Capítulo catorce
Trev
Nos sentamos frente a frente en la mesa del comedor. Nuestras miradas se encontraron con una intensidad que parecía un desafío. Teníamos los portátiles desplegados ante nosotros como armas listas para disparar. Los ojos gris pizarra de Mina brillaban y me recordaban el filo de una cuchilla.
Nos habíamos vestido. Más o menos. A toda prisa, me había puesto unos pantalones cortos negros y una camiseta.
Ella había vuelto a ponerse el conjunto que se había improvisado con mi cinturón, mi camiseta y mis calcetines.
Recordar el placer que habíamos compartido era una distracción que tenía que controlar.
En poco tiempo, había aprendido mucho sobre la mujer que tenía delante. Algunas cosas me las había contado ella, otras las había observado o experimentado yo mismo, y otras las había descubierto mediante subterfugios. Esto último no me hacía sentir orgulloso, pero con el resto estaba en paz.
Conocía sus comidas favoritas, sus colores preferidos, su animal favorito.
Me había enseñado que el placer habitaba en el vaivén de sus caderas, en el ritmo de sus glúteos, en la sedosa humedad de su coño.
Sabía distinguir cuándo mentía, cuándo su sonrisa era genuina y cuándo su risa le nacía del alma.
También me estaba volviendo experto en distinguir su tristeza de su ira, su dolor de su indignación. Era valiente, hábil y atrevida. Asumía riesgos: luchar por su vida y la mía, estar aquí, aceptar esto, acostarse conmigo.
Entendía que había soportado adversidades y superado sus pruebas a base de pura voluntad. La autoburla era su escudo y el sarcasmo, su arma. También reconocía la generosidad que ocultaba tras su fachada de bravuconería. No regalas todo tu dinero a quienes lo necesitan si eres un ser egoísta.
Allí sentada frente a mí, enmarcada contra un paisaje de blanco sobre blanco, comprendí que no era nieve prístina ni tierra oscura. Era un estrato nuevo y fascinante en la geología de mi mundo; una capa rica y compleja que merecía ser explorada.
Todo esto sabía sobre Mina y, sin embargo, no tenía respuesta a una serie de preguntas cruciales.
Sabía quién era Specter, pero ¿quién era Mina?
¿Dónde había nacido, cómo había crecido, y cuándo y cómo la habían herido tan gravemente que había renunciado al «mundo real»?
Dada la oportunidad, ¿me hundiría su cuchilla en la carne para destriparme?
¿Me traicionaría en un momento de debilidad?
Si alguna vez llegara a necesitarla, a necesitarla de verdad, ¿me abandonaría ella también?
Cada vez había más en juego. Odiaba admitirlo, pero después de esta noche, no era solo mi misión lo que estaba en juego. Era mucho más.
Concéntrate en el ahora, marine. Todo lo demás puede esperar.
Me hice crujir los nudillos y extendí los dedos sobre el teclado.
El brillo plateado de sus pupilas me hizo arder y helarme a la vez.
Tecleé a toda velocidad y liberé las líneas de código que iniciarían nuestra transacción. No me llevó mucho tiempo. Al fin y al cabo, estaba, como siempre, preparado.
—¿Dónde te envío el enlace? —pregunté.
—Ni hablar. —Negó con la cabeza y sus rizos se agitaron sobre los hombros—. No pienso pinchar en ninguno de tus enlaces sospechosos, chico guapo.
Solté un suspiro y me revolví el pelo.
Dio un sorbo a su café y dejó la taza sobre la mesa.
—Soy Trev, ¿recuerdas? Acabamos de compartir unos cuantos orgasmos de primera. Eso debería contar para algo, ¿no?
—Tú, magnífico follador de Mina, también eres el infame Demon.
Sacó un bloc de notas en blanco de su bolso y, haciendo gala de una memoria excelente, escribió una larga cadena de números. Arrancó la hoja y me la tendió.
—De acuerdo.
—Ay.
—Donde las dan las toman.
—Perdóname si tengo que insultar al dulce y sensible Trev para mantenerme a salvo —sus ojos destellaron con desafío—. Demon es un veterano de guerra. Un veterano de los Marine Raiders, para ser exactos, según esta camiseta que llevo puesta. Él lo entenderá.
Yo lo entendía mejor de lo que ella sabía.
Pulsé enter.
—Está hecho.
—¿Cuánto tardará?
Agarró el tenedor, recogió lo que quedaba de la tortilla y lo engulló de un bocado.
—Tú dime.
—¿Perdona?
—Tengo a mi banco preparado para agilizar la transacción desde que llegué a San Francisco.
Mojé la tostada en el charco de mermelada del borde del plato, le di un mordisco y tragué.
—Mi sistema está diseñado para evitar el rastreo, pero también es ágil. Por mi parte, calculo unos treinta minutos.
—Eres un hijo de puta engreído —me fulminó con la mirada—. Diste por hecho que ibas a convencerme y doblegarme con tus encantos.
—No di nada por hecho —repliqué, y luego suavicé la voz—. Sí esperaba que entraras en razón. Para que conste, nunca planeé seducirte, si eso es de lo que me acusas. Creo que fui yo quien cedió a tus condiciones.
Se le subieron los colores a las mejillas.
—Odio cuando te pones tan racional, tan frío y lógico conmigo.
—Y yo odio que me eches la bronca por ser quien soy.
—Lo planeas todo, lo piensas todo —me acusó con voz cortante.
