Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo treinta y cuatro #2
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Capítulo treinta y cuatro #2

El silencioso zumbido de las ruedas sobre la madera se acercó.

Desde mi escondite en el hueco entre los pantalones, oí la puerta del vestidor deslizarse al abrirse.

El dolor se cerró como un puño alrededor del estómago y me apretó el pecho.

Me llevé la mano a la boca para ahogar una respiración temblorosa.

No quería que esto terminara. Ni hoy. Ni nunca.

—¿Mina? —su voz venía de muy cerca ahora, y las ruedas susurraron sobre el pelo corto de la alfombra de nailon que cubría el enorme vestidor adaptado para silla de ruedas—. Mina —la resignación en su tono anunciaba que me había visto.

Me ardieron las mejillas. Me sentía tonta y avergonzada, y aun así, me mantuve escondida entre todos esos pantalones. Quería volverme invisible.

—No me voy a ir a ninguna parte —un deje de irritación tiñó su voz.

Él estaba listo.

Yo no.

Puso el freno de la silla. No se iba a ir hasta que terminara lo que había venido a hacer. Nada de piedad para mí. Mi diálogo interno se volvió despiadado.

«Sabías que este momento llegaría. Sabías que dolería como el infierno y aun así elegiste cambiar unos pocos días de felicidad por el dolor.

Porque como si el HADD, la soledad y el aislamiento no fueran ya suficiente mierda, ahora puedes añadir la miseria de un corazón roto a tu existencia de mierda.

Cometiste suicidio emocional tú solita, imbécil. Ahora traga mierda y muérete».

Me sequé las lágrimas que me quemaban los ojos. El dolor que me apuñalaba el pecho me obligó a apretar los labios. Abrumada por su silencio, eché un vistazo entre dos perchas.

Trev estaba sentado erguido en la silla, sereno y poderoso: Marte en su carro de guerra, modo destructor.

Tenía la boca apretada en una línea fina que añadía exasperación a su ceño fruncido.

Mantenía los brazos fornidos ligeramente flexionados a los lados.

Los pulgares apoyados en los aros y los dedos tamborileando un ritmo irritante sobre las ruedas.

Cerré los ojos y recurrí a mi rabia existencial para sobrevivir a este día de mierda. Como siempre, la ira llegó, no dirigida a él, sino a mí misma, a mi incapacidad de construir la vida que quería, de superar mi oscuridad, de ser más, de ser amada.

Por él.

Basta ya. Mejor acabar con esto de una vez.

De un tirón, separé las perchas, alcé la barbilla y lo desafié con la mirada.

—¿Qué?

—Te estaba buscando —su voz tranquila contrastaba con mi actitud beligerante.

—Pues parece que me encontraste.

Juntó las manos sobre el regazo.

—¿Quieres contarme qué estás haciendo?

—Trabajando —estiré las piernas y acomodé a Honey en el regazo—. Colé el mensaje de Kozlov en la bandeja de entrada de Laskin.

—¿Cómo lo hiciste?

—Ya que insistes, Kozlov y Laskin compartían una obsesión. Les encantaba el porno violento y solían intercambiarse clips por correo. Así que me metí en la cuenta de Kozlov, escogí algunos de sus clips favoritos y se los reenvié a Laskin junto con el mensaje. Ya debería haberlo recibido.

—Bien hecho, Mina.

Ojalá pudiera embotellar el orgullo que brillaba en su mirada para volver a él en el futuro, cuando se me agotara la autoestima.

—¿Qué estás haciendo ahora? —preguntó.

—Estoy intentando fusionar nuestros malwares. Se me ocurrió que si añadimos un motor de mutación polimórfica para cambiar su forma y firma cada vez que se replica...

—Para —ordenó—. Quiero hablar de otra cosa.

Lo miré hosca.

—¿De qué?

—¿Por qué te escondes en mi armario?

—¿Esconderme? ¿Yo? ¡Ja! —solté la carcajada más falsa de mi vida—. No me estoy escondiendo.

Con la palma hacia arriba, barrió el aire con la mano.

—Entonces, ¿qué es esto?

—Esto es trabajar en un espacio privado.

¿Lo pillas? Privado —la única manera de sobrevivir a lo que se avecinaba era darle la tabarra hasta que se cansara de mi voz y se largara—.

En este armario no hay caballeros Jedi pavoneándose y luciendo músculos.

Ni un montón de Jedis... espera, ¿cómo se dice?

¿Jedi-tías? Era broma. ¿Lo pillas? ¿Jedi-tías?

Se le curvaron los labios, pero no dijo nada, así que seguí.

—Tus Jedi-tías parecen sacadas del catálogo de mujeres fuertes, listas y guapas. O sea, ¿ser atractivo es requisito para entrar en el Equipo Élite?

Abrió la boca para decir algo, pero no lo dejé meter baza.

En cuanto dejara de hablar, diría lo que había venido a decir y me destrozaría.

Negar, retrasar, distraer, evitar y escapar.

Era mi versión del SERE militar —Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape—, mi solución improvisada a mi situación.

Quizá si no escuchaba el final directamente de sus labios, podría sobrevivir al dolor... con el tiempo.

—No hace falta que respondas —las palabras me salieron a borbotones, una avalancha imparable—.

Estoy aquí porque no me distrae el ruido de toda esta gente con sus estrategias por aquí y sus tácticas por allá.

Aquí puedo trabajar en paz sin aguantar la amabilidad vomitiva de tu equipo.

Aquí, en este cómodo armario, no tengo que responder ninguna pregunta ni escuchar gilipolleces.

Mi perorata se detuvo en seco, pero solo porque me quedé sin aire. Antes de que pudiera tomar aliento y lanzarme a la siguiente parte de mi monólogo, Trev levantó una mano.

—Espera —se desabrochó el cinturón, se inclinó, se soltó los pies y los bajó del reposapiés—. Dame un segundo.

Parpadeé varias veces.

—¿Qué haces?

—Parece que esto va para largo —se deslizó hasta el borde del asiento, apoyó los pies en el suelo y se inclinó hacia delante—. Mejor ponerme cómodo.

Se equilibró con la mano derecha en el marco de la silla, cerró el puño izquierdo y lo apoyó en el suelo con los nudillos hacia abajo. Con un movimiento rápido, se impulsó fuera de la silla y, apoyándose en el puño, se dejó caer al suelo, donde se sentó de lado con las rodillas flexionadas.

Se arrastró por la alfombra hasta el perchero.

Apartó la mayoría de las perchas hacia un lado, ampliando mi pequeño nicho.

Me removí mientras se deslizaba hacia atrás, se acomodaba a mi lado y apoyaba la espalda contra la pared.

Con las manos, se enderezó las piernas y cruzó los tobillos. Luego me miró a los ojos.

—¿Qué te tiene tan alterada?

—No estoy alterada —negar, retrasar, distraer. Me iba a pique, pero con estilo—. Estoy ocupada. Eso es todo.