Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo veinticinco #2
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Capítulo veinticinco #2

—Iba preparado para ahuyentar a un alce o a un oso pardo —eso era verdad—. No esperaba encontrarte aquí.

No parecía convencido, pero sin dejar de apuntarme, me cacheó de arriba abajo, primero un lado, luego el otro. El cabrón fue minucioso. Encontró el KA-BAR que llevaba sujeto a la pierna en menos de sesenta segundos.

—¿Sin armas, eh? —Alzó la hoja y se la metió en el cinturón antes de seguir registrándome—. No me gustan los americanos que me mienten.

No le había mentido, pero no tenía sentido discutírselo.

—Ya tendré ocasión de ajustar cuentas contigo.

En ruso, eso significaba: voy a darte una paliza justo antes de matarte.

Se incorporó, se echó el arma al hombro y recogió mi rifle del suelo.

—Lo haremos por las buenas.

—¿Y eso cómo es? —pregunté.

La respuesta llegó en forma de un golpe brutal. Me estampó la culata de mi Winchester contra un lado de la cabeza. Vi estrellas. El dolor. Mierda. Me castañetearon los dientes. Me había preparado para recibir un golpe, sabiendo que era inevitable, pero juro que oí huesos crujiendo en mi cráneo.

Ese golpe habría dejado inconsciente a cualquiera, pero a mí no.

La violencia y yo éramos viejos conocidos, desde que mi tío intentó darme una paliza.

Era un Marine Raider. El dolor formaba parte del oficio desde antes del accidente.

Después del accidente, el dolor y yo nos habíamos vuelto íntimos.

Lidiaba con él en todas sus crueles formas cada día.

También era un hijo de puta testarudo. La cabeza me daba vueltas y los oídos me zumbaban, pero me aferré a mis sentidos con mi particular velcro mental. No pensaba darle a este imbécil ninguna ventaja.

De ninguna. Puta. Manera.

Para que Kozlov se lo creyera, cerré los ojos y me desplomé contra el tronco. Dejé caer la mano detrás del cuerpo; los dedos buscaron, tantearon, hicieron contacto, esperando el momento adecuado. Estaba claro que Kozlov prefería transportar a un hombre inconsciente.

Le dejé creer que lo era.

Entorné los párpados y lo espié mientras enganchaba mi rifle encima del suyo. Se agachó y me apoyó el hombro contra las caderas para cargarme a la espalda. Yo era grande y pesado, pero el tipo era fuerte como un buey. Con un gruñido, me levantó del suelo.

Me dejaría llevar si eso me acercaba a donde quería ir. Lo que el gilipollas no sabía era que me había levantado a mí y a mi Sig.

Inerte como un pez muerto, colgué de su hombro unos instantes, evaluando a mi oponente de cerca. Bajo el poncho, la dureza de un chaleco táctico me rozaba las costillas. El gigante clavó las raquetas en la nieve, avanzó con paso pesado, pasó por encima del tronco caído y salió al claro.

Crunch. Crunch. Crunch. Los crampones de las raquetas se hundían en la nieve.

No tendría una segunda oportunidad. Me centré.

Estábamos a solo unos pasos de mi motonieve cuando un crujido a nuestra espalda detuvo a Kozlov.

Se giró para mirar por encima del hombro, lo que me dio una vista lateral del bosque donde nos habíamos enfrentado.

Un gruñido bajo resonó entre los árboles.

La luz era plana y gris, pero Kozlov debió de ver al explorador de la manada al mismo tiempo que yo.

—¿Qué coño es eso? —murmuró.

—Un lobo.

Me apoyé en un brazo, me incorporé sobre su hombro y me retorcí. Al mismo tiempo, pasé el otro brazo, presioné la Sig contra la nuca de Kozlov y apreté el gatillo.

Uno, dos, tres disparos. Directamente en el cráneo.

Es como si fuera inmortal, había dicho mi amigo Mac.

Nunca ignores la observación de un operativo de élite.

Seguí disparando.

Kozlov se sacudió con cada disparo. Graznó.

Se tambaleó. Cayó hacia delante. Yo también caí al suelo.

Las piernas me quedaron atrapadas bajo su peso.

Lo que quedaba de su cabeza se desparramó sobre mi regazo.

Me apoyé en las manos y, sin soltar la Sig, me arrastré hacia atrás hasta que la espalda chocó contra la motonieve.

El monstruo se estremeció una última vez y se quedó quieto.

La nieve bebió su sangre del charco espantoso que se formó alrededor de lo que quedaba de su cráneo.

Ese hombre había sobrevivido a los mejores de Elite, así que mantuve el arma apuntándole, como si la bestia pudiera levantarse de nuevo, un zombi de Laskin.

