Capítulo treinta y cuatro #3
—Ocupada —asintió levemente—. Estar ocupada es una forma de lidiar con el mundo real. Y parece que el mundo real se ha estrellado de frente contra The Homestead. Mucha gente aquí. Desconocidos para ti.
—Tú y mi HADD estáis de acuerdo en eso. Ahora, si no te importa... —abrí el portátil y puse los dedos sobre el teclado.
Bajó la tapa con suavidad, me quitó el portátil y lo dejó a un lado.
—Tenemos que hablar.
—No. No hace falta hablar. —Estaba decidida a salir de esto con el corazón hecho trizas pero con la dignidad intacta. No iba a derrumbarme delante de él, cosa que pasaría seguro si me soltaba la clásica charla de «no eres tú, soy yo».
No necesitaba «la charla». Preferiría una lobotomía sin anestesia. Menos doloroso y más útil. Si me dejaba catatónica e incapaz de sentir, mejor que mejor.
—Esto es lo que va a pasar. —Tomé las riendas de mi propia ejecución—. Solo tienes que enviarme un mensaje directo con «Fin de Función» y listo.
—¿Listo? —Me lanzó una mirada de lo más extraña—. No lo creo.
Me tomó la mano. Joder, se lo permití. Sus dedos cálidos y fuertes se entrelazaron con los míos. Entre sus manos, mis dedos lánguidos probablemente se sentían como sardinas húmedas, frías y aceitosas recién salidas de la lata. Durante unos instantes, no dijo nada.
Poco a poco, el calor de su cuerpo se filtró en mi piel y empezó a calentarme por dentro.
Había estado congelada desde el momento en que lo encontré en aquel paraje rodeado de cadáveres y lobos.
Después de nuestra aventura ártica, de Rey y de todo lo que había pasado, no había conseguido descongelarme.
—Entiendo que estés estresada. —Me dio la vuelta a la mano y, mientras la estudiaba de cerca, trazó con el dedo las líneas de mi palma—. Todos esos Jedis que van pavoneándose por ahí son amigos míos. Son buena gente. Deberías darles una oportunidad.
—Lo intento —murmuré, detestando su amabilidad, odiando tener que renunciar a él.
—Intentarlo ya es algo. —Me pasó el brazo por los hombros y me atrajo hacia él—. Cuando todo sea demasiado, quedamos aquí en este armario, sin preguntas.
—Tú... eh... —Me mantuve rígida bajo su brazo y aparté la mirada de él para observar lo que me rodeaba—. ¿No te importa pasar el rato en el armario?
Se encogió de hombros. —Es el mejor armario que tengo. Todo el mundo necesita un espacio seguro. A partir de ahora, el armario es tuyo. Te lo regalo.
—Vaya. —Tragué el nudo de lágrimas calientes que se me había formado en la garganta, luchando contra la confusión y forzando las palabras mientras intentaba no sonar sarcástica—. Tengo un alquiler temporal de un armario. En Alaska.
¿Era esta su forma de darme calabazas con delicadeza?
—Es tuyo —me corrigió con brusquedad—. Sin alquiler. ¿Hablamos de Rey?
Bum.
Se me enderezó la espalda de golpe; juraría que oí crujir las vértebras. Abrí la boca, la cerré y me obligué a pronunciar las palabras. —Ella te quiere de vuelta.
Agachó la cabeza. —Eso dijo.
Me aseguré de modular la voz para no sonar como una víbora escupiendo veneno. —Es el amor de tu vida.
—Ya veo. —La mirada que me lanzó no la entendí. Transmitía irritación y ofensa a la vez.
Estaba confundida. —¿Qué?
Se encogió de hombros. —Esperaba que lo nuestro hubiera avanzado más.
Fruncí el ceño mientras un millón de pensamientos me cruzaban la cabeza a toda velocidad, aumentando mi confusión. —Tú y ella...
—Sella esos labios tan bonitos un minutito. —Se llevó los dedos a la boca, los giró como si cerrara con llave y fingió tirarla—. Esta vez hablo yo y tú escuchas. ¿De acuerdo?
Murmuré un evasivo: —De acuerdo.
—Mentiría si dijera que no quiero a Rey.
—No. —Me tapé los oídos con las manos—. No quiero oír esto.
—Sigue escuchando. —Me apartó las manos de los oídos y me las dejó en el regazo—. Rey y yo funcionábamos bien juntos, pero ya sabes lo que pasó y cada uno tiró por su lado.
—Ya me lo sé —dije—. Mándame el mensaje y acabemos con esta mierda. Sáltate el resto, ¿vale?
—Nada de saltarse nada. —Ignorando mis objeciones, continuó—. Cuando la mierda nos cae encima, la afrontamos.
—Habla por ti —espeté—. Yo prefiero pasar de largo por la letrina.
—Escúchame —dijo con un tono que no admitía réplica—. Durante mucho tiempo, pensé que Rey y yo estábamos hechos el uno para el otro. Soñaba con el día en que ella me quisiera de vuelta.
—Lo pillo. —Fruncí el ceño—. Es guapísima. Estás enganchado a ella, bla, bla, bla. ¿Qué parte de «no quiero oír esta mierda» no entiendes?
—Mírame. —Me sujetó la mejilla y me clavó la mirada—. Cuando Rey apareció hoy, aprendí algunas cosas. Sobre ella. Sobre mí mismo.
Se le empañaron un poco los ojos. Imaginé que estaba reviviendo el pasado, el tiempo que atesoraba con la mujer que amaba. Sabía lo que venía. Y lo entendía. Ellos estaban hechos el uno para el otro. Yo, en cambio, era la inadaptada, y lo sería para siempre.
La balanza estaba inclinada en mi contra. Me preparé para el golpe final. Magullada y maltrecha, Specter podría sobrevivir, pero la verdadera yo, la Mina que había vuelto a existir durante unas pocas semanas...
Estaba condenada.