Triángulo 1 ÁLVARO
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1 ÁLVARO

ÁLVARO

Cuando la gente piensa en Barcelona, enseguida se le vienen a la cabeza la Sagrada Familia, el Park Güell, las Ramblas, el Tibidabo y hasta la Olimpiadas, que fueron —aunque cueste aceptarlo— el siglo pasado.

Parece que visitar los puntos turísticos de una ciudad ya es suficiente para conocerla, y no es así.

Si de París solo piensas en la Torre Eiffel o tu imagen de Nueva York es la Estatua de la Libertad, es que no la has vivido; simplemente, la has visitado.

Para mí, Barcelona ha sido mucho más que las atracciones turísticas que todo el mundo visita en masa: son los parques que he frecuentado desde pequeño, las historias que he vivido en sus calles y los chicos que he conocido en sus bares.

Parece que las ciudades se construyeron en el pasado y con ese legado hay que vivir eternamente, pero las ciudades cambian y quienes las vivimos también dejamos nuestra pequeña huella y nos llevamos mucho más que doscientas fotos y algún souvenir

. Por eso, desde niño siempre quise enseñar la Barcelona que yo conocía. Y aquí estoy, intentando cumplir lo que me llevo prometiendo desde entonces: enseñar Barcelona al mundo a través de mis ojos; aunque no sé si se me da demasiado bien.

—¡Buenas! ¿Qué tal? Soy Alvarito y estás en mi nuevo canal: AlvariTours.

¿Reconocéis esta figura? ¿Y esta otra? ¿Y esta?

Lo sé, parece una clase de primero de geometría, ¡pero no!

No vengo a hablaros ni de los equiláteros, ni de los isósceles, ni de los catetos…

Bueno, de algún cateto acabaré hablando,

seguramente, pero hoy quiero hablaros de… —dejo de hablar totalmente asqueado—. ¡Qué mal lo estoy haciendo!

—¿Qué dices? Te estaba quedando bien —me dice Unai mientras me graba con el móvil.

—Trae —se lo pido.

Reproduzco el archivo: «¡Buenas! ¿Qué tal? Soy Álvarito y…».

—…y eres un poco lerdo.

—No eres lerdo. —Unai se acerca y me da un beso—. A lo mejor, te lo tienes que preparar un poco más, pero la idea es buena. Al menos, yo te seguiría.

Le miro, incrédulo. Guardo el móvil, resignado, mientras con la mirada hago un repaso a todo el parque que tenemos delante, el parque de la Ciutadella.

Diría que es uno de mis lugares favoritos.

De pequeño, me traían mis padres y paseábamos durante horas.

Siempre los convencía para que nos subiéramos en una de las barcas que se podían alquilar en el lago que hay en el centro.

Con los años, no dejé de venir; podía ir en bici o patinete, solo o con amigos, también me había quedado leyendo y alguna vez había venido con algún chico a estirarnos al césped y estarnos hasta que se hiciera de noche y el frío, junto con la oscuridad, nos sirviera de excusa para acercarnos el uno al otro y acabar besándonos mientras nuestros cuerpos ardían por dentro.

Hace un par de años, iba por este mismo parque, mirando las musarañas y, justo cuando estaba a punto de salir por la puerta que da a la estación de Francia, me tropecé.

Caí encima de una piedra gigante. Me levanté y a mis pies había un bloque de mármol, del tamaño de una cama de matrimonio, rodeada por una franja metálica de color rosa y con forma de un perfecto triángulo. Había una inscripción grabada:

«En memoria de los gais, las lesbianas y las personas transexuales que han sufrido persecución y represión a lo largo de la historia».

La curiosidad me llevó a descubrir que había sido inaugurado en 2011 y que se había construido con piedras de la misma montaña de Montjuic.

Me extrañó no haber conocido antes aquel monumento, siendo de la ciudad, de toda la vida, siendo aquel mi parque favorito y siendo yo maricón.

Pensé que, como yo, habría muchísima gente; y, por eso, cuando empecé el grado de Turismo, quise abrir una cuenta en la que pudiera enseñar al mundo pequeños rincones de la ciudad, todos relacionados con la historia del colectivo.

Tras años pensando en crear aquel canal, por fin, ha llegado el día en el que me he decidido a grabar el primer vídeo. También Unai me ha estado insistiendo. Y aquí estamos, enfrente de ese triángulo, intentando «generar contenido»; pero lo veo y es que no se me puede dar peor.

—No te agobies —me dice.

Imposible.

Hace tres años que estoy estudiando Turismo, a distancia. Me matriculé en la modalidad online

porque pensaba que así tendría libertad para viajar por el mundo y estudiar donde y cuando yo quisiera.

Pero se me olvidó que para eso se necesita dinero y el poco que gano va para el grado y para el alquiler.

Lo llego a saber y estudio de forma presencial; hubiera conocido a más gente, hubiera salido más de fiesta y, básicamente, hubiera sido todo mejor.

—Este año voy a acabar Turismo —le explico a Unai—. Me gustaría tener el canal en marcha, con algunos vídeos. Así, de cara a buscar trabajo, seguro que me valorarán más. O hasta podría vivir de esto.

Unai suspira; seguro que me ve como un crío inmaduro que no sabe qué hacer con su vida. Y no le falta razón.

—Vas por el buen camino —me dice adoptando una actitud paternalista—. Búscate un par de lugares que quieras enseñar y los explicas a tu manera. Tienes que encontrar una forma en la que estés cómodo y seguro que enganchas a mucha gente.

—Es que no sé por dónde empezar. —Yo siempre espero que las soluciones me caigan del cielo.

—Pues por este triángulo. Luego puedes hacer, por ejemplo, la glorieta de Sonia.

En realidad es la glorieta de los Músicos; está en el mismo parque, al lado de la cascada. Se le puso el sobrenombre en honor a una mujer trans, llamada Sonia, que asesinaron en los años noventa en ese mismo lugar.

Unai conoce todo lo que yo quiero enseñar al mundo porque, al final, él ha sido mi primer oyente, mi primer follower

.

—Tienes que explicarlo de la misma manera que me lo llevas haciendo a mí todo el verano —me insiste Unai; parece un profesor—, con el mismo entusiasmo. Yo he aprendido mucho.

Unai y yo llevamos unos meses viéndonos, por decirlo de alguna manera.

Nos conocimos a principios de este verano que termina, en la noche de San Juan.

Coincidimos en la misma fiesta, en una casa enorme por la zona alta, más arriba de Sarriá.

El amigo de un amigo de un amigo… tenía jardín, piscina y mucha gente.

Nos estuvimos mirando desde el primer minuto.

Yo iba hablando con mi amiga María e intentaba entablar conversación con gente, pero no acabé de divertirme.

No conocía a nadie y mis temas de conversación eran bastante limitados.

Unai, en cambio, se reía todo el rato y hablaba con unos y con otros.

—María, me voy a ir —le dije hacia las tres de la madrugada.

—¡¿Ya?! ¡Pero si ahora empieza lo mejor! —Ella estaba en su salsa. Tenía a un montón de amigos ahí y cada vez que hablaba con ella tenía una copa nueva en la mano—. Quédate un rato más, anda, ¡¡¡que es veranooo

!!! Voy a por un chupito.

Le dije que la esperaba, pero iba a hacer una bomba de humo en toda regla.

Esperé a perderla de vista y, entonces, me dirigí a la puerta, cruzando toda la gente, sin mirar a los lados para que nadie me detuviese; me sentía como un preso de Alcatraz aprovechando el momento en que la cámara gira hacia el otro lado para huir.

Al levantar la mirada, le vi a lo lejos. Como no lo iba a ver más, me atreví a indicarle que me iba. Él me miró, levantó los

brazos en modo pregunta y puso una cara interrogativa pero muy sonriente. Con un gesto, me invitó a unirme a sus amigos. A mí me entró la risa, pero le señalé la puerta de nuevo, para insistirle en que no me iba a quedar. Entonces, se levantó, dejó a su grupo y se acercó a mí.

Me puse muy nervioso pero muy contento a la vez.

—Perdona —me dijo con un aire divertido—, es que en lengua de signos solo sé decir hola

y adiós

.

—¿Ah, sí? —Me sorprendió que me saliera con esas—. ¿Y cómo se dice hola

***

Se rio. La copa que llevaba en la mano no debía ser la primera; estaba contentillo. De lejos, solo me había podido fijar en su sonrisa; al acercarse, me fijé que tras unas finas gafas escondía una mirada preciosa.

—Pues solo sé que hola

es así —dijo haciendo un levantamiento de cejas y sacudiendo la mano hacia los lados.

Por un momento, me había creído que conocía la lengua de signos, pero era evidente que se estaba quedando conmigo. Le seguí el juego.

—¿Y cómo se diría adiós

***

Pensó durante medio segundo.

—Pues… es el mismo gesto —dijo volviendo a sacudir la mano de la misma manera—, pero se hace al cabo de un rato, cuando te vas.

Me di cuenta de que era la primera vez en toda la noche que me había reído. Me apeteció quedarme, pero era demasiado obvio que lo hacía por él.

—Te estaba diciendo —me expliqué— que me voy.

—Sí, sí. Eso lo he entendido.

Estuvimos hablando un rato hasta que, para mi sorpresa, me dijo que él también quería irse y que se iba conmigo.

—Yo vivo por el barrio de Sant Antoni —le dije.

—Oh, perfecto, me viene de camino. Si quieres, podemos ir juntos, en taxi o algo.

¿Eso mismo no podría haber sucedido cuatro horas antes? No, estas cosas pasan al final de la noche, siempre.

Le esperé en la calle mientras él se despedía de sus amigos.

La noche de San Juan es la única del año que tiene un aroma propio, el de la pólvora, y un sonido característico, el de los petardos y los fuegos artificiales. La noche en la que nadie duerme.

Es típico comer coca de piñones y yo me había empachado, y además había bebido un par de copas sin ganas, intentando animarme. Me sentía completamente hinchado.

Tardó un poco en salir, seguramente le intentaron convencer de que se quedara y tuvo que argumentar de mil maneras que se iba.

—No me has dicho tu nombre —dijo, lo primero.

—Soy Álvaro —le ofrecí mi mano y puse cara de bobo—, encantado.

—Igualmente, yo soy Unai. —Me estrechó la mano con fuerza, de forma viril, mirándome serio.

Parecíamos dos empresarios cerrando un negocio; me incomodé un poco con tanta masculinidad…

Pero, a los pocos segundos, hizo un suave giro de muñeca, doblándola con delicadeza, inclinó su cuerpo y me besó la mano como si fuera una princesa—. Encantado de conocerte.

Me quedé tan descolocado que no supe seguirle el juego.

Enseguida nos pusimos en marcha. Las calles se estaban vaciando, la gente festejaba en los jardines —quien tenía— o en locales. Aquel junio estaba siendo especialmente caluroso y la noche bastante bochornosa.

— Yyyy

… —alargó la conjunción como quien avisa de que va a preguntar algo con el único objetivo de iniciar una conversación—, ¿a qué te dedicas?

La conversación tardó en arrancar. Le expliqué qué estaba estudiando y que hacía algún trabajo puntual para sacarme algo de dinero.

—…y lo más importante: odio los spoilers

.

—¿Qué? —se partió de risa.

—Lo digo de verdad. Soy capaz de dejar de hablarte si me cuentas el final de una peli

, serie o lo que sea. Es lo primero que hay que saber de mí.

Él me explicó que había acabado de estudiar ADE. Deduje que tendría algunos años más que yo. Lo que no esperaba era que me dijera a lo que realmente se dedicaba.

—Soy diver

, hago saltos de trampolín —dijo, mirándome, esperando mi reacción.

—¡¿Cómo?! —flipé—. ¿Te estás quedando conmigo?

—Te lo digo en serio —abrió las palmas de las manos, mostrando inocencia y unos antebrazos musculados—. Lo llevo haciendo desde pequeño.

—¡Qué fuerte! —No me lo creía—. Es que… nunca he conocido a nadie que hiciera eso. No sé, es algo que se ve en la tele, en las olimpiadas, pero… Lo normal es conocer a alguien que trabaje en el Zara, que estudie Políticas o, incluso, ADE, pero… ¿esto? Es como conocer a Tom Daley, de repente.

No perdía la sonrisa; era generosa. Solo pensar que practicaba ese deporte hizo que me fijara aún más en su cuerpo.

Se le veían unos brazos fuertes que asomaban por la camisa arremangada hasta el antebrazo, unos hombros anchos, se intuía un vientre duro…

Tenía un cuerpo perfecto, como el de los maniquís en los escaparates.

—Entreno en la piscina olímpica de Montjuic, seguro que la conoces.

—Claro —le sonreí—, donde el videoclip de Kylie Minogue y el de Dua Lipa.

Él asentía, sabiendo que le iba a decir eso.

—¿Recuerdas las canciones? —me puso a prueba.

—Claro —pensé rápido—, era el Slow

de Kylie y de Dua…

— Illusion

—se avanzó.

—¡Eso! —le dije, aunque en realidad no la recordaba.

—De hecho, si revisas el videoclip, uno de los que salta, a lo lejos, soy yo.

—¡Qué fuerte! —Intenté no mostrarme demasiado sorprendido, ya que no tenía nada al mismo nivel que explicarle de mí.

Mentalmente, apunté esa piscina como uno de mis puntos a visitar en la Barcelona gay. ¿Un lugar donde Kylie Minogue

y Dua Lipa habían rodado un videoclip con todo de tíos en bañador? Debía estar.

A la vez, me intimidó bastante aquella conversación.

Al fin y al cabo, estaba ante un deportista de élite; pero él era tan natural que acabé estando muy a gusto.

Me estuvo explicando todas las horas que había hecho de entrenamiento desde adolescente y durante la carrera; ahora que había acabado, quería centrarse completamente en el deporte.

La historia entre Unai y yo parecía el inicio idílico de dos chicos que se conocen en verano, pero hubo algo que lo obstaculizó desde el primer momento: había la posibilidad de que Unai se fuera a Londres a entrenar.

Lo haría en octubre, al empezar el nuevo curso, y se lo tenían que comunicar después del verano.

Por eso, nunca me pude tomar en serio lo nuestro, porque tenía fecha de caducidad.

Sin embargo, la realidad era algo distinta: los últimos tres meses habíamos hecho vida juntos, habíamos hecho cosas de pareja y se podría decir que habíamos estado saliendo juntos, pero en ningún momento nos habíamos sincerado respecto a nuestros sentimientos.

¿Tal vez era momento de hacerlo

***