Capítulo treinta y cinco
Mina
Mi corazón moría lentamente, pero el hombre seguía hablando. Enfrascada en una batalla por mi dignidad, tragué las lágrimas y me negué a derrumbarme. Yo misma me lo había buscado. Había cambiado mi felicidad por la suya. ¿Quién era ahora la idiota altruista?
Con la mandíbula apretada y las uñas clavadas en las palmas, me obligué a escuchar con la esperanza de que mi rabia existencial regresara. Si volvía, podría reunir el valor para imitar a Specter y mandarlo a la mierda. O a follar con Rey.
Me tragué un sollozo lastimero.
—Hablar con Rey me transportó a una época en la que era otro hombre —dijo—. Me trajo a la memoria momentos muy dulces.
Como si quisiera saber lo cariñosos que os pusisteis.
—Mina, por favor. —Me clavó una mirada dura—. Dame una oportunidad.
—Entonces ahórrame los detalles escabrosos. —Había intentado hacer lo correcto por él, pero no era masoquista—. Suelta lo que tengas que decir y acabemos con esto.
—Lo estoy intentando. —Controló el tono de voz y respiró hondo—. Me alegro de que Rey y yo habláramos. También me alegro de haber tenido la oportunidad de ponerme a prueba.
—¿Ponerte a prueba? —Me rasqué la cabeza, con pinta de ser la tonta del pueblo y a punto de convertirme en una Magdalena llorosa—. ¿Eso es jerga de inteligencia para «enrollarse»?
—Es mi manera de intentar que me entiendas. —Alzó la vista y me atravesó con la mirada—. Rey me recuerda los viejos tiempos y la diversión de cuando mi cuerpo funcionaba bien. Me besó y la dejé.
Joder. Apreté los dientes y me tragué un gruñido. ¿Por qué había pensado alguna vez que era amable cuando era el cabrón más cruel sobre la faz de la tierra?
—No me fulmines con la mirada —gruñó—. Permití que sucediera a propósito.
¿A propósito? ¿Qué demonios? ¿Por qué?
—Porque quería asegurarme —respondió.
—¿Asegurarte de qué?
—De lo que sentía —dijo—. De lo que no sentía.
Vaya forma de despertar mi curiosidad morbosa. —¿Y?
—Me besó y...
Contuve la respiración y sentí que me moría por falta de oxígeno, incapaz de tragar con aquel nudo en la garganta.
—No sentí nada. Estaba vacío. Desconectado.
Vaya. ¿Por qué?
—Buena pregunta. —Se encogió de hombros y se crujió el cuello—. El hombre al que Rey amaba, la persona que yo era cuando estábamos juntos, ya no existe. Me ama no por quien soy, sino por el hombre que fui.
—¿Qué quieres decir? —pregunté, perpleja.
—Rey añora a un hombre que ya no existe, una época que nunca volverá. Está atrapada en el pasado. Yo ya no vivo en el pasado, y ella tampoco debería. Así que la liberé para que pudiera ser ella misma sin culpa ni remordimientos, y ella me aceptó por la persona que quiero ser.
—Espera. ¿Qué? —Me quedé boquiabierta—. ¿Ella se alejó de ti?
—Nos separamos en paz y como amigos.
—Eh... —Por una vez en mi vida, me quedé totalmente sin palabras.
—En cuanto nos despedimos, fui a buscarte. Lo que tú y yo tenemos es sólido. No sabía que lo de las almas gemelas fuera real. No tenía ni idea de que la mía andaba por ahí causando estragos por todo el planeta, hasta que te conocí.
—¿Alma gemela? —Se me había desencajado la mandíbula.
—Sí, ya sabes, alguien hecho a mi medida.
Me obligué a cerrar la boca y lo miré fijamente. —¿Estás seguro de que soy yo?
—Sí, eres tú. —Me acarició con el pulgar la pequeña hendidura del labio inferior y sonrió.
—Quizá deberías pedirle a Alix que te revise la cabeza otra vez. —Me aclaré la garganta y reprimí la esperanza que me aceleraba el pulso—. Creo que se te ha fundido el cerebro.
—Mi cerebro funciona perfectamente. —Ignorando mis dudas sobre su cordura, continuó—. ¿No lo ves? Es tu sonrisa y tu risa lo que necesito. Es tu aroma lo que me embriaga y me marea de deseo. Son tus besos los que anhelo, tu boca la que ansío, tu cuerpo el que me consume.
El armario giró a mi alrededor como un carrusel desbocado. El pulso se me disparó y no podía recuperar el aliento. ¿Había oído bien? ¿Hablaba en serio?
—¿Mina? —Su voz me llegó como desde muy lejos—. ¿Estás bien?
—Espera. —Parpadeé varias veces para despejarme, luchando por encontrar la voz—. ¿Me estás diciendo que no has venido a romper conmigo?
—¿Romper contigo? —Un destello de dolor cruzó su mirada, pero me tomó las manos y las apretó—. ¿Has estado prestando atención a algo de lo que he dicho?
Creía que sí.
—Te fuiste al Mundo de la Ansiedad, ¿verdad? —Me observó detenidamente—. Has estado allí todo este tiempo, sacando conclusiones precipitadas, esperando que rompiera contigo. ¿No es así?
Me encogí y alcé un hombro sin fuerzas, con el cuerpo entumecido.
—¿Quizás?
—Vuelve —ordenó—. No me gusta que esperaras que te traicionara. Para mí no eres prescindible ni opcional. Desde el momento en que entraste en mi vida, te colaste en mi corazón y te acomodaste en lo más hondo. Rey está en el pasado. Tú y yo estamos en el presente. Nosotros somos nuestro futuro.
Respiré con un temblor.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que soy tuyo —me masajeó los dedos fríos—.
Soy tuyo, tal como soy. Vengo con equipaje y accesorios: mi silla, mis muletas.
Vengo con días buenos y malos, con dolor y sin dolor, con capacidad y con limitaciones de movilidad, arrogante, santurrón, cuadriculado, inflexible y engreído como sabes que soy.
Contuve las lágrimas y luché por comprender lo que acababa de decir, por aceptarlo. ¿Había ocurrido lo improbable? ¿De verdad me había elegido a mí?
—Soy tuyo hasta las eras glaciales —dijo—. Hasta que el plátano se parta y el Niágara caiga.
Incapaz de articular palabra, busqué su mirada y me llevé la mano al pecho. Él asintió con énfasis.
¿Mío?
—Tuyo —repitió con firmeza.
Un temblor me recorrió de la cabeza a los pies.
Mi cuerpo apenas podía contener la euforia que estallaba en mi interior.
En mi cabeza explotaron fuegos artificiales.
Éramos reales. Yo era su alma gemela y él era la mía.
Puede que las cosas buenas hubieran llegado tarde a mi vida, pero estaban sucediendo. A mí. ¡Ahora mismo!
El terror invadió mi alegría. Una oleada de ansiedad me revolvió el estómago. ¿Y si no era lo suficientemente buena para él? ¿Y si descubría más cosas sobre mi pasado? ¿Y si entonces cambiaba de opinión sobre mí?
—Oye —me dio un golpecito con el hombro—. ¿Sigues aquí?
Clavé mis ojos en los suyos. La honestidad brillaba en ellos. Resplandecían con los tonos pulidos de un buen coñac y el lujo de su afecto.
—Esta es la parte en la que te toca a ti —me dedicó una sonrisa torcida—. ¿Me aceptas?
Me tomé un momento para lidiar con la avalancha de emociones que me silenciaba: conmoción, miedo, asombro y finalmente alegría. Me obligué a mantener la calma cuando quería chillar, a quedarme quieta cuando quería bailar. Cuando por fin hablé, mi voz sonó como la de siempre.
—Sí, te acepto —fingí una despreocupación que no sentía—.
Es una decisión egoísta, ¿sabes? Vienes con muchos más puntos a favor que en contra, sobre todo cuando cuento tu cara preciosa, tu cuerpo espectacular, tu fuerza, inteligencia, habilidades y bondad, y tu polla, que por cierto es un punto muy a favor.
Él estalló en carcajadas y yo ya no pude contener las lágrimas. Reí y lloré al mismo tiempo. Eran lágrimas de alivio, gratitud y la felicidad más exquisita que jamás había sentido.
—Me entrego a ti tal como soy —me acarició el pelo con la nariz—.
Me gustaría que fueras mía tal como eres, y no hasta nuevo aviso, como me dijiste una vez, sino para el viaje, a través de todos los viajes que tengamos que hacer juntos al Mundo de la Ansiedad, y lo que sea que haya más allá. Quiero estar contigo para siempre.
Dios. Mío. Santísimo. Este hombre me mataba con sus palabras.
Lo miré fijamente, incapaz de cerrar la boca.
—En algunos estados de la unión, esas palabras te comprometerían.
—Comprométeme, princesa. Te quiero a ti y solo a ti.
Me besó y, en ese momento, por fin, le entregué mi corazón. Lo envolví en papel de regalo, le puse un lazo y se lo di para siempre.
Sus ojos se volvieron incandescentes cuando se posaron en mis labios. Su deseo me calentó la piel, una caricia sin contacto. Tras unir sus labios con los míos, borró mi dolor hasta que no quedó nada más que el punto de luz que me anclaba a su boca.
Su beso lento y suave hizo que el corazón me diera un vuelco y la piel me chispeara.
Los roces de su lengua llenaron mi boca con sus sabores.
El gusto de sus metales se filtró en mi sangre.
Era como si sus besos poseyeran el poder de la alquimia, combinando nuestros elementos distintos en una nueva aleación forjada en el fuego de nuestra química.
Sus manos reclamaron mi cuerpo. Cada centímetro de mi piel era intensamente consciente de los rastros que sus dedos dibujaban sobre ella.
Chispas de placer florecían dondequiera que me tocaba.
Un zumbido eléctrico fluía desde las yemas de sus dedos, vibraba a través de mis nervios y hormigueaba en mi entrepierna.
Me desabrochó el cinturón mientras me besaba.
Sin detenerse, me quitó el suéter por la cabeza, me sacó las botas y me bajó los leggings.
Sus manos recorrieron mi espalda, me desabrocharon el sujetador y liberaron mis pechos a su tacto.
Un escalofrío de placer me sacudió cuando me ahuecó y amasó el pecho.
Sus pulgares acariciaron mis pezones y me llevaron al borde del clímax.
Se apartó y adoró mi cuerpo con la mirada. La admiración que brillaba en sus ojos me hizo sentir orgullosa de ser yo misma, de estar en mi propia piel, aunque solo fuera porque él me disfrutaba tanto. En sus brazos me sentía hermosa.
Antes de darme cuenta, estaba tumbada de espaldas en medio del vestidor y Trev se había tendido de lado junto a mí. Pasó los dedos sobre el encaje de mi tanga y buscó mi mirada.
—Bonita ropa interior —la picardía que iluminó sus ojos hizo que se me encogieran los dedos de los pies—. Quítatela.