Triángulo ÁLVARO
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ÁLVARO

ÁLVARO

Hola. Me llamo Álvaro. Estoy a punto de acabar el grado de Turismo. La universidad no ha sido, como todo el mundo dice, la mejor época de mi vida. Al estudiar a distancia, no he conocido a mucha gente. Tampoco he salido de fiesta tanto como se supone que debe salir un estudiante.

No me considero una persona especialmente interesante.

Físicamente, normal. El estar más bien delgado me ha llevado siempre a sentirme «poca cosa»; no tengo unos hombros anchos como se suponía que debía tener un hombre, mi espalda es fina —de las que se estrujan en un abrazo— y tengo unas piernas delgadas que nunca han llenado un pantalón. De cara, sin más; ni guapo, ni feo.

Los tíos me han gustado siempre; me refiero a que no he tenido que salir nunca del armario.

Sí recuerdo descubrir que tal vez no era lo más común entre mis amigos…

Tenía doce años, estábamos de colonias, y cada uno tenía que confesar quién le gustaba de clase.

Todos daban nombres de chicas, cuando fue mi turno, dije el del monitor del comedor.

En realidad, no me gustaba, pero si alguien en mí había despertado lo más mínimo en aquel colegio, era él.

La sorpresa les duró algunos segundos, le siguieron un par de burlas algo incómodas para acabar con un «Pero que no pasa nada, ¿eh?

», y enseguida siguieron jugando y hablando de chicas.

Siempre he idealizado a los chicos; por eso, cuando los he conocido, me he llevado una decepción. Excepto con uno, que ha roto por completo mis esquemas y me ha hecho descubrir que por los tíos se puede sentir mucho más que atracción.

Algo insano, que te atrapa, algo así como un devastador huracán que arrasa con todo tu interior.

¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?

Yo que te hubiese querido hasta el fin.

Sé que te arrepentirás…

La música no se detenía. Nosotros tampoco.

Las manos pasaban discretas por encima de la ropa; primero por la espalda, después por la nuca y la cabeza. Luego, bajaban a las piernas, subían a la cintura y se colaban, como quien roba un caramelo, por la ranura entre la camiseta y el pantalón.

Nos besamos cada vez con menos miedo, en el cuello, en el mentón y, el más difícil, en los labios. Los primeros eran cortos, tanto como el tic o el tac de un reloj, después eran más largos y duraban todo lo que un beso entre dos hombres puede durar.

De nuestras gargantas no salió ni una sola palabra más. Se pudo oír un gemido, como quien no quiere ser descubierto, un resoplo al no poder evitar tampoco que el placer estremeciera el cuerpo. Respirar hondo. En ese momento, ya éramos como volcanes antes de una erupción que era más que inminente.

Habíamos cruzado ya una línea sin retorno.

Nos agarramos y nos besamos cada vez con más fuerza, con más pasión, endureciendo los labios, acompañando con la lengua y hasta chocando sin querer con los dientes.

A ratos, éramos veneros pasionales; a ratos, nos dejábamos querer, alzando los brazos como hacen los vellos al ponerse de punta.

No queríamos perder tiempo desvistiéndonos, pero nuestras prendas, al poco rato, se convirtieron en molestia.

Una camisa resistía abierta y medio caída por detrás de los hombros, dejando al desnudo todo el pecho y gran parte de los brazos.

Los cinturones ya no ofrecían resistencia, las hebillas colgaban, como se suelta el arco de un candado tras introducir el código correcto.

Los botones habían cedido; las cremalleras ya no

servían para nada. Nuestros pantalones terminaron tendidos en el suelo.

Acabamos prácticamente sin ropa, rozándonos, piel con piel.

Nuestros pechos se acercaban, nuestros abdómenes también intentaban tocarse.

Completamente erectos, nuestros penes chocaban, tensando la fina tela de la ropa interior, golpeándose, duros.

Nuestros brazos se enredaban y nuestras piernas se iban encajando poco a poco.

Necesitábamos sentir nuestros cuerpos, solo así nos entendíamos.

Mucho mejor que hablar

.