Sin perder de vista al tango caído ni el bosque, me sacudí la sangre y la masa encefálica del regazo, me arrastré hacia delante y le palpé la muñeca.

Sin pulso. Respiré hondo, cogí mi abrigo, le sacudí la nieve y me lo puse.

Me bajé la máscara. A esas alturas tenía tanto frío que dudaba que sirviera de mucho.

Miré a la brutal excusa de ser humano que acababa de despachar.

No sentí el más mínimo remordimiento. Kozlov había cometido genocidios por todo el mundo.

Había matado a amigos y aliados. Había sobrevivido a Elite demasiadas veces.

Esta vez, me aseguré de que llegara al infierno.

Yo. El tullido. Le había dado la despedida que merecía.

Por fin, Kozlov estaba muerto.

Pero el lobo que había visto en el bosque estaba muy vivo.

Conocía las manadas locales y sabía que era un explorador que había captado el olor de sangre humana.

Y de esa había de sobra por estos bosques en ese momento.

El lobo volvería con el resto de la manada.

Y ahí estaba yo, sentado, sangrando entre dos cadáveres, incapaz de arrancar la motonieve y salir del territorio de caza de la manada.

Cambié el cargador de la Sig por el de repuesto. Tras coger los rifles del hombro de Kozlov, le registré el chaleco en busca de munición. Encontré unas cuantas balas más, me las metí en el bolsillo y recuperé mi KA-BAR de su cinturón.

Rodé sobre la nieve y, a base de codos, me arrastré alrededor de la motonieve hasta alcanzar el compartimento y coger algunas cosas útiles. El dolor me atravesó desde la base de la columna y un espasmo me retorció los músculos, manteniéndolos en su garra cruel.

Joder.

Era como si alguien me clavara un cuchillo en la zona lumbar y aplastara fragmentos de cristal entre mis vértebras. Ahora no, le ordené a mi cuerpo agotado.

Me arrastré hasta la parte de atrás de la moto de nieve.

Era más como nadar entre los ventisqueros crecientes, pero qué demonios.

El dolor se disparó. Me dolía la cabeza y la sien me palpitaba como si estuviera en llamas.

Las fuerzas me abandonaban. Debí de perder el conocimiento, porque cuando volví en mí, estaba tendido boca abajo y medio enterrado en la nieve.

Sabía que tenía que encontrar refugio, entrar en calor y asegurar mi posición, pero mis huesos se sentían frágiles por el frío y mi cerebro funcionaba a ratos, entre lapsos de oscuridad.

La supervivencia parecía cosa de azar en ese momento.

Trev, ¿dónde demonios estás? La voz llorosa de Mina resonó en mi cabeza, sacándome del estupor. «No me hagas esto. Acabo de encontrarte. Vuelve. ¡Ahora!» y luego: «Te necesito».

Mi cerebro conmocionado demostró que me estaba jugando una mala pasada cuando una imagen de Mina llorando en mi sofá apareció en mi mente. Me desperté con un jadeo, intentando respirar contra la banda de acero que me oprimía el pecho. Era otro sueño, mi subconsciente diciéndome lo que quería oír.

Me miré. Ahora estaba tendido boca arriba. Una fina capa de nieve se había formado sobre mi cuerpo postrado. Los copos helados temblaban al ritmo frenético de mis escalofríos. Mierda. Estaba débil como un bebé y casi hipotérmico, para colmo.

Mina.

Si quería volver a verla, tenía que ponerme en marcha.

Estaría esperándome en la casa. Y estaría cabreada.

Incluso podría pensar que la había abandonado.

Como si no tuviera ya suficientes problemas.

Me di cuenta de que quería verla con la ropa que había comprado, la que iba cargada en el trineo.

Sobre todo, quería tener la oportunidad de quitársela.

Pensar en eso me dio algo de calor, aunque solo en ciertas partes. Mis risas débiles se perdieron por el prado nevado. Qué mujer. Ni siquiera estaba aquí, pero era capaz de ponerme cachondo mientras me congelaba en medio de la nada.

Tenía que volver con ella.

Levanté la vista al cielo. Parpadeé para quitarme los gruesos copos de nieve y enumeré los obstáculos que tenía que superar para volver con Mina.

Número uno, hipotermia. Número dos, una noche a la intemperie.

Quedaba una luz gris y difusa, pero pronto oscurecería.

Número tres, la tormenta. Nubes negras y cargadas giraban hacia mí, impulsadas por un viento creciente.

No olvides los lobos, marine.

Sí. Genial. Jodidamente increíble. Número cuatro, lobos.

Ya había estado en esta situación antes. El universo quería sacarme de circulación otra vez. Alaska se había confabulado contra mí. Kozlov debía de estar riéndose en el infierno.