Capítulo treinta y dos
Trev
Mina había plantado batalla, pero al final se impuso la razón.
Tendría un papel que desempeñar, pero una vez que el plan estuviera en marcha, la convencería de evacuar antes de que todo se fuera a la mierda.
Eso me permitió concentrarme en la misión.
El cazador que llevaba dentro empezó a elaborar los detalles.
El sonido de pasos en el pasillo captó mi atención. Danika entró en la cocina con Mac pisándole los talones. Llevaba una mochila táctica al hombro y, bajo el abrigo de invierno, unos vaqueros elegantes y un jersey de diseñador.
—¡Por fin! —Danika se acercó a toda prisa, se agachó y me abrazó—. Te echamos muchísimo de menos. Mac me ha puesto al día de todo.
Posó sus brillantes ojos azules en la mujer sentada a mi lado.
—Tú eres Mina, ¿verdad? Bienvenida.
—Gracias —murmuró Mina con timidez.
Percibí cómo se le disparaba la ansiedad social, pero aguantó el tipo.
—Adoro a este payaso —le confió Danika a Mina antes de mirarme a los ojos—. Vas a tener que enfrentarte a la furia de Kenzie cuando vuelvas.
—Me humillaré todo lo que haga falta —prometí—. Ya sabes cuánto quiero a tu hija.
Kenzie era la hija de Mac y Danika, una niña prodigio. Teníamos mucho en común y, cuando volviéramos, pensaba recuperar su cariño costara lo que costase.
—Será fácil. Te adora.
Danika se echó el pelo oscuro hacia atrás, dejó la mochila sobre la mesa y me señaló con su dedo delicado en gesto de advertencia.
—Ni se te ocurra volver a desaparecer.
—No lo haré —prometí—. ¿Qué haces aquí?
—Se presentó voluntaria.
Fue Sebastian quien respondió.
—Desde que te fuiste, ha estado al frente de la recopilación de inteligencia de Elite en el frente ruso y ucraniano. Tiene información que te interesa. Va a ser clave para que la invitación quede bien.
—Danika es de lo mejor que hay.
Me volví hacia Mina.
—Domina el tema y habla y escribe ruso como si fuera nativa.
Serena y elegante, Danika había sido diplomática de Estados Unidos durante la mayor parte de su vida adulta. De ascendencia ucraniana, había servido en muchas de las repúblicas postsoviéticas. También había operado como agente de inteligencia en el Donbás ocupado, tras las líneas enemigas.
—Tengo material interesante para ti.
Danika sacó una carpeta de la mochila y la puso delante de mí.
—Creemos que Laskin se está moviendo y tenemos localización de algunas de sus cuentas bancarias personales. El análisis forense de Gracie ha dado sus frutos.
—Tú y Mina os vais a llevar de maravilla.
Abrí la carpeta.
—Tiene acceso a las comunicaciones de Laskin.
—¿En serio?
Danika miró a Mina con admiración.
—¡Eso es fantástico!
Eché un vistazo rápido a los datos, cerré la carpeta y sonreí.
—Esto nos va a venir de perlas para dar credibilidad a la operación. Buen trabajo, Danika y Gracie.
—Gracie quería venir.
Danika cerró la cremallera de la bolsa.
—Pero como está embarazada y no queríamos dejar a Kenzie sola, se conectará en remoto cuando haga falta.
—Seguro que estás aliviado.
Miré a Seb con una sonrisa burlona y me volví hacia Mina para explicarle.
—Orion es el flamante padre del bebé de Gracie. Todos esperamos que la criatura salga a Gracie y no a este gorila peludo.
—¡Eh! —protestó Seb, pero todos sabían que estaba de broma. Nos reímos juntos y me alegró ver que Mina también sonreía.
—¿Dónde me instalo? —Danika se echó la mochila al hombro.
—Lo mismo digo —Sebastian se levantó de la mesa.
—Tengo un búnker en el sótano.
Saqué el móvil y tecleé los códigos.
—Con comunicaciones seguras.
Mac resopló.
—Cómo no, tienes comunicaciones seguras en medio de la puta nada.
—Las puertas van a abrirse.
Pulsé el botón de «ejecutar».
—Gimnasio, planta de abajo, a la izquierda.
Mac cogió el equipo de Danika.
—Vamos, preciosa.
Él y Danika salieron. Sebastian hizo ademán de seguirlos, pero lo detuve.
—Cuando hables con Kass Battleson, dile que tiene unos cuantos asuntos extra que resolver.
Seb frunció el ceño.
—¿Como qué?
—Los rusos nos han estado espiando. Hay un topo en los archivos centrales del Cuerpo de Marines. Agentes interrogaron a empleados de la Administración de Veteranos. Kozlov y sus secuaces se colaron en Alaska sin ser detectados, y la ubicación de Omega quedó comprometida.
—Joder.
Seb se pellizcó el puente de la nariz.
—Eso va a cabrear a más de un pez gordo.
—Ya tenemos bastante con lo nuestro —le recordé—. Pásaselo a los Battleson y olvídate. Consíguenos luz verde para seguir adelante.
—En ello —prometió Seb mientras se alejaba en busca del búnker.
Mientras desaparecía por un lado, se oyeron voces y risas en el pasillo opuesto. Mina se mordió el labio.
—Tranquila.
Le di un beso rápido en la frente.
—Estamos entre amigos.
—Si tú lo dices —murmuró, aunque no sonaba muy convencida.
Alix entró en la cocina cargando su bolsa médica. Su complexión delicada ocultaba una fortaleza de carácter a la altura de la gélida determinación de su marido, Kane. Me cogió las manos y me dio un beso cariñoso en cada mejilla.
—Para ser tan guapo, tienes un aspecto bastante magullado.
Sus pálidos ojos verdes me recorrieron con disimulada mirada clínica.
—Me han dicho que necesitas mis servicios.
—Nah.
Negué con la cabeza.
—Estoy bien.
—No está bien —intervino Mina, sorprendiéndome con su vehemencia—. No para de hacer muecas, lo que significa que le duele la cabeza, y estoy casi segura de que tiene la espalda agarrotada desde que recobró el conocimiento.
Muy perspicaz de su parte, teniendo en cuenta que me había esforzado al máximo por disimular mi malestar.
—También le han disparado en la pierna —añadió—. Google y yo hicimos lo que pudimos, pero voy a ser sincera: la medicina no es lo mío.
—Debes de ser Mina —Alix le tendió la mano y Mina se la estrechó—. Eres muy valiente. Kane me contó que saliste a buscar a Trev en plena ventisca.
Mina disimuló el rubor de sus mejillas con una de sus características puestas en blanco y una buena dosis de sarcasmo.
—Le encanta meterse en líos.
—Ya lo sé —la risa de Alix resonó en la habitación—. Si hay problemas en Elite, Druid está en el centro. No te preocupes, yo me encargo. Vamos, Druid.
Cuando vacilé, dejó de ser la chica dulce y se transformó en la severa doctora de urgencias que era.
—Es una orden, marine.
Miré a Mina buscando una excusa, cualquier excusa.
Se recostó en la silla y cruzó los brazos.
—Estoy con ella.
—Vosotras, señoritas, os estáis confabulando contra mí —le guiñé un ojo a Mina, me alejé de la mesa y salí rodando de la cocina—. ¿Nos vemos en un rato?
—No tengo adónde ir.
Dada su ansiedad, me fastidiaba dejarla sola, pero tenía razón. Me vendría bien que me atendieran y, si Mina quería mejorar, tenía que relacionarse con los demás por su cuenta.
Guie a Alix hasta el ascensor. Acababa de pararme frente a las puertas con paneles cuando otra mujer entró en la casa. Parpadeé varias veces para asegurarme de que veía bien. Aun así, se me revolvieron las tripas y mis ojos se negaron a creer lo que veían.
***
Mina
O a Trev le había dado un calambre horrible o la recién llegada lo había dejado de piedra. Apretó la mandíbula y aferró los aros de las ruedas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su expresión se volvió impenetrable, pero palideció.
Me agaché detrás de la isla, fingiendo que buscaba algo, mientras estudiaba a la mujer que había causado tal efecto en él. Incluso con un insulso mono de vuelo verde oliva, tenía las facciones de una diosa, la figura esbelta de una modelo y una melena rubia y espesa.
Plantada frente a Trev, se soltó el moño y sacudió la cabeza. El pelo le cayó en cascada sobre los hombros, una melena que atrapaba la luz y estallaba en un millón de tonos dorados.
—¿Trev? —susurró su nombre con la intimidad de una amante—. ¿Estás bien?
La nuez se le movió en la garganta antes de hablar.
—¿Qué haces tú aquí?
—Elite pidió voluntarios con experiencia en el Ártico para pilotar los Black Hawks —esbozó una sonrisa—. Cuando me enteré de que estabas en apuros, tenía que venir.
Tenía que venir.
Miré a la mujer y luego a Trev. Su expresión seguía impenetrable, pero el cobre bruñido le ardía en los ojos. Bendecida con un rostro perfecto y esa mirada dulce e inocente de Bambi en todo su esplendor, la mujer me recordó a una pretendiente cortejando a un rey.
Pero había más.
Entre ellos dos se desarrollaba una conversación silenciosa que reconocí al instante. Era sobre todo un intercambio carnal, sus cuerpos evocando recuerdos y anhelos nunca expresados.
Se me encogió el estómago hasta quedar del tamaño de un hueso de aceituna.
La mujer se acercó un paso más a Trev.
—No te he visto desde…
—Desde el accidente. Lo sé —echó las ruedas hacia atrás, quizá para poner distancia entre ellos o quizá para disfrutar de las vistas.
Lo segundo, supuse.
—No me devolviste las llamadas —dijo él—. Ni los mensajes.
—Lo siento —exhaló—. Es que… no pude.
Él respondió con silencio.
—Pero estoy aquí, ahora —gorjeó, demasiado alegre para mi gusto—. Espero que eso cuente para algo. ¿No?
Como él no dijo nada, vaciló y luego continuó.
—Pensé que quizá podríamos, no sé, pasar un rato juntos. ¿Hablar?
Miró a Alix, pero la doctora solo le devolvió un rostro severo y una mirada acerada. Cambiando el peso de un pie a otro, volvió a mirar a Trev.
—Necesito hablar contigo —se humedeció los labios y tragó saliva—. Por favor. Hablemos.
—Ahora no —Alix pulsó el botón y las puertas del ascensor se abrieron—. Tiene un chequeo programado.
—Más tarde me viene bien —la mujer esbozó una sonrisa nerviosa mientras Alix entraba en el ascensor y Trev retrocedía hacia el interior—. ¿Me escucharás?
—Siempre te escucharé —respondió él con amabilidad—. Lo sabes, Rey. Hablaremos. Más tarde.
Rey.
Mis peores temores se habían confirmado.
Ella estaba aquí.