Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo treinta y tres
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Capítulo treinta y tres

Mina

Las puertas del ascensor se cerraron. La mujer se quedó allí de pie, mirando sus botas con el ceño fruncido.

De repente, me invadió una necesidad abrumadora de limpiar la cocina y fregar los platos.

Para una mujer que prefería los desechables, que jamás había tenido un solo plato propio y que carecía por completo de instinto doméstico, lo que hice a continuación fue la medida de mi desesperación.

Recogí todos los platos abandonados del comedor y los dejé caer en el fregadero. Abrí el lavavajillas de un tirón, abrí el grifo de golpe y entré en piloto automático: enjuagar, meter, repetir.

Sabes que estás realmente mal cuando te entregas con furia a fregar platos.

Mi corazón se fue encogiendo hasta parecer el puño de un bebé latiendo en mi pecho. La llegada de Rey lo cambiaba todo. Después de tanto tiempo, después de que Trev me dijera que me amaba, Rey, su verdadero amor, había vuelto a reclamarlo.

Te lo dije, emergió esa molesta vocecita del fondo de mi cabeza. Era demasiado pronto para reprogramar tu sistema. El amor no es para ti.

Me temblaban las manos mientras echaba jabón en la esponja. La tristeza, el miedo y la ira me desgarraban por dentro. Apreté los dientes y froté un plato con fuerza. Quizá si lograba eliminar las manchas rebeldes de la porcelana, podría borrar el dolor que me machacaba.

Para mi desgracia, la mujer entró en la cocina y se plantó en la barra alta frente a mí.

—Hola.

Me saludó con un gesto de la mano.

—Soy Rey. ¿Eres el ama de llaves de The Homestead?

Apreté los dientes. Mi vívida imaginación proyectó una visión de mí transformándome en una loba, saltando sobre la isla y arrancándole la garganta. Logré sofocar la visión y controlar mi reacción, pero apenas.

—No soy la criada, si es lo que quieres decir.

Metí un montón de cubiertos sucios en la cesta.

—Si lo fuera, sería el miembro más valioso del equipo. Pero estoy ocupada. Deberías irte.

—Lo siento, me confundí por un momento.

Sus claros ojos azules me estudiaron, chispeantes de curiosidad.

—¿Eres del Equipo Élite?

—Otra vez te equivocas, Ray, Raya, Rey, o como te llames.

Era la última persona a la que quería ver, y mucho menos con la que quería hablar en ese momento.

—Si no eres del Élite, ¿por qué estás aquí?

—Estoy colaborando en un proyecto con Trev.

Logré sonar casi civilizada.

—Ah, ya veo.

Esbozó una sonrisa tentativa.

—Debes de ser una colega suya del mundo cibernético.

—Bien dicho.

Y mejor que cibercriminal con reputación temible, presidenta del club de fans de Trev o devota admiradora de su polla.

Una sonrisa perturbadoramente hermosa curvó sus labios.

—¿Puedo tomar algo?

—Como quieras.

Señalé con la barbilla hacia la nevera.

—Hay cerveza ahí.

—Ojalá pudiera.

Contempló las latas apiladas en el estante inferior y eligió una botella de Gatorade.

—Nada de alcohol ocho horas antes de volar. Es un fastidio. Me vendría bien un poco de coraje líquido.

Ya me arrepentía de la pregunta antes de hacerla.

—¿Por qué?

—Tengo algunos asuntos personales pendientes.

Abrió la tapa de la botella y dio un sorbo al líquido azul.

—Tengo que darle la vuelta a la situación.

—Yo no pienso volar en una trampa mortal —dije—. Pásame una de esas cervezas, ¿quieres?

—Claro.

Grácil como una bailarina, se giró para coger una lata.

Su sonrisa era agradable. Como la de él. También era elegante. Como él.

Seguro que podía encontrar algo malo en ella, algo que alimentara mi odio absoluto por la zorra que le había roto el corazón a Trev. Mientras fregaba el queso derretido de la sartén, la estudié mientras abría la lata. De pies a cabeza, era jodidamente perfecta.

Un chorro de espuma anunció su llegada a mi lado. Dejó la cerveza junto a mí y colocó su botella de Gatorade al lado del fregadero. Olía igual que su aspecto: dulce.

Maldita fuera. ¿Por qué no podía apestar como una boñiga fresca de vaca?

Apoyando las manos en el lado más alto de la encimera, saltó sobre el cuarzo y se encaramó en la isla. Cruzó los tobillos y balanceó las piernas mientras bebía y miraba por la ventana hacia donde los helicópteros estaban aparcados a lo lejos.

Quería ver una bruja fea, viciosa y detestable. Una nariz enorme con una verruga habría sido genial. No, dos verrugas. En cambio, lucía una sonrisa fácil, una voz melodiosa y el porte de una reina.

Mi esperanza era que se tomara su bebida y se largara, preferiblemente a algún lugar lejos de Trev. Dado que me sentía con ganas de matar y muchas más de apuñalar, sería mejor para su salud. Para mi consternación, se quedó en la cocina, hidratando su piel impecable.

Se me ocurrió que si Trev era Marte, ella era Venus.

Quería borrar ese pensamiento de mi mente.

Me sacudí el agua y el jabón de las manos, me las sequé rápido y agarré la cerveza. Estaba fría en la mano. Me bebí la mitad de la lata de un trago largo. Si esta mujer iba a quedarse por aquí, la que realmente necesitaba coraje líquido era yo.