—Es quien tengo que ser.
Eso la hizo reflexionar, pero no había terminado.
—¿Alguna vez haces algo por impulso?
—No —admití—. Bueno, excepto contigo.
Se enderezó en la silla.
—Y ahora te arrepientes de haber cedido a tu impulso y haberte acostado conmigo.
—Falso.
Mastiqué la tostada, dándome tiempo para controlar la irritación. ¿Por qué diría algo así?
—Sí que confío en la lógica para tomar mis decisiones, pero no me arrepiento de haberme acostado contigo. De hecho, lo disfruté mucho. Espero que eso aclare cualquier confusión. Paz, princesa. ¿Vale?
—Lo siento —murmuró—. Puedo ser un poco insegura.
—¿Por qué? —pregunté, queriendo saber más.
—No quiero hablar de eso.
Exhaló despacio.
—Paz.
Decepcionado por su evasiva, la señalé con lo que quedaba de la tostada.
—¿Cuánto tardará la transacción por tu parte?
—Más o menos lo mismo.
Golpeteó las púas del tenedor contra el plato vacío.
—Tenemos una hora libre. ¿Qué tal si empiezas a contarme los detalles de esta operación mientras esperamos?
—¿Qué tal si me cuentas cómo te involucraste con Laskin, para empezar?
Se tapó la nariz con los dedos y habló con voz nasal de operadora.
—Espere, por favor.
—¿Hasta cuándo?
Recogí los platos vacíos del desayuno y los aparté sobre la mesa.
—Hasta que el dinero llegue al banco.
Apreté los dientes y no me molesté en ocultar mi irritación.
—No confías en mí, ¿verdad? Ni siquiera piensas hacerlo.
—Tú tampoco —replicó—. Así que estamos en paz.
Había luchado por ella. La había traído a mi guarida, donde jamás había traído a nadie. Había intentado ser sensible a sus necesidades y me había acostado con ella. ¿Qué más necesitaba para confiar en mí?
¿Y qué tal la verdad, imbécil? La engañaste para conocerla mejor, conseguir ventaja y lograr tus objetivos.
Me sentía como un gusano retorciéndose en un charco de ácido. No me gustaba nada en ese momento. Ella era desconfiada por naturaleza, pero también instintiva. Puede que no supiera lo que había hecho, pero lo intuía. No era de extrañar que anduviera con tanto cuidado conmigo.
Y hacía bien.
El tamboreo de sus uñas sobre la mesa era el único sonido que rompía el silencio entre nosotros.
Los golpecitos parecían marcar el paso de los segundos y, sin embargo, el tiempo avanzaba con una lentitud exasperante.
Habría sido un buen momento para sincerarme antes de alistarla en mi causa, pero no podía dar un paso atrás para dar dos adelante.
No podía perderla, no ahora. Era demasiado importante para la misión.
Demonios, era demasiado importante para mí.
No tenía ni idea de si lo nuestro tenía futuro.
Éramos tan diferentes. Yo era cuadrado, sobrio y lógico.
Ella era todo espirales, brillos y caprichos.
Las calcomanías llamativas y caóticas que decoraban su portátil contrastaban marcadamente con la funda gris, ligera y de uso militar, que protegía el mío.
Lo único que había añadido a mi funda blindada era una pequeña pegatina en blanco y negro en una esquina, un recordatorio para mí mismo. Citaba a Einstein. Una vez que aceptamos nuestros límites, los superamos.
—Déjame preguntarte algo mientras esperamos, total, ¿por qué no? —aventuró, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Naciste rico?
Dudé antes de responder, pero me di cuenta de que ya le había ocultado demasiado.
No me hacía ilusiones de poder guardarle secretos a Mina.
Era demasiado lista y hábil. A estas alturas, tenía suficientes pistas para averiguar más sobre mí por su cuenta.
Si quería ganarme su confianza, tenía que adelantarme.
—Mi tatarabuelo fue uno de los primeros magnates de Alaska —hice una pausa e introduje un código para verificar la transacción—. Se llamaba Trevor Marks. Llevo su nombre. Pesquerías, petróleo, gas, minería... mi familia poseía gran parte de la industria de Alaska.
—¡Ajá! —me señaló directamente a la cara—. Arrugaste la nariz.
—¿Y qué?
—No te gusta lo que acabas de decir —adivinó—. Te pesa ser rico.
—No me molesta la gente rica que trabajó duro por su dinero —verifiqué el progreso de la transacción—. Lo que sí me molesta son los multimillonarios codiciosos y los oligarcas que abusan de los demás y creen que la ley no va con ellos. Las fortunas obscenas no se amasan jugando limpio.
—Amén —asintió con énfasis.
—Me tocó rectificar algunos de los errores de mis antepasados.
—¿Rectificar? —me lanzó una sonrisa cómplice—. Sí, la palabra te va que ni pintada, señor cuadriculado.
—Después de que mis padres murieran —continué, ignorando su pulla—, cuando terminé la universidad, alcancé la mayoría de edad y accedí a mi herencia, les devolví sus tierras a los inupiaq, diversifiqué mi cartera y me alisté en los Marines.
—Oh —su boca carnosa formó un pequeño óvalo perfecto—. ¿Tus padres murieron?
—Accidente de avioneta —fue el primer accidente que había destrozado mi vida y otra razón por la que no me gustaba volar—. Volvían a casa desde Anchorage. Yo tenía trece años.