Triángulo 4 UNAI
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No sabría decir qué fue lo que más me gustó de Álvaro, ¿su inocencia, su sencillez, su timidez…? Lo único que sé es que, cuando lo vi por primera vez, solo quise abrazarlo.

Lo mío ha sido mucho más que amor a primera vista.

Desde el primer día, tuve clarísimo que no me lo sacaría de la cabeza.

Como cuando te encaprichas de algo y sabes que no vas a parar hasta que lo consigas.

La noche de San Juan, sabía que si le dejaba escapar lo acabaría buscando por todos lados: preguntaría a mis amigos, buscaría en redes los que tuviéramos en común…

, pero necesitaría volver a verle. No podía dejar que se fuera así como así; no quería pensar que él pudiera cruzarse con otro y quedarme con la sensación de haber desaprovechado mi oportunidad de conocerle, estar con él, tener algo juntos.

Desde pequeño todo me ha salido bien, absolutamente todo. He sido bueno en estudios, en deportes, he tenido muchos amigos y con la familia me he llevado perfectamente. Si nuestro curriculum vitae

mostrara más allá de los estudios y el trabajo, el mío sería impecable, ejemplar, perfecto.

Jamás he podido aceptar un no, porque jamás lo he recibido.

Cuando se gana en todo, perder una sola cosa, es fracasar.

Como cuando juegas de niño y en la última partida dices lo de «Quien gana esta, gana todas».

Pues lo mismo: si pierdo en esto, pierdo en todo.

Y había un aspecto de mi vida en el que no estaba siendo el caballo ganador. Mis amigos, mis amigas…; todos me iban

adelantando en lo que se estaba convirtiendo en lo más difícil, el único juego en el que estaba perdiendo la partida y que cada vez veía más imposible remontar: encontrar el amor.

Desde hacía un tiempo, se había convertido en mi única obsesión.

Si hubiese sido una asignatura, hubiese sacado un cero. Y no podía permitírmelo.

Pasaban los años y no encontraba la manera de que cuajara con nadie a pesar de que, por mi complexión física, todo el mundo decía siempre que podría estar con quien quisiera.

De cara, también me han comparado siempre con algún actor o modelo.

De hecho, a menudo me han dicho que encajaría para campañas de perfume, tipo YSL o así, pero jamás me he presentado a ningún casting

; lo dicho, no hubiera aceptado un no, así que prefiero pensar que no he sido modelo porque no he querido. Mi madre fue miss

en un par de ocasiones y mi padre, también deportista, posó para marcas de ropa interior.

Todo en mí ha apuntado desde pequeño a tener un gran futuro, a ser alguien, a no defraudar a nadie.

Por eso mismo, tardé también en salir del armario.

Era la joyita de la familia; alguien tan perfecto no podía ser «un mariquita de esos», y menos en el mundo del deporte.

Lo estuve negando durante mucho tiempo, pero la naturaleza es más fuerte que cualquier pensamiento humano.

Por mucho que intentemos imponer nuestros ideales o construir personalidades inventadas, así como el mar acaba recuperando lo que es suyo, los sentimientos de uno también acaban ocupando el lugar que les toca.

Cuando descarté que se tratara de confusiones o algo pasajero, me prometí a mí mismo que en todo lo demás sería perfecto, para no defraudar a nadie, para que nadie pudiera reírse de mí. La típica frase de «Es gay, pero es buenísimo en todo».

Cuando sentí que había llegado el día de decirlo, lo hice justo antes de un campeonato. Pensé que si era capaz de precipitarme desde una plataforma a diez metros de altura, también lo sería para decirle a todo el mundo que era gay. Y así fue. Ese momento fue exactamente igual que hacer un salto,

incluso con más vértigo y con la sensación de que la altura era mucho mayor.

Una vez hecho, ya no había vuelta atrás.

Salto. Expectación. Caída al vacío. El silencio que se creó a mi alrededor fue idéntico al que se produce durante los segundos que estás bajo el agua, con la presión en los oídos, en los que te preguntas si ha ido bien o no, y no es hasta salir a la superficie que descubres el resultado.

