Capítulo Treinta
Mina
El hombre junto a la puerta era un auténtico gigante. Con todo su equipo encima y armado hasta los dientes con más armas de las que podía contar, parecía un coloso letal. Este guerrero podría partirme el cuello con un simple giro de muñeca.
No es que fuera a dejarle acercarse lo suficiente para hacerlo.
Lo miré a él y luego a Trev. Mi feroz druida no le disparó. En lugar de eso, bajó el arma. Quizá él no consideraba al recién llegado una amenaza, pero yo sí, y en más de un sentido.
El miedo reemplazó el delicioso calor que me había recorrido solo un momento antes.
También me hizo olvidar el enorme alivio que había sentido cuando Trev despertó.
Estaba magullado por sus peripecias, pero se encontraba lo bastante bien como para ponerse cariñoso enseguida.
Se estaba recuperando mejor de lo que esperaba.
Mi alivio duró poco ahora que nuestra soledad había sido interrumpida.
Desenredándome de los brazos de Trev, me arreglé la ropa y apreté la mandíbula.
La intimidad de nuestra burbuja se había roto.
Unos extraños habían invadido The Homestead, el único lugar feliz que he conocido en mi vida.
Mi HADD se agitó en el estómago, me trepó por la garganta y empezó a ahogarme.
—Bueno, hola, druida y compañía. —El guerrero soltó una risotada que me sobresaltó y me recordó al Gigante Verde—. ¿Lo pilláis? ¿Y compañía?
—Cállate, Blaze —espetó Trev—. Hay una dama en la habitación.
—Lo siento, colega, y lo siento, señora del colega.
—El hombre inclinó la cabeza hacia mí y varios rizos largos asomaron por debajo del casco—.
Perdonad si estoy un poco confundido. Habíamos preparado todo tipo de escenarios para esta operación, pero ¿pillarte tirándote a una belleza local?
—Negó con la cabeza y ensanchó su sonrisa perenne—. Sí, no, para eso no nos entrenaron.
—Mac, sal de mi habitación —ordenó Trev, dejando el arma en la cama entre nosotros—. Bajo en unos minutos. Tienes mucho que explicar. Por ejemplo, ¿cómo demonios burlaste mis sistemas de seguridad?
—Puedo explicarlo, pero no será ni de lejos tan interesante como lo que tú tienes que explicar. —Su sonrisa se volvió feroz, y sentí su resentimiento dirigido a Trev—. Pero, oye, soy un hombre razonable. Todavía no voy a machacarte.
Agarré el arma y apunté a Mac Gigante. —Si levantas un solo dedo contra mi hombre, te disparo en las pelotas yo misma.
—Tranquila, cariño. —Levantó las manazas en el aire—. ¿Así que Druida es tu hombre, eh? En ese caso, Druida, échame un cable. Va a por mis pelotas y ya sabes lo mucho que cuido mi paquete.
—Está bien. —Trev me quitó el arma y la dejó a un lado—. Este simio es amigo mío.
—¿Tu amigo? —Lo fulminé con la mirada—. Pues no lo parece ni por asomo.
—Brava, ¿eh? —Mac Gigante volvió a soltar una carcajada—. Bienvenida al club. Parece que tener carácter es requisito para unirse a nuestra pandilla. Ya tenemos a unas cuantas como tú llevando la batuta.
Fruncí el ceño y miré a Trev, desconcertada. —¿De qué está hablando?
—Te lo explicaré luego.
—Oh, sí, vas a explicar. —La sonrisa de Mac se volvió tan gélida como el tiempo de fuera—. Seguro que tienes una explicación cojonuda para haber traicionado a tu equipo.
Fruncí aún más el ceño. —¿Traicionar a tu equipo?
—Es largo de contar —dijo Trev, y se notaba que no tenía ninguna gana de hacerlo.
—También me gustaría saber qué demonios te ha pasado en la cabeza. —Señaló con un dedo fornido la sien de Trev—. ¿Te has dado contra una puerta o qué?
—Ya te informaré —dijo Trev—. Pero primero, necesito que nos des algo de espacio.
—Espacio, claro. —Mac asintió—. Ha sido una caminata larga y helada hasta aquí, y tengo hambre. Voy a preparar algo de comer mientras termináis. Nunca has necesitado ayuda en esos asuntos.
—Blaze... —gruñó Trev cuando me tensé ante el comentario de su amigo—. Vete. Ahora.
—Sí, sí, ya me voy. —Mac se agachó, recogió el arma del suelo y se pavoneó hacia la puerta, deteniéndose en el umbral—. Me parece que al final no nos necesitabas.
Y dicho esto, cerró la puerta.
***
Trev
Duchado y afeitado, salí del vestidor con un cárdigan marrón sobre una camiseta color crema, vaqueros y zapatillas.
Tenía un moretón negro y morado que me bajaba desde el nacimiento del pelo y asomaba un poco por encima del ojo, pero los analgésicos estaban haciendo efecto y mantenían a raya los peores dolores.
No me hacía ninguna gracia enfrentarme a mi equipo, pero demonios, había llegado el momento. También tenía que presentar a Mina a mis amigos. Consciente de su ansiedad, necesitaba ir introduciéndola en Elite poco a poco. Tuve que sonreír. Me había llamado «su hombre».
Sonaba bien.
Al salir del vestidor, la encontré yendo y viniendo de un extremo a otro de la habitación.
Después de ducharse, se había puesto un jersey de cuello alto ceñido con un cinturón trenzado sobre unos leggings negros.
El jersey gris con hilos plateados hacía juego con el color de sus ojos, y completaba el conjunto con botas de ante negro y pendientes plateados. Parecía sacada de una revista de moda.
