Capítulo veintinueve #2
Sin soltar su hombro, alargué el brazo hacia la mesita de noche, abrí el cajón y saqué un pequeño tarro de vaselina. Metí el dedo en el recipiente y cogí un poco del ungüento translúcido.
—Dame los labios.
Se limpió las lágrimas y frunció el ceño.
—¿Qué?
—Los labios —repetí—. Necesitan cuidados.
—Ah. —Puso morritos con su deliciosa boquita.
Con delicadeza, le apliqué el ungüento, asegurándome de cubrir los bordes agrietados por el viento.
Me limpié los dedos con otro pañuelo.
—Eso debería bastar.
—Gracias. —Se sentó en el colchón y apartó la mirada.
—¿Qué pasa? —La miré con los ojos entrecerrados—. Tienes una pregunta. Suéltala.
—Eh... bueno... yo... —Tragó saliva con dificultad.
Temiendo lo que se avecinaba, cogí el termo y se lo pasé.
—Bebe un poco.
Yo también ansiaba un trago... de los fuertes.
Se bebió el caldo como si fuera el valor líquido que yo necesitaba. Cuando terminó, dejé el termo en la mesita de noche y le sostuve la mirada asustada. Más valía adelantarme.
—Sé lo que te ronda por la cabeza.
—¿Sí? —preguntó con voz entrecortada.
—Sí, y quiero decir algo.
Tragó saliva visiblemente.
—De acuerdo.
Le cogí la mano y saqué fuerzas de su agarre.
—No pasa nada si tienes dudas.
—¿Dudas? —Frunció el ceño—. ¿Sobre qué?
—Sobre nosotros.
Se tensó y apartó la mano de la mía.
—Entiendo si has cambiado de opinión —recurrí a mi entrenamiento de inteligencia para reprimir mis sentimientos y que no se me notara nada en la voz ni en el rostro—.
Tienes todo el derecho del mundo a no querer estar con un tipo que te puso en peligro, que no supo protegerte como prometió, alguien que debería haber sido un apoyo para ti en lugar de una carga.
—¿Una carga? —se estremeció—. ¿De qué demonios estás hablando?
—Un lastre —aclaré.
—¿Crees que eres un lastre? —frunció más el ceño—. ¿Un lastre para mí?
—Tuviste que salir a buscarme —le recordé—. Tuviste que cuidar de mí.
Siempre me había asegurado de no ser una carga para nadie. Me había esforzado por ser un apoyo para mi equipo, para mis amigos. Y sin embargo, cuando más importaba, con la persona cuya confianza más anhelaba, había fallado.
—No lo entiendo —su ceño se transformó en una mueca de total desaprobación—. Pensé que lo de cuidarnos funcionaba en ambos sentidos. Ya sabes, hoy por ti, mañana por mí.
—Sí, pero...
—¡Basta! —espetó—. Para ser el tipo evolucionado y perspicaz que eres, acabas de volver al modo neandertal delante de mis narices.
Me tocó a mí fruncir el ceño.
—¿Perdona?
—Lo que acabas de decir es la mayor estupidez que te he oído en la vida.
—Es verdad...
—No, no lo es —me fulminó con la mirada—. Parece que te hubieras inventado un montón de tonterías para deshacerte de mí.
—No es lo que...
—No eres un lastre para mí —dijo con vehemencia—.
Eres la persona más fuerte, más hábil y más fiable que conozco.
Estuviste increíble ahí fuera. Te aseguraste de que volviéramos sanos y salvos, sin que nos devoraran los lobos.
Te cargaste a Kozlov, joder. Muchos lo han intentado. Solo tú lo conseguiste.
—Te puse en peligro —dije con gravedad.
—Yo tomé mis propias decisiones —replicó—. Salí a buscarte porque quería asegurarme de que no te pillara la tormenta. Cuando volvimos, cuidé de ti porque me necesitabas en ese momento. ¿Qué tiene eso de malo?
—Nada —admití—. Salvo que nunca fue parte de mi plan.
—Tu plan. ¡Ja! —dio una palmada en el colchón—. Deja de ser un maniático del control. Lo que pasa, pasa. Así que déjate de gilipolleces. Si has cambiado de opinión sobre nosotros, dilo y punto.
—No he...
—Lo entiendo —dijo, interrumpiéndome—. Dijiste algunas cosas cuando estábamos ahí fuera. Ahora te arrepientes.
—No, negativo, eso no es verdad.
—Entonces, ¿hablabas en serio? —me desafió arqueando las cejas con fiereza—. ¿Sigues sintiendo lo mismo?
—Cien por cien —respondí—. Con todo mi corazón.
Su expresión se suavizó. La vacilación que detecté en sus ojos me hizo detenerme. El silencio se extendió entre nosotros.
—Tú también dijiste algunas cosas —le recordé.
—Lo sé —le tembló la voz—. Pero después de tu discursito, tengo mis dudas.
—Te estaba dando una salida fácil —dije—. Todavía puedes tomarla si quieres.
Soltó el aire que había estado conteniendo.
—Entonces, ¿este pequeño lapsus de racionalidad ha sido cosa de tu orgullo y no de tu corazón?
—Es una observación bastante perspicaz —reflexioné sobre sus palabras—. Puede que tengas razón. Lo siento. Es difícil, ¿sabes? El orgullo se interpone a veces.
—Nadie acierta siempre, ni siquiera tú, señor Perfecto.