Como en competición, vi las caras de sorpresa, las caras de admiración, vítores, aplausos y, tal vez, algún pequeño gesto de decepción. Pero ya estaba dicho.

No quería que esa palabra me definiera; quería que se me conociera por otras cualidades. Por eso, siempre que he tenido un objetivo, lo he cumplido; siempre que me he propuesto algo, lo he conseguido, y nunca me he quedado en el intento.

Con Álvaro vi desde el primer momento que era el tipo de chico con el que quería estar.

Era dulce, simpático, sonriente, buena persona y alguien completamente alejado de mi mundo.

Por eso, me imaginaba un futuro junto a él.

Lo único que me hacía dudar era que fuera algunos años más joven que yo, porque parece que con veinte años nadie quiere algo serio.

En cambio, yo siempre he sido de los que quieren a alguien a su lado.

Tal vez, esa misma obsesión es la que me había impedido encontrar a nadie hasta el momento…

Álvaro y yo nos conocimos a principios de verano, por lo que no me atreví a proponerle un viaje o algún plan juntos fuera de la ciudad.

Pero me hubiera encantado ir con él a Menorca o Formentera, pasar días en la playa, pasear, bañarnos juntos, cenar, hablar de todo, contarnos todo, apoyarnos en todo.

Un día me dijo: «Lo que más me gusta de un tío es que me sorprenda». Y, desde entonces, siempre he tratado de hacer cosas diferentes, imprevisibles. He querido que cada día fuera especial, que no se aburriera nunca de mí. Una vez, lo llevé a cenar a un bufé libre de sushi

y le gustó tanto que se convirtió casi en una tradición.

Y aquí estamos, una semana más.

Después de su primer día en el gimnasio, hemos quedado para cenar, como es tradición, en el Rainbow.

Lo que no me gusta de este lugar es que, debido a su localización, en medio del Eixample, prácticamente toda la clientela somos gais.

Lo paso mal cuando miran a Álvaro, y peor cuando a Álvaro se le van los ojos a otras mesas.

—¡Hola! —le digo—. ¿A quién miras?

—Eh… —reacciona—. No, a nadie… Estaba pensando en… ¿Qué pedimos? ¿Lo de siempre?

Miro a la mesa de al lado y, efectivamente, hay un tío bastante atractivo. Para nada mi tipo, pero objetivamente atractivo. Diferente a mí, más moreno, más barbudo, con la cara más fina… El tipo de chico que a Álvaro también le puede atraer.

Nunca me he considerado celoso, pero cuando siento que Álvaro se me escapa de las manos, no puedo evitarlo.

—Que si pedimos lo de siempre —me dice.

—Sí, claro —le respondo, mientras apunto en un papel—. Cogemos el 27, el 34 y el 71.

Son los números que corresponden a los platos de la carta. Podemos pedir tantos como queramos, con una única condición: hay que terminar lo que hay en la mesa antes de volver a pedir.

Nuestros imprescindibles son: el 27, el sashimi

de salmón; el 34, el sushi

variado, y el 71, nuestro gran descubrimiento, los california rolls

. Álvaro los nombra como si cantara la canción de California Gurls

. A veces, pedimos platos nuevos para descubrir, pero hay unos básicos que no nos saltamos nunca.

—¿Qué tal ha ido el gimnasio? —le pregunto, tras entregar el papel.

—Ah, bien; sin más.

—¿Has conocido a alguien?

—Qué va. Solo un tío me ha dicho cómo funcionaba la máquina de correr.

—La cinta, ¿quieres decir?

—Eso. Pero ya está.

—Seguro que quería ligar contigo.

—Qué va.

Aunque imagino que hay algo que no me quiere contar, no le quiero volver a preguntar. Además, en un gimnasio no hay ratones de biblioteca, precisamente. Prefiero no saber demasiado. Confieso que prefería cuando quería ir al gimnasio, pero al final no iba.

—Tengo que volver para que me hagan una rutina —me explica, un poco desganado—. En unos meses estaré supercachas, casi como tú. Vas a flipar cuando me veas; si no te vas a Londres, claro.

Este tema nos ha perseguido todo el verano; ha sido el pero

que ha acompañado nuestro inicio de relación. No nos hemos planteado nada, ni lo que somos o dejamos de ser, ni si estamos oficialmente juntos o no; todo por el tema de que en octubre puede que me vaya de la ciudad.

Lo que Álvaro desconoce es que yo sé desde el primer momento lo que va a pasar.

Y es que sí que me voy a Londres. Un contrato deportivo no se firma de una semana para otra; hay negociaciones, hay que definir condiciones, valorar niveles, cerrar fechas y discutir números, muchos números…

Pero no quería decirle que me iba y que descartara la opción de tener algo conmigo.

Me quise dar el verano de margen para conseguir sentar unas bases con él, crear algo sólido y que la distancia no fuera un problema.

—Esta semana me tienen que decir definitivamente si sí o si no —le miento una vez más, examinando su mirada esperando alguna reacción—. Pero, nos seguiremos viendo pase lo que pase, ¿no? Podré ver cómo te vuelves una vigoréxica.

Su cara es literalmente de póquer y desvía la mirada. Siempre que hablamos de Londres, la conversación se vuelve tensa.

—Bueno, si te vas… —me clava la mirada— será difícil que nos sigamos viendo. Por no decir imposible.

No sé si lo dice para joderme, como amenaza o porque realmente le pone triste la posibilidad de separarnos. Yo sé que no ve claro tener algo a distancia, pero ¿por qué parece

que no quiere ni intentarlo? No acepto un no, ese es mi problema.

—¿Podemos hablar del tema? —le ruego.

Nos sirven las primeras bandejas de sushi

. Quitamos los palillos de madera del envoltorio de papel, rompemos la parte por la que van unidos —clac— y nos ponemos a comer. Álvaro suele hacerlo acelerado y siempre se le cae un palo, desmonta las piezas de sushi

esparciendo arroz por todo el plato o hace cualquier cosa que me acababa sacando una sonrisa.

—Álvaro, creo que va siendo hora de que hablemos de lo nuestro, ¿no crees?

—¿De qué hay que hablar? La pregunta es si te vas o no.

—No es solo eso. También hay otra realidad y es que llevamos todo el verano juntos, pronto serán tres meses y… No sé, todo este tiempo, para mí, ha significado algo.

Le observo mientras sus ojos están pendientes de los granitos de arroz que nadan en el cuenco de la salsa de soja. Los intenta recoger, pero no consigue cazar ni uno.

—No sé, Álvaro… —Intento no ponerme muy nervioso—. En todo este tiempo yo no he estado con nadie más y diría… que tú tampoco. Que no te lo estoy preguntando, porque no pasaría nada; me refiero… oficialmente no hay nada entre nosotros. Además, si lo has estado, ahora preferiría no saberlo.

Me mira con una mueca que no sé descifrar.

Álvaro me ha dicho que conmigo ha tenido lo más parecido a una relación, pero que tal vez no se puede considerar una relación, aunque tampoco un rollo y menos un follamigo

. Él siempre dice que yo soy como un «rollo serio». «Eres el tío con el que más veces he follado», me dijo una vez.

Este verano hemos hecho muchos planes juntos, y también hemos pasado muchas horas en la cama.

El sexo es parte de nuestro día a día. Hasta nos hicimos unas pruebas de ETS para no tener que usar condón.

Nos hemos ido conociendo cada vez más y cada vez ha sido mejor.

Un día, logré que se corriera sin tocarse, y él mismo dijo que había sido una sensación rara y espectacular a la vez. Otra vez, estábamos tan excitados que f

ollamos y, tras corrernos, continuamos sin parar hasta corrernos una segunda vez. Con él, el sexo nunca ha sido rápido; siempre con tiempo. Por eso quiero que haya algo más, quiero tener la certeza de que somos el uno del otro, de que podemos estar juntos a pesar de la distancia.

—Bueno —digo con tono de aviso—. Quería esperar a ver qué pasaba con Londres para decirte esto, pero la espera se me está haciendo muy larga y no quiero depender de un trabajo para… —Cojo aire—. Me gustaría que, pase lo que pase, tuviéramos algo tú y yo. Que formalicemos lo nuestro. ¿Qué crees?

Me callo para ver su reacción. No dice nada, quieto

.