Triángulo 6 ÁLVARO
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6 ÁLVARO

ÁLVARO

Hay varias señales, a finales de septiembre, con las que te vas dando cuenta de que el verano está terminando.

Para empezar, has arrancado con la rutina del nuevo curso: vuelves a la planificación semanal, donde los lunes vuelven a ser lunes y esperas a que llegue el viernes para entrar en el fin de semana, que ha dejado de ser eterno como lo es en agosto.

También te vas poniendo cada vez más prendas de ropa y vas cerrando el calzado: dejas de usar los pantalones cortos por unos más largos y contemplas la opción de llevar una sudadera o chaqueta por si hace frío.

Pero la señal definitiva, la que a mí más me entristece, es cuando los días son notablemente más cortos, cada día oscurece antes y te preguntas: «¿Cómo puede ser, que hace unas semanas, a estas horas, yo todavía estaba en bañador, sin camiseta, en la piscina, y ahora ya está oscuro? ».

Son las siete y pico de la tarde y es prácticamente de noche.

Voy de camino al gimnasio. Tengo hora con el entrenador que me va a preparar una rutina de máquinas con la que espero ponerme algo cachas para subir alguna foto decente a mis redes.

Sé que no debería ser ese el objetivo, pero me engañaría a mí mismo si negara que es uno de los motivos por los que quiero mejorar mi cuerpo.

«El siguiente verano va a ser el mío», ha sido mi frase de cada año.

—¿Cuántas veces vas a venir por semana? —me pregunta el entrenador con una libreta en la mano.

—Un día, seguro —respondo, dubitativo—. Después, intentaría venir una segunda vez. Sí, creo que dos días a la semana puedo venir.

—Viniendo dos veces por semana no vamos a conseguir nada. —Veo la decepción en sus ojos—. Si lo que realmente quieres es aumentar masa y ganar músculo, deberías venir, como mínimo, tres veces por semana.

Me lo pienso un rato. No voy a venir tanto.

—Vendré, entonces, lunes, miércoles y viernes o sábado, dependiendo. —Yo sé que tres veces por semana es demasiado. Entre estudiar, quedar con María y, sobre todo, lo poco que me apetece, tengo claro que no.

—Genial, es importantísimo sobre todo la constancia.

—Me he comprado polvos para hacer batido de proteínas —le digo, orgulloso, como si tuviera la poción mágica para ganar músculo.

Me mira, incrédulo.

Le observo; realmente también tiene buen cuerpo.

El corte de pelo perfecto, con un degradado que le habrán hecho esta misma semana, perfectamente peinado con gomina, la barba definida, la camiseta oficial del gimnasio ajustada a su cuerpo fibrado y sus brazos musculosos, un torso perfecto…

Lleva un pantalón de chándal que le baja recto hasta las zapatillas Adidas.

Siempre me pregunto: ¿qué se debe sentir estando bueno siempre?

—Me oyes, ¿Álvaro? —me interrumpe.

Intento retomar las palabras que acaban de entrar en mi cerebro.

—Sí, perdona —le digo—. Que hay que tomarlo durante la media hora después del ejercicio.

—No —me repite—. Esos batidos, para empezar, yo no los recomiendo.

Básicamente, lo que hacen es darte una proteína que tú mismo puedes conseguir con una dieta de carne, huevo, pescado o proteínas vegetales.

Y, solo en el caso de que realmente lo quieras tomar, deberías hacerlo después de haber hecho mucho ejercicio.

O sea, después de haber machacado el músculo y, lo ideal, durante la media hora después del ejercicio, que es cuando el cuerpo más absorbe la proteína.

Yo solo pienso en el batido con sabor a chocolate que me voy a tomar cada tarde. Sería como volver al Cola Cao de la merienda de cuando era niño.

El entrenador pone todo su empeño en enseñarme las máquinas.

Al parecer, vamos a trabajar diferentes grupos musculares cada día, pero estaremos unas semanas haciendo unos ejercicios de iniciación, para despertar mis músculos, los cuales llevan sin levantar una mancuerna desde…

seguramente, nunca. Creo que el mayor esfuerzo físico que he hecho en mi vida fue el día que nací, y ni siquiera lo hice yo, pues imagino que sería mi madre la que empujaría por un lado y su matrona la que estiraría por el otro.

Yo solo me dejaría llevar y lloraría; lo que llevo haciendo siempre, vaya.

Al cabo de una hora, hemos visto y probado todas las máquinas. Las manos me huelen a metal; a partir de ahora, el olor del esfuerzo. Se podría decir que salgo motivado y con ganas de tomarme en serio mi «operación bikini» o reto Men's Health

.

Me dirijo a los vestuarios.

Me envuelve un olor denso. Una mezcla de cloro, lejía, vapor de agua, sudor, perfume… todo a la vez, fusionándose en el aire.

Cojo mi batido proteico como si fuera un premio al esfuerzo y me lo tomo deseando que tanta proteína no se cargue mi hígado. Me quito la camiseta, hace calor. Me miro el brazo, y creo que ha crecido un poco.

Miro el móvil.

UNAI:

Al final, ¿cenamos hoy?

ÁLVARO:

Salgo en nada del gimnasio.

UNAI:

Ok, compro pizza

, ¿te parece?

ÁLVARO:

Venga, ¡en 20 min. estoy en tu casa!

Unai y yo seguimos con la dinámica del verano: vernos y hacer planes cada día, aunque cada vez es más difícil. Yo estoy más ocupado y, al mismo tiempo, el no haber aclarado lo nuestro ha hecho que perdamos fuerza.

Guardo el móvil en la mochila y me quito los pantalones.

Miro a mi alrededor, que no me vea nadie, y me quito también los calzoncillos.

Lo hago cara a las taquillas; si me ven algo, que sea el culo.

Me quedo de pie, completamente desnudo. A mi lado pasa un tío de mediana estatura, de cuerpo fuerte con un hilo de vello negro que le sube desde la parte inferior de la barriga, por el ombligo y oscurece su pecho.

Reconozco inmediatamente esos ojos y esa mirada oscura con un pequeño lunar bajo el ojo izquierdo; es el chico de la máquina de correr.

Cruzamos nuestras miradas, pero pasa de largo dirigiéndose a la ducha.

Me tapo. Le veo de espaldas, lleva la toalla en una mano y camina desnudo; lo único que lleva son unas chanclas.

Me pregunto si se pasea así por naturaleza o porque le gusta enseñar.

Tengo que taparme inmediatamente con la toalla.

Se me acelera el corazón y noto que me pongo rojo, se me acaloran las mejillas.

Además, no sé qué le pasa a mi cuerpo, pero, tras hacer ejercicio, estoy bastante excitado.

Al verle, me quedo en un estado de preerección donde cualquier caricia, imagen o pensamiento podría hacer que me empalmara completamente.

Lo guardo todo en la taquilla, cierro con la llave que me pongo de pulsera y me dirijo hacia las duchas.

Es un pasillo alargado, con las duchas a los lados y una puerta que va desde las rodillas hasta los hombros.

Hay poca gente. Entro en la primera que veo libre.

Me meto bajo el chorro de agua, intentando pensar en algo que me relaje.

Pero es inevitable: nadie me ve, estoy bajo la cascada de agua y mi cabeza va por libre.

Solo puedo pensar en lo que haría ahora mismo. Me imagino

a Unai, que me agarra con fuerza, que me besa, que me hace de todo; ojalá pudiera ducharme con él aquí. Pienso en todo lo que le haría al llegar a su casa. No pienso ni esperar a cenar, me lanzaré sobre él.

Durante el verano hemos tenido sexo cada día, de dos a tres veces.

Mi cuerpo está demasiado acostumbrado, necesito más.

A la vez, este sitio me produce un morbo especial, como un lugar prohibido.

Es como que, de repente, pienso también en los demás hombres que están a pocos metros de mí, desnudos.

¿Estarán tan excitados como yo? ¿O son gente normal?

Con Unai funciona todo bien, pero mentiría si dijera que no se me ha pasado por la cabeza estar con otros. Intento calmarme, pero me es imposible. No puedo frenar mis ganas de…

Me enjabono el pelo y el cuerpo. Aunque no quiera, mis manos acababan rozando mis muslos, me acaricio…

, se me ha puesto dura. Tengo todos los sentidos a flor de piel.

Me da placer enjabonarme cualquier parte del cuerpo, las axilas —uno de mis puntos débiles—, los brazos…

Me río de mí mismo. Vuelvo a pensar en Unai. ¡Que se prepare esta noche!

Oigo cómo se activa la ducha de enfrente. Levanto la mirada y veo a un hombre de espaldas. A los pocos segundos, se pone de perfil y lo reconozco. Es el de la cinta otra vez. Se da media vuelta y me ve; desvío la mirada inmediatamente, intentando disimular al coger más gel.

No quiero seguir por ese camino. Ahora mismo quiero ver qué pasa con Unai. No me siento bien mirando a otro, excitándome con otro. Decido enjuagarme y apagar el agua; tengo que irme. Siento entre excitación y miedo, los nervios se apoderan de mí.

Al salir, veo que el tipo ha dejado su puerta entreabierta.

Cojo el jabón, me pongo la toalla por la cintura, haciéndome un nudo alto en el centro para disimular mi erección entre los pliegues de la tela.

Abro la puerta, decidido a irme. Entonces se me escapa la mirada entre la pequeña abertura, ahora puedo verle de cuerpo entero, completamente desnudo. Lejos de evitarme, a

quel tío abre un poco más la puerta. Él también está excitado, completamente erecto. La tiene enjabonada y hasta me fijo en los testículos que le cuelgan y en el hilo de agua con jabón que le baja por la entrepierna.

Se me nubla la mirada.

Sin poderlo evitar, me meto de nuevo en mi ducha. «Es un desconocido», pienso. «Es una fantasía. Lo que suceda en estas duchas, se queda en estas duchas»

.