Capítulo Treinta #2
Volando en las alas de la palabra con “A”, envalentonada por el dulce beso que me dio, me levanté de su regazo y lo seguí hasta el ascensor.
La fuerza que su beso me había dado seguía corriendo por mis venas.
Mientras nos dirigíamos a la planta principal y cruzábamos la sala de estar, me sentía como si caminara sobre nubes.
La sensación se disipó de golpe cuando me quedé paralizada en el umbral de la cocina.
No era el mismo espacio limpio y ordenado que había visto la última vez.
Parecía una mezcla entre una armería, un centro de mando y control, y una tienda de sándwiches que estuvieran saqueando unos merodeadores hambrientos.
La música atronaba en los altavoces. Las armas estaban apoyadas ordenadamente contra las paredes, junto a mochilas robustas, cascos, gafas, guantes y chalecos tácticos.
Hombres corpulentos vestidos con uniformes de invierno abarrotaban el espacio: preparaban cafés expresos, ponían embutidos sobre trozos de pan y se lanzaban condimentos unos a otros.
La puerta de la gran despensa estaba abierta de par en par, igual que la del frigorífico.
La cafetera echaba vapor y el microondas pitaba.
Un guerrero de pelo castaño tecleaba en un portátil junto a la encimera.
Extrañamente, una mujer alta y espigada, con el pelo rubio recogido en una coleta, estaba sentada en medio de la larga mesa del comedor en posición de loto.
Equilibraba un rifle enorme sobre las rodillas, con los pulgares y los índices unidos, emitiendo un murmullo grave.
La ansiedad me recorrió como un escorpión malvado que inyectara su veneno paralizante. Perdí la voz y deseé poder volverme invisible chasqueando los dedos. El pulso me latía en las sienes y las palmas empezaron a sudarme.
Mantén la calma, Moses. No te desmorones. No delante de los compañeros de equipo de Trev.
Trev entró rodando como si los invasores vinieran de serie con la casa. Los demás se tensaron a su llegada. Sin hacerles caso, bajó el volumen de la música mientras se dirigía a la encimera y le robó un plato con un sándwich al hombre que reconocí como Mac.
—¡Eh! —protestó Mac—. Acabo de hacerlo.
—Hazte otro —Trev aparcó la silla en la cabecera de la mesa, dejó el plato sobre el cristal y, tras dar un buen mordisco, se giró—. Un café estaría bien.
La mujer siguió con su extraño tarareo, pero los hombres intercambiaron miradas.
El guerrero del portátil agarró el ordenador y se dirigió a la mesa, donde ocupó la silla a la izquierda de Trev.
El más delgado del grupo sirvió una taza, fue hacia Trev y prácticamente se la estampó delante.
Sorprendentemente, el cristal no se rompió.
—Gracias, Kane —Trev cogió una servilleta del servilletero y limpió el café derramado.
—No me des las gracias hasta que recibas lo que te mereces —gruñó el tal Kane. Cogió dos platos de la isla de la cocina, volvió a la mesa, se sentó junto al Hombre del Portátil y le pasó un sándwich.
—Tranquilos, gente —Trev arrancó un trozo de queso del plato y lo mordisqueó—. A ver si bajamos un poco esos ánimos belicosos.
—Que tu activo te deje tirado le hace eso a cualquier operador —dijo el hombre que estaba de pie en la esquina, mientras se cambiaba el casco por el Stetson que sacó de la mochila.
Cogió un plato y, saltándose la silla a la derecha de Trev, ocupó la siguiente.
Siguiendo su ejemplo, Mac el Gigante llevó su comida y se sentó junto al que Trev había llamado Kane.
—Entiendo que estéis enfadados, pero cuidado con los modales —la voz de Trev tenía un filo acerado—. Me gustaría presentaros a alguien. ¿Mina? —me hizo un gesto para que me acercara y retiró la silla que tenía al lado.
Obligué a mis piernas reacias a moverse y llegué a su lado, con la sensación de ser un ratón entre leones. Me dejé caer en la silla y miré a Trev. La ansiedad me apretó la boca del estómago. Sentía ganas de vomitar.
Me ofreció una sonrisa tranquilizadora, pero aun así sentía cómo mi yo interior se fracturaba y también las vibraciones de enfado en la habitación.
Aunque, pensándolo bien, él era Druid. Si había logrado restaurar mi fe en la raza humana, quizá pudiera arreglar lo que fuera que aquejaba a su equipo.
Trev desafió el silencio de la habitación deslizando su taza de café y su plato hacia mí. Como no me moví, me hizo un gesto con la barbilla. No volvió a hablar hasta que di un mordisco reconfortante al sándwich y lo acompañé con un trago de café.
—Chicos, esta es Mina —su mirada pasó de los demás a mí—. Mina, estos son mis amigos del Equipo Elite.
—Sí, claro —bufó Mac—. Los amigos no abandonan a los amigos.
—Ya conoces a Mac. Se hace el borde, pero en el fondo es un osito de peluche —Trev ignoró las protestas de Mac ante la comparación y dirigió la atención al tipo de pelo castaño que trabajaba con el portátil—. Este de aquí es el CO del Equipo Elite, Sebastian Aguilar.
—Hola, Mina —el hombre me clavó unos ojos azules penetrantes que me evaluaron de pies a cabeza en tres segundos exactos—. Llámame Seb. También me conocen como Orion.
Asentí en silencio. Sebastian quizá no fuera tan alto como Mac, pero no le andaba muy a la zaga. El pelo corto y ondulado, las cejas gruesas y la barba incipiente oscura le daban un aspecto peligroso. Trev me había contado que Orion era un antiguo operador Delta y listo como pocos.
Tenía toda la pinta.
—El imbécil sin sentido del humor que está al lado de Seb es Kane —indicó Trev con un gesto—. Lo llaman Shadow.
Kane hizo un seco gesto de asentimiento.
Logré devolverle el gesto y oculté mi ansiedad dando otro sorbo al café.
De complexión fibrosa, Kane era alto y de constitución fuerte.
Llevaba el pelo castaño claro cortado al ras, tenía la piel bronceada y unos ojos grises atemporales que no se perdían nada.
—No estás viendo doble —continuó Trev—. El payaso sentado a tu lado es Knox, el hermano mayor de Kane, también conocido como Triton.
—Hola —se llevó la mano al ala del sombrero de vaquero—. Soy Knox Lancaster. A tu servicio.
—Hola —mi voz sonó quebradiza.
Knox se parecía mucho a Kane, salvo que sus ojos eran color avellana, una mezcla de luz solar y musgo que brillaba con picardía. Si no recordaba mal, Trev había mencionado que tanto Shadow como Triton eran antiguos SEALs.
—Knox y Karma van juntos —Trev indicó con un gesto de la barbilla hacia la mujer sentada sobre la mesa.
—Es mi media naranja —Knox me guiñó un ojo con una sonrisa.
Sin darme cuenta, le devolví tímidamente la sonrisa al SEAL. Era evidente que tenía buen humor y un lado tierno. Ahora reconocía a Karma por la descripción de Trev: una antigua Marine, la mejor francotiradora de Elite, la mujer que ponía nombre a sus armas.
—Te presentaría a Karma y a su rifle favorito, Miranda —Trev hizo una pausa para dar un bocado a su sándwich y se tomó su tiempo para masticar y tragar—. Pero Karma está demasiado ocupada meditando. O pensando en formas de matarme.
—La opción B, seguro —la mujer abrió los ojos y, con el ceño fruncido, clavó su penetrante mirada esmeralda en Trev—. No puedo creer que me dejaras atrás.
—Yo no—
—Sí lo hiciste —con su zen completamente esfumado, lo señaló con un dedo acusador—. ¡Y encima nos ocultaste este lugar, a nosotros!
—The Homestead nunca fue un secreto para vosotros —la explicación serena de Trev contrastaba con la furia de Karma—. Aunque admito que nunca os dije que yo era el responsable de la fundación ni que este lugar también era mi guarida secreta.
—Mentir por omisión sigue siendo mentir —escupió Karma.
—Karma, cariño —Knox extendió la mano y la posó sobre su pierna—. Dale al simio la oportunidad de explicarse.
Karma le gruñó a su compañero como una leona furiosa, pero miró a Trev.
—Tienes razón —Trev tuvo la decencia de parecer arrepentido—. No os hablé de este lugar. Pensé que lo entenderíais.
—¿Entender qué? —exigió Kane con una furia tensa y contenida.
—Sabíais que The Homestead se creó para ayudar a sanar a nuestros veteranos heridos —explicó Trev—. Lo que no sabíais era que yo fundé el programa. Se lo propuse a los Battleson hace mucho tiempo, y desde entonces, el programa ha hecho un gran trabajo orientando y dando apoyo a gente como yo.
—Lo compartimos todo —apuntó Knox, mucho menos resentido que los demás—. ¿Por qué no contarnos que este era tu proyecto?
—Por muchas razones —hizo una pausa—. No quería cargaros con mi proyecto personal.
—¿Cargarnos? —bufó Karma—. Eso es una mierda y lo sabes.
—Hay más —su nuez se agitó en la garganta—. Este es uno de mis refugios cibernéticos de reserva. Tiene sentido tener alternativas. Pero la verdad es que necesitaba este lugar tanto como los demás participantes. Vosotros sois increíbles, pero de vez en cuando, necesito estar con gente como yo.
Bueno, eso los hizo callar. Bien. Miré al grupo con los ojos entrecerrados. No tenían derecho a reclamar a Trev solo para ellos. Era estoico por naturaleza y racional por convicción, pero tenía sentimientos, como todo el mundo, y necesidades distintas a las de sus amigos.
Esperaba alguna reacción negativa, pero, en cambio, los amigos de Trev se quedaron pensativos.
—Vale, de acuerdo, sé lo que es ser diferente —murmuró Karma, sorprendiéndome. Derretida por la sonrisa de Trev, estiró sus largas piernas, bajó de la mesa y, tras sentarse junto a Knox, le robó un bocado a su sándwich.
Había cedido al encanto de Trev, a su honestidad. Como yo.
—Somos familia, Druid —dijo Knox—. Tus amigos también son nuestros amigos.
—Gracias —dijo Trev—. Significa mucho para mí. Debéis saber que la razón principal por la que dejé la playa fue para mantener a Laskin alejado de vosotros. Pensé que podría evitar los ataques de Laskin contra nuestro equipo. Ahora sé que no fue así, pero tenía que intentarlo.
El silencio en la habitación dijo más que las palabras. ¿Esa gente? Creían a Trev.