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ÁLVARO
—Me gustaría que, pase lo que pase, tuviéramos algo tú y yo. Que formalicemos lo nuestro. ¿Qué crees? —me suelta, de golpe.
La conversación sobre si «¿Somos pareja?», «¿Qué somos?» o «¿Somos algo más?» me parece bastante incómoda. ¿Hay que ponerle nombre a todo?
—Ya hay algo entre nosotros —le digo.
—Me refiero a que tú y yo vayamos en serio —me insiste—. Me gustaría saber que tenemos algo pase lo que pase con mi carrera, me vaya a Londres o no. No sé, que fuéramos… oficialmente… novios
.
Me quedo callado, no sé qué responder. La palabra novio
se me queda enorme. Nunca he tenido nada serio con nadie; de hecho, ni me lo he planteado.
De repente, me veo envuelto en algo que ni tan siquiera he buscado.
¿Una relación? ¿Ya? Aun siendo Unai la persona que todo el mundo querría de novio —guapo, atlético, buena persona, con familia de pasta…
—, yo no quiero nada serio. Unai me encanta y este verano he sido muy feliz con él, pero me entristecía cada vez que pensaba que lo nuestro tenía fecha de caducidad.
Lo veía y me jodía. Me he sentido, y me siento, como una especie de cenicienta: todo es muy bonito hasta que llegue el día en que se vaya.
Ojalá no tuviera que irse. Ojalá se quedara. Ojalá lo nuestro funcionara. Pero no, a distancia no.
—¿No dices nada?
—Es que… —no sé ni qué decir—, la verdad es que no me lo había planteado así… Y… ¿no crees que deberíamos esperar?
Unai insiste.
—Justamente es eso lo que no quiero: esperar a que otra cosa decida por nosotros.
Yo sé que quiero estar contigo, sea en la misma ciudad o en ciudades distintas.
Quién sabe, a lo mejor puedes seguir estudiando desde ahí o tal vez vuelvo en unos meses, o a lo mejor nos vamos los dos a otro sitio completamente diferente. Es que pueden pasar mil cosas.
Lo que tengo claro es que, si Unai va a estar lejos, no es la persona.
—No sé, Unai. —Cuando me agobio, me bloqueo—. Claro que estoy bien contigo, pero no sé si empezar algo a distancia es lo mejor. Y, la verdad, estaba muy mentalizado con que te ibas.
—Vamos, que te estabas haciendo la idea de terminar. —Parece enfadado. O triste. No lo sé.
No respondo. Y, como no sé qué hacer, pido la cuenta.
Luego, hacemos el camino hacia casa de Unai, en el Barrio Gótico.
Vamos en silencio, no queremos o no nos atrevemos a hablar.
Cogemos la calle del Paradís, una de mis favoritas, que lleva directo a la parte trasera de la catedral de Barcelona.
Pienso en la cantidad de veces que le he dicho a Unai que quería incluirla en uno de mis vídeos de AlvariTours.
En lo alto de la pared de la catedral, hay un unicornio esculpido en piedra; siempre me ha fascinado que en la Edad Media se representaran animales fantásticos.
Todas esas calles estrechas tienen algo enigmático.
Pasamos por Sant Iu, una plaza tan pequeña que casi pasa desapercibida.
Más de una vez le he hablado a Unai de las figuras esculpidas ahí: una es la de Sant Jordi y el dragón, en referencia a la leyenda en la que el caballero le clava la espada al monstruo y, de su sangre, brota un rosal.
En algunos cuentos también se dice que Sant Jordi le regala una de esas rosas a la princesa, quien, a cambio, le da un libro.
Sea como sea, el 23 de abril, día del santo, es el día de los enamorados y del libro en Cataluña. La otra escultura, situada un poco
más a la derecha, es la de un ángel con una pluma tan grande como él.
Siempre le he dicho a Unai que era un ángel con pluma, el ángel de la guarda de los mariquitas; esa broma la tenía pensada para el vídeo.
Me siento cómodo explicándole curiosidades, como que para construir los antiguos edificios de la plaza, se usaron lápidas del cementerio judío de Montjuic y que, por eso, algunas piedras tienen nombres grabados.
Cuando estoy mal, me refugio en las calles, en su historia, en las personas que han construido, esculpido o pintado algo en el pasado y siento que, de alguna forma, siguen ahí. En este momento, de hecho, mientras andamos, callados, me están salvando; me siento extrañamente acompañado.
Llegamos al portal de su casa, en el que hemos terminado tantas noches este verano, besándonos y subiendo a toda prisa hasta llegar a su habitación para quitarnos la poca ropa que llevábamos.
Esta noche, sin embargo, nos detenemos con más cautela.
Nos ponemos uno enfrente del otro y le miro a los ojos, aquellos que he esquivado toda la cena.
Pienso en lo atractivo que es. Parece muy formal; entre las gafas, el pelo peinado a un lado y la piel tan fina. Se podría decir que viste serio, con colores beige
, negros o grises, o incluso aburrido, pero él es todo lo contrario. El contraste de lo recto que parece con el cuerpo que esconde lo hace todavía más sexi; se crea como el efecto Supermán cuando se quita las gafas y con ellas el traje de paisano, convirtiéndose en superhéroe.
Nos besamos.
Sus labios son finos y besa con cierta rigidez, menos cuando alarga los besos, que lo hace con suavidad, como si su boca se ablandara a los pocos segundos de entrar en contacto con otros labios.
Sabe moverlos muy bien, de forma que acaricia los míos.
Diría que he aprendido mucho de su forma de besar.
Jamás lo hace solamente en la boca, sus labios siempre se escapan a mi barbilla, a mi nuez —que le encanta— o incluso entre mis ojos, un lugar en el que solo me ha besado él.
Durante todo el verano, ha sido difícil besarnos y no terminar en la cama. El primer beso llevaba al segundo, que
llevaba al tercero, que llevaba a las caricias…
Deseo que hoy suceda lo mismo. Me entra el calor y quiero subir a su casa y desnudarnos.
Pero esta noche el beso es raro, incierto.
Aun así, noto que bajo la bragueta está duro; solo con acercar mi cintura lo puedo palpar.
A pesar de la conversación incómoda, en este momento logro entrar en ese estado álgido en el que ya solo te dejas llevar, en el que se te nubla la mirada y el resto de los sentidos se mueven por ti.
—Me tengo que ir —dice, despertándome del sueño.
—¿Cómo? —respondo, desubicado—. ¿No quieres que suba?
—Es tarde, prefiero descansar, que nos conocemos —me sonríe—. Y no creo que sea la noche más indicada para hacer nada. Además, mañana entreno a las seis.
—¿Seguro? Tampoco tenemos por qué alargar mucho…
Estoy excitado. He dejado todas las preocupaciones a un lado. El sexo solucionaría cualquier cosa, pero parece que Unai no lo ve igual.
—Mañana, ¿vale?
Unai es de los pocos chicos que he conocido que, aun teniendo toda la sangre entre sus piernas, es capaz de pensar con la cabeza. Disciplina deportiva, imagino. Y no creo que sea casualidad que esta noche me quiera dejar con las ganas; entiendo que es su manera de decir: «Piensa en lo nuestro»
.