—¿Señor Perfecto? —no pude evitar reírme—. Debes de estar hablando de otro. ¿Y tú? —me obligué a hacer la pregunta que más temía—. ¿Has cambiado de opinión después de este encontronazo con mi maldito orgullo?
Negó con la cabeza y se frotó la cara. Me tocó a mí contener la respiración.
—Siempre pensé que eras demasiado bueno para ser verdad —dijo con suavidad—. Ahora sé que hay vulnerabilidades en tu sistema, y está bien. La verdad es que es un alivio. Eres aún más real para mí.
Una sonrisa asomó a mis labios.
—Tengo la sensación de que estamos en la misma onda, entonces.
—Lo estamos.
—Eso hay que celebrarlo.
La atraje hacia mí. Se relajó entre mis brazos.
Sentí una oleada de alivio que aflojó la tensión acumulada mientras el miedo a perderla se desvanecía.
Le tomé la barbilla y le sonreí. Incliné el rostro y rocé sus labios con suma delicadeza.
El sabor insípido de la vaselina me llenó la boca y me cubrió los labios, pero el contacto me provocó escalofríos de placer.
No la había perdido y estaba dispuesta a quedarse conmigo tal como era. Era más de lo que había esperado. Era lo que había querido, lo que había necesitado desde hacía mucho tiempo.
Me aparté y le miré los labios. —¿Te duele cuando te beso?
—¿Importa? —Se adueñó de mi boca y la pasión de Mina me arrolló en todo su esplendor.
Su deseo convirtió mis llamas en un fuego arrasador. Su avidez avivó la mía. Su lengua invadió mi boca y yo respondí con la misma intensidad. Pronto, mis dolores y molestias quedaron olvidados, y toda mi existencia se redujo a la mujer apasionada que tenía entre los brazos.
Mis sentidos se encendieron con sus verdaderos sabores, con su aroma.
Los colores inundaron mi mente, centelleando con reflejos deslumbrantes, rojos rubí que igualaban la necesidad que rugía por mis venas y rosados exquisitos que hacían que mi erección se restregara contra ese lugar de su cuerpo que albergaba esos tonos.
—Estás herido —susurró, deslizando los dedos sobre mi rostro, una caricia apenas perceptible—. No es posible que—
—Tengo fama de recuperarme rápido —deslicé la mano bajo su suéter y su sujetador, apoderándome de la cálida suavidad de su pecho—. Ahora mismo no siento dolor. Lo único que siento eres tú.
Ahora más que nunca la necesitaba, a ella. Nos habíamos dicho cosas que necesitaban sellarse con hechos, con pasión. Ella intensificó el beso mientras bajaba la mano y la deslizaba arriba y abajo por mi erección.
—Lo comprobé —murmuró entre besos—. Ni bolas moradas ni congelación en tu polla.
Solté una carcajada y la miré. —¿Lo comprobaste, eh?
—Desde la coronilla hasta la punta de los pies —masajeó mi carne tensa provocándome un dolor diferente—. No quería perderme nada. Tu polla estaba a medio camino y, gracias a Dios, intacta.
Me reí mientras besaba el punto sensible detrás de su oreja. Su piel respondió con un escalofrío que endureció el pezón en mi mano. Una oleada de lujuria me arrastró al momento. Esta mujer me hacía sonreír. Reír. Sentir. Desear. Me hacía querer más.
Gruñí contra su boca y tiré de sus pantalones de chándal. —Quítatelos.
—¿No te gustan? —deslizó los labios por mi barbilla y a lo largo del cuello, mordisqueando mientras me masajeaba la polla.
—Me encantan —le agarré el otro pecho—. Estás sexy de muerte con ellos, pero necesito estar dentro de ti. Quítatelos, por favor.
—Sí, señor —enganchó los pulgares en la cinturilla de los pantalones—. Me encanta cuando te pones mandón en la cama. Me pone tan mojada.
Mi mano se hundió bajo la tela que retrocedía lentamente. Mis dedos se abrieron paso entre sus piernas, donde se deslizaron sobre la humedad resbaladiza de su deseo. Ebrio de su tacto, eufórico por sus risitas juguetonas, casi me perdí el giro silencioso del pomo y la puerta abriéndose despacio.
Protegiendo a Mina con mi cuerpo, agarré la Sig, quité el seguro y apunté el arma a la figura que se colaba por la puerta.
—Si te mueves, estás muerto —dije con mi voz más letal.
La puerta y la sombra se detuvieron.
—Arma al suelo —ladré—. ¡Ahora!
Un M4 se deslizó por el suelo, repiqueteando hasta quedar a unos metros dentro de la habitación.
—Ahora tú —ladré de nuevo—. Manos arriba. Que te vea la cara.
La figura que entró por la puerta iba vestida con equipo táctico completo. Era corpulenta, alta, enorme. Y familiar.
—¿Blaze? —gruñí—. ¿Qué coño haces aquí?
—Omega nos llamó —Mackenzie Cienfuegos plantó su metro noventa y tres junto a la puerta. Sus grandes ojos marrones brillaron al observar a la mujer medio oculta debajo de mí. Sin duda también se fijó en mi erección.
—Esto es oro puro —su sonrisa divertida asomó entre la barba erizada—. No vas a dejar de oír hablar de esto en la vida. Dame un segundo —dio un paso atrás y gritó hacia la puerta—. ¡Despejado! Encontré al payaso. No vais a querer ver lo que estoy viendo, así que mantened posiciones.
El Equipo Élite había llegado.