Las ondas recién cepilladas le enmarcaban el bonito rostro, pero en su mirada se leía la preocupación.
—¿Qué pasa? —Accioné el freno de la silla de ruedas.
—No pasa nada.
Siguió yendo de un lado a otro.
—Estoy bien, perfectamente bien.
—Mientes.
Esperé hasta que me miró a los ojos.
—Estás en Mundo de la Ansiedad.
—Tus amigos están aquí.
Agitó las manos en el aire.
—Tus amigos. Muchos, según dijiste. Entiendo por qué están aquí, pero…
—¿Pero?
—Pero me gustaba tenerte solo para mí —confesó—. Es como si, pum, de repente ya no estuviéramos solos los dos.
—Ha sido bonito tener este tiempo juntos —coincidí—. Pero sabíamos que algún día tendríamos que volver al mundo.
—Tú quizá, pero yo no.
—Tú también.
Le dediqué una sonrisa tranquilizadora.
—Esta vez no tienes que enfrentarte a ello sola. Estoy aquí, contigo.
—Una cosa es saberlo y otra hacerlo.
Se retorció las manos y me fijé en que llevaba un montón de anillos que había comprado en la tienda de segunda mano.
—No los conozco y ellos no me conocen a mí. Van a pensar que soy una idiota de remate por dejarte salir a buscar cosas para mí en plena tormenta. Van a pensar que dejé que te hicieras daño. Van a odiarme. Lo sé.
—¿Y eso qué importa?
—¡Porque son tus amigos! —espetó—. No quiero avergonzarte. No quiero avergonzarme a mí misma, dejarte en mal lugar, ni que sepan que soy tan rara como la que más. O sea, ese tipo, Mac, ya me odia.
El HADD había tomado el control. La ansiedad se había apoderado de ella. El miedo al rechazo y la necesidad de aprobación campaban a sus anchas.
Ahora entendía el atuendo. Era su declaración de valía, su manera de demostrar que merecía la pena.
En su cabeza, había retrocedido a una época en la que la habían acosado y excluido, en la que se habían burlado de ella por ser quien era y por su aspecto.
Aún no sabía cuándo ni cómo había sucedido, pero prácticamente lo había admitido.
Me partía el corazón que se sintiera tan asustada y vulnerable. Mina era brillante y preciosa, pero no se lo creía. No necesitaba arreglarse para mí ni para mis amigos. Estaba orgulloso de ella tal como era, pero solo ella podía superar sus inseguridades paralizantes.
—Mis amigos no te van a odiar, y Mac tampoco —le aseguré—. Están molestos conmigo, pero se lo explicaré y lo superarán. Al final lo superarán.
Esperaba que fuera verdad.
—Quizá debería cambiarme.
Se miró.
—¿Parezco estúpida? ¿Es demasiado? ¿Demasiado poco?
—Estás guapísima y adorable.
Acompañé mis palabras con una sonrisa sincera.
—Estás preciosa, como siempre. Ahora, por favor.
Me di unas palmaditas en el regazo.
—Siéntate.
Con un suspiro, se acercó y se dejó caer sobre mí. La rodeé con los brazos y la estreché contra mi pecho. Reclinó la cabeza en mi hombro. Le tomé la mano y la coloqué sobre mi pecho. Puse la mano sobre su corazón. Le latía desbocado.
—Respira conmigo.
Inhalé y observé cómo su pecho se elevaba al compás del mío.
—Aguanta: cinco, cuatro, tres, dos. Suelta despacio durante ocho.
Conté en voz alta y repetimos el ciclo hasta que su pulso se calmó y su cuerpo se relajó contra mí.
—Esa es mi princesa guerrera.
Le sonreí.
—¿Mejor?
—Sí —admitió, pero hizo otro ciclo de respiración por su cuenta.
—Mis amigos te van a adorar —le susurré al oído.
—No —afirmó rotunda—. Nadie me «adora» nunca.
—¿Eso es verdad? —la desafié con suavidad—. ¿Y yo qué?
—Tú eres raro y me preocupa que hoy sea la conmoción cerebral la que habla.
—Estoy loco por ti.
La besé en la mejilla.
—Lo sabes.
Negó con la cabeza. Sentí que odiaba el mundo cruel del que había formado parte, fuera donde fuera.
—¿Por qué? —exigió, aún presa de los nervios—. ¿Por qué estás tan seguro de que les voy a caer bien a tus amigos?
—Porque es inevitable.
—¿Inevitable?
Frunció el ceño.
—¿Cómo es eso?
—Es lógica.
Le robé un beso y clavé los ojos en los suyos.
—Eres la persona más adorable que conozco. Yo te quiero, ellos me quieren, así que te querrán a ti.
***
Mina
Me quería. Madre mía. Lo había dicho.
Estaba demasiado en shock para decírselo yo también, pero tenía que saberlo. ¿Verdad? Me conocía casi tan bien como me conocía yo. Joder. Necesitaba reescribir mi código.
No lo hagas, Moses. Es demasiado pronto. Cambiará de opinión. Ya lo verás.
Cállate.
Lo había dicho. Me amaba. Era hora de reprogramar mi sistema:
# Declarar variables para sexo y amor
sexo = “aceptar”
amor = “aceptar”
# Imprimir los sentimientos actuales hacia el sexo y el amor
puts “Yo #{aceptar} el sexo, y #{aceptar} el amor.”
Mejor que dicho. En mi cabeza, estaba hecho.
—¿Qué dices? —me tomó la barbilla para recuperar mi atención—. ¿Bajamos y nos unimos a ellos?