Capítulo Trece #3
—En este caso, estás cuidando mi cinco —señalé—. Me corrí cinco veces en lugar de seis, pero da igual.
Sus risitas me arrancaron una sonrisa boba. Debía de parecer una idiota enamorada, pero habría pagado millones solo por escuchar ese sonido cada día. Lo imité, me senté en la cama y, apoyando la espalda contra el cabecero, crucé los brazos.
—No te atrevas a ponerme esa carita. —Pasó un brazo por encima de mi hombro y me atrajo hacia él—. No lo soporto. ¿Qué tal si nos acurrucamos y dormimos un poco?
—¿Dormir? —resoplé—. ¿Quién demonios quiere dormir cuando estás aquí, con esta polla tan preciosa pegada a ti? —Alargué la mano y le agarré el sexo, y mi sonrisa se ensanchó cuando una oleada de sangre lo puso duro entre mis dedos.
—Vamos, vamos. —Me dio un golpecito en el dorso de la mano.
—¿Ves? —Sin hacerle caso, mantuve el agarre y le meneé la preciosa erección—. Ella quiere.
—Por supuesto que quiere, pero no se lo voy a permitir. —Sujetándome la muñeca con suavidad, me apartó los dedos de su carne.
—Siempre el héroe. —Me soplé un rizo rebelde de la cara—. Nunca el villano.
—Por ti, seré el villano. —Me levantó la barbilla y me robó un beso rápido.
—Vale. —Puse los ojos en blanco con ganas para mostrar mi protesta—. ¿Y ahora qué hacemos?
—¿Y si hablamos? ¿Nos conocemos mejor?
—Ya te dije que te voy a dar la puerta trasera de Hellbound. ¿Qué más necesitas saber?
—No quiero hablar del trabajo. —Me tomó la mano de nuevo y, entrelazando sus dedos con los míos, no la soltó—. Quiero hablar de nosotros.
¿Nosotros?
Se me secó la garganta al tragar, cosa que disimulé soltando un torrente de palabras. —Oye, hablando de puertas traseras, podríamos hacer las dos cosas: darle un descanso a mi coño y probar mi puerta trasera.
—¿Alguna vez has…?
—No, pero me va la aventura. —Le dediqué mi sonrisa más amplia—. ¿Porfa?
—No más aventuras esta noche. —Sus palabras eran tan firmes como su polla, y se mantuvo en sus trece—. Guardemos algunas primeras veces para mañana. Dormir o hablar. Esas son tus opciones.
—No creo que vuelva a dormir en la vida. No mientras estés cerca, presumiendo de tus atributos, volviéndome loca. —Se rio, pero para que le quedara claro, agarré la sábana y lo tapé hasta la cintura—. Opción B. Conozcámonos, estilo relámpago.
Arqueó las cejas, interrogante. —¿Estilo relámpago?
—Déjame enseñarte. —Disparé mi primera pregunