UNAI
UNAI
Antes de dar mi nombre, suelo pensar mucho a quién se lo voy a decir; si se va a acordar, si no, si lo voy a tener que repetir…
Es como que no me gusta dárselo a cualquiera.
Como quien da un número de teléfono o su cuenta en redes sociales, a mí me pasa con el nombre.
¿Para qué quieres saber mi nombre exactamente?
No me gusta conocer a gente por conocer.
Si conozco a alguien, quiero que sea alguien que merezca la pena, tanto la persona como la relación que vayamos a tener, sea de amistad o de otra cosa.
Mi pasión han sido siempre los deportes acuáticos.
No concibo mi vida sin quitarme la ropa, ponerme el bañador y meterme en el agua.
De pequeño se metían conmigo y me llamaban «sirena», supongo que por ser algo más amanerado que el resto de los tíos.
Pero la sirena es ahora un deportista de élite y mi cuerpo ha callado bastantes bocas.
Los tíos me confiesan que en lo primero que se fijan de mí es en el físico.
No me enorgullezco especialmente. Cuando creces con eso, lo vives como algo normal.
Siempre he sido el centro de las miradas, tal vez demasiadas.
Al final, nunca he sabido si la gente se acercaba a mí porque les caía bien o solo porque querían tocarme.
Por eso, con el tiempo me he vuelto más desconfiado, más reservado.
Desde fuera puedo parecer borde; pero no, soy más bien precavido.
Nunca he permitido que mis sentimientos dirigieran mi vida, siempre me ha gustado tenerlo todo bajo control.
He conocido a muchos chicos. En las aplicaciones, con una solo foto de mi torso ya tengo el chat lleno de solicitudes. He estado con quien he querido sin apenas esforzarme;
tan solo con mirar y levantar las cejas, ya he tenido a un hombre cerca.
No me había desviado jamás de mis objetivos, hasta que apareció alguien que dinamitó todos mis sentimientos, todos aquellos que pensaba tener completamente controlados.
No había perdido la cabeza por nadie hasta que lo conocí.
Es inmaduro, irresponsable, egoísta y cero empático; es todo lo que no me conviene, pero se ha convertido en todo lo que necesito.
La calle desierta, la noche ideal,
un coche sin luces no pudo esquivar…
Los ojos, apenas veían nada, solo partes del cuerpo a una distancia de uno o dos centímetros: pelo, espalda, vértebras número siete, ocho y nueve de la columna.
La ropa interior resistía pegada, se humedecía del sudor, también de hilos de saliva y alguna gota de líquido preseminal.
Pero poco a poco fue abandonando el cuerpo.
A pesar de la erección, que sujetaba el bóxer como si fuera un cuerno que no deja pasar la tela, la goma logró bajar, rozando los glúteos, los muslos y las piernas, hasta escapar por los tobillos y los pies.
Estábamos desnudos. Y así era como nos sentíamos más seguros. Nos movíamos sin el reparo con el que habíamos empezado. Nos conocíamos a la perfección, sabíamos lo que nos gustaba.
Los besos seguían siendo nuestro principal lenguaje.
Con ellos, recorríamos la cara, de fuera para dentro, desde el lóbulo de la oreja, pasando por la mejilla, llegando a la boca, entreverando nuestras lenguas.
El cuello, el centro del pecho y los pezones, que se afilaban con el tacto húmedo de la lengua…
Nuestra piel tenía un ligero sabor salado del sudor.
La complicidad era mayor que nunca.
Las felaciones no tardaron en llegar. Como si fuera un entrante de un largo banquete que se tiene todo el tiempo del mundo para degustar.
No tocaba engullir con prisa. Saboreábamos cada parte.
Empezando por el glande, rosado, brillante, húmedo y delicado.
Después el tronco, los laterales y toda la circunferencia.
Bajando y persiguiendo los testículos con la lengua, como si flotaran en el agua.
El vello público rozaba nuestra mejilla.
Finalmente, la queríamos dentro, abriendo la boca e intentando introducirla entera, sintiendo el glande en el paladar, en la campanilla y hasta llegar a la faringe, con el tronco invadiendo la lengua. Aguantando, casi sin poder respirar.
Deseo carnal; no lo habíamos inventado nosotros
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