejor forma de plantear nada, ¿no crees?
No te vas a un pueblo de aquí al lado, te vas a Londres.
No sé, nunca he tenido una relación seria, pues imagínate a distancia.
—Yo solo quiero decirte que, pase lo que pase, me gustaría que siguiéramos juntos, sea donde sea. Me gustas, Álvaro, me gustas mucho.
—Y tú a mí, pero ¿no puedes esperar a saber lo de Londres?
La Patrick aparece y saluda a los que estamos ahí.
—Ya lo sé. —Me dice bajando la mirada.
—¿Cómo? —¿Cómo se le ocurre decirme eso en mitad del jaleo?
—Esto es un maricón… —
la Patrick empieza su show
— que entra a la farmacia…
La Patrick tiene una forma muy especial de contar los chistes.
Interpreta cada movimiento, cada acción y se para en cada frase para hacer un chascarrillo sobre los personajes.
Pone acentos exagerados, mira con soberbia, se mete con el público…
Su voz suena saturada en un micrófono al que da golpes continuamente y choca contra sus mejillas como si se tratara de otra cosa.
—…y el maricón le dice a la farmacéutica: «¡Ho-la!
». —Este «hola» lo hace como si fuera un pavo real—.
«Tengo una pregunta». El maricón se acerca al mostrador, se la mira y le dice: «¿Tenéis preservativos XXL?
». —Solo con eso ya se ríe el público—. «Sí, claro», le responde la farmacéutica.
«¿Quiere que le ponga una caja?». A lo que el maricón responde: «No, gracias, voy a esperarme aquí fuera a ver quién los compra».
Se me escapa una risa silenciosa.
Cuenta alguna cosa más y al rato suena la música de Isabel Pantoja.
Yo no puedo evitar pensar en la respuesta que llevamos esperando todo el verano.
—En serio, ¿ya lo sabes? —le pregunto.
—Sí —dice mirándome y cogiéndome la mano—. Es un sí.
Me quedo mudo.
—Pero se ha acelerado todo. Tengo que empezar los entrenamientos la semana que viene.
Se me cruzan varios sentimientos.
—Unai, estamos a martes. ¿Cuándo te vas?
—El sábado.
De repente me doy cuenta de que mi historia con Unai podría acabar en menos de una semana.
—¿Y desde cuándo lo sabes?
Le da un trago a la cerveza.
—Desde… hace un par de días.
—¿Y me lo dices ahora?
—Quería aprovechar los últimos días contigo.
—Bueno, tampoco tienen que ser los últimos, ¿no?
—¿Cómo? Si una cosa me has dejado clara es que, si me voy, lo nuestro termina.
—Ya, pero… —No sé qué decirle. No sé ni lo que pienso; ni siquiera tengo claro lo que siento en este momento. La música suena muy alta y enseguida va a seguir con los chistes.
—Unai, vamos fuera, porfa
…
En la calle hace un aire fresco. Estamos los dos en camiseta, uno enfrente del otro. Nos frotamos cada uno los brazos para darnos calor.
—Álvaro, tú no estás dispuesto a seguir con esto. Te lo he preguntado mil veces.
—No es eso; es que no lo tengo claro. No quiero estar aquí todas las semanas esperando a ver cuándo llega un finde en que podamos vernos; esa no es la idea de pareja que tengo.
—¿Ah, no? ¿Y cuál es?
—Tener a alguien cerca, poder hacer cosas juntos; no tener que estar pegado al móvil todos los días y esperar a que pasen los días para vernos. No sé… Yo quiero lo de este verano.
Unai no responde. Le tiembla la barbilla, pero no sé si es por frío o porque le entristece la situación. Le cojo del brazo para acercarme a él, tiene los vellos de punta. Se pone de lado, apoyándose en la pared.
—Y creo que tu ideal de pareja tampoco es una relación a distancia —le digo—. Además, a saber la de tíos que conocerás ahí.
Mira hacia arriba y al cabo de un rato responde:
—Si pudiera elegir, claro que elegiría que estuviéramos en la misma ciudad —dice un poco alterado—. Pero ahora mismo no estoy eligiendo un lugar para tener una relación, estoy eligiendo la
persona con quien quiero tenerla. Y esa persona eres tú, Álvaro. Quiero seguir contigo; ahora mismo es lo que quiero. Si eso implica estar cerca, estaremos cerca, si implica estar lejos, pues buscaremos la forma de vernos.
—Vas a entrenar muchas horas. Si fuera ahí, estaría todo el día en casa para verte…, ¿qué?, ¿algunas horas por la noche?
—Tampoco haces mucho más aquí.
—Perdona por no tener un futuro tan prometedor y brillante como el tuyo.
—No quería decir eso… —Se me acerca un poco.
—Lo has dicho. Seguro que es lo que has pensado siempre: que no hago nada, que he estudiado una carrera de mierda y que…
—Que no, Álvaro. ¡Joder!
Nos acercamos el uno al otro. Sin abrazarnos, casi sin mirarnos. Solamente rozando nuestros brazos. Nos apoyamos en la pared. Jamás habíamos discutido.
—Si me lo pidieras —dice lentamente—, estaría hasta dispuesto a quedarme en Barcelona.
—¡¿Qué dices?! —De repente, me siento acorralado—. ¿Y si no funciona? ¿Perderías esa oportunidad?
—De momento parece que te estoy perdiendo a ti, y eso me duele más.
—Mira, no… No me estás perdiendo, te lo prometo. Seguiremos hablando y, bueno…, pues nos veremos de vez en cuando. Yo iré a verte, tú vendrás…
Unai me mira, negando con la cabeza.
—Pero como amigos, ¿no?
No sé qué responderle
Se mete en el bar. Le sigo, pensando que nos quedaremos un rato más, pero él coge su chaqueta y se va casi sin despedirse de mí. Yo me quedo de pie, enfrente de la mesa con las dos cervezas casi llenas.
—Uy, maricón, ¿te ha dejado el novio? —La Patrick se dirige a mí, y todos los del bar me miran—. Que se ha ido llorando, que parecía esto una novela turca.
—Se va a Londres.
Sé que ella pregunta para hacer broma, pero, en el fondo, quiero pensar que me comprende.
—¿A Londres? ¿London? Los ingleses son muy puntuales. Mucho, mucho, mucho. A very, ¡a lot of puntual!
Son tan puntuales que, la última vez que fui, cuando yo llegué, ellos ya estaban ahí.
Intento sonreír. Pero esta vez no puedo.
—¡Habían llegado todos antes que yo! ¡O’clock
!