Triángulo PrólogoÁLVAROUNAITHIAGO
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Triángulo

Triángulo

Por Pablo Wessling

© inepub.com

PrólogoÁLVAROUNAITHIAGO

Prólogo

Tras el crepitar de la aguja rozando el borde del vinilo, sonaron los primeros acordes de una canción que parecía escrita para nosotros. Violines y sintetizadores daban comienzo al tema que nos acompañó en las primeras caricias, Cómo pudiste hacerme esto a mí

. Cuando se compuso la canción, nosotros no habíamos nacido, pero todo lo que hablaba lo acabábamos de vivir en nuestras propias pieles: los celos, el arrepentimiento y la traición.

Ella lo vio salir de allí.

Ahora sabía la verdad

y se decidió…

Nos dolía la garganta de habernos gritado tantas veces. El estómago lo teníamos estrujado de toda la rabia que habíamos llegado a sentir. Estaba todo dicho; incluso habíamos hablado de más. No teníamos fuerzas para seguir con tiroteos de palabras que solo buscaban herir.

Estábamos agotados.

Entre nosotros, un largo silencio. Desolador y tenso, pero necesario. Nuestras miradas lo decían todo. De nuestra boca solo salía el aire de la respiración.

¿Cómo habíamos llegado a ese punto?

No habíamos hecho nada bien.

Éramos demasiado orgullosos como para pedir perdón, para decir «Lo siento» o para reconocer, al menos, que nos habíamos equivocado. Pero, más que palabras, necesitábamos un

gesto que nos recordara que entre nosotros había algo más que odio…

En medio de aquel ambiente abatido, y tras unos minutos en los que parecía que ni los corazones se atrevían a latir, hubo un acercamiento, un roce, como si nuestras manos se quisieran susurrar lo que nosotros no nos atrevíamos a decir.

Pasado todo el ruido, y tras el silencio más absoluto, en aquel lugar solo se oía aquella melodía dolida que parecía hacerse la misma pregunta que nosotros.

Pero, como respuesta, solo supimos darnos un beso.

Todo fue muy pausado.

Sentir nuestros labios era el único bálsamo capaz de aliviar la irritación que sentíamos en aquel momento.

Nos fuimos acercando, con mucha prudencia, como quien se acerca con cuidado a un cuerpo lastimado. Parecía que la rabia y el rencor también se habían agotado; los habíamos exprimido por completo. Nuestros cuerpos, más valientes que nuestras palabras, buscaban reconciliarse.

Al lado del tocadiscos y apoyada en la pared, reposaba la funda del vinilo que nos acompañaba.

La imagen, una fotografía en blanco y negro, mostraba dos cuerpos entrelazados, uno de espaldas y el otro de frente, con los ojos cerrados.

Desnudos. No nos miraban; parecían vivir lo mismo que nosotros en aquel momento.

La música salía de los altavoces, flotando en el aire y envolviendo nuestros cuerpos como un elixir.

Lo sentíamos más que nunca, era puro Deseo carnal

.