Me negué a mirarla a los ojos, pero le eché otro vistazo a la Señorita Perfección. Si hubiera algo de justicia en este mundo, todas sus almohadas olerían a basura, le saldrían granos dolorosos dentro de la nariz y cada selfie que publicara obtendría cero me gusta.

Se me ocurrió que durante las últimas semanas, yo había sido un simple relleno en la vida de Trev. Una sustituta dispuesta, una voluntaria. Le lancé una mirada suspicaz. ¿Sabía ella que yo había sido su sustituta?

—No sé qué hacer.

Su pecho subió y bajó con un suspiro melancólico.

—¿Qué hacer sobre qué?

Pregunté a pesar de saber que no debía.

—Ya sabes. La vida. Trev.

Su pecho se hinchó al respirar.

—No soy buena con las palabras y es difícil expresar lo que uno siente, especialmente cuando lo has guardado durante tanto tiempo.

Eso fue la gota que colmó el vaso. Exploté. Si pensaba que iba a conseguir algo de compasión de mi parte, lo llevaba claro.

—¿Esa es tu excusa? —Me volví hacia ella—. Porque es la excusa más patética de la historia de las excusas. Tienes boca, ¿no? Mueve los labios y listo.

—No lo entiendes. —Frunció el ceño, mirándome como si fuera peligrosa, una posibilidad muy real en ese momento—. Las cosas entre Trev y yo se complicaron.

Joder, no me digas.

—Quieres decir que las cosas se pusieron difíciles, ¿no? —Ataqué el fondo de un cuenco como si estuviera arrancando percebes del Titanic hundido.

Dio un sorbo a su bebida.

—Algo así.

—Te voy a dar los hechos. —Solté el cuenco y me volví para encararla—. Él te quería. Tú pilotabas el helicóptero el día que resultó herido. Desapareciste de su vida justo después.

Abrió mucho los ojos.

—¿Él te contó eso?

Jamás iba a delatar a Trev.

—Todo el mundo lo sabe por aquí.

—No conocen mi versión de la historia —replicó—. Yo en tu lugar no sacaría conclusiones precipitadas ni actuaría como si de algún modo te hubieras ganado el derecho a juzgarme.

—Puede que no tenga derecho, pero te juzgo igual.

—¿Qué coño te pasa? —Alzó una mano al aire—. No te he hecho nada. Solo estaba, ya sabes, buscando a alguien que me escuchara. Obviamente, no eres tú.

—Obviamente —asentí encogiéndome de hombros.

—Así que, vale, me odias —escupió—. La pregunta es: ¿él me odia?

Retorcí la esponja con los dedos hasta dejarla casi seca. Esta era mi oportunidad. Si le decía que la odiaba a muerte, esta arpía con ojos de Bambi se asustaría y saldría corriendo. Me lo quedaría, al menos un poco más. Ella quedaría fuera de juego.

Mi lado bueno quería hacer exactamente eso.

También sabía que esta mujer significaba mucho para Trev.

Había presenciado su reacción cuando habló de ella, y hacía unos momentos, cuando la vio.

No se me daba bien calar a la gente, pero quizá había percibido sorpresa en él, y también esperanza, y tal vez incluso una oportunidad de redimirla.

O de redimirse a sí mismo. O de redimir su amor. Lo que fuera.

No quería perderlo, pero precisamente porque lo quería, tenía que elegir lo mejor para él, aunque eso significara soportar el terrible dolor que me aplastaba las costillas.

Piensa en ti misma. Sácale partido a esto.

Que me maten ya. No puedo arruinarle este reencuentro.

Rey me escrutó con su mirada penetrante.

—¿Qué has dicho?

—¿Yo? —Me eché hacia atrás—. Qué va. Yo no hablo sola. No he dicho nada. Cero patatero. Ni una palabra.

—Vale. —Me lanzó una mirada que decía que podría estar chiflada, cogió su botella y le dio un largo trago—. Entonces, ¿vas a contestarme o no? ¿Crees que me odia?

Qué pesada era la tía, tan dura y decidida como un marine estadounidense. Ah, espera. Era un marine estadounidense. La bimbo con ojos de Bambi podía parecer dulce y encantadora, pero estaba lista para el combate, tan tenaz como un caniche de pedigrí y tan persistente como un norovirus.

—No sé si Trev es capaz de odiar —dije al fin—. Tendrás que preguntárselo a él.

¿Acababa de enviarla directamente a él, a sentarse en su regazo, a hablar con él mientras la envolvía en sus brazos?

Boba, idiota, imbécil.

Bien podría arrancarme el corazón del pecho, meterlo en el triturador de basura y pulsar el botón de «encendido». Cogí la esponja y vi que el fregadero estaba vacío y el agua seguía corriendo. Joder. Probablemente había vaciado todos los ríos de por aquí. De un tirón, cerré el grifo.

—No te caigo bien —dijo. No era una pregunta. Era una provocación.

—Siento no sentir que no me caigas bien, pero fuiste brutal. —Limpié el fregadero y empujé todos los restos empapados hacia el triturador; luego la fulminé con la mirada—. Heriste a mi amigo. Eso te convierte en la villana de mi historia.

—La historia no es tan sencilla como parece —me recordó con severidad—. Nunca dejé de quererlo.

—Tienes una forma muy curiosa de demostrarlo. —Pulsé el botón y encendí el triturador, y lo dejé funcionar mucho más tiempo del necesario para mantener el silencio entre nosotras.

No funcionó.

Habló en cuanto apagué el cacharro.

—Fui a verlo varias veces.

—¿Hablaste con él? —pregunté mientras enjuagaba la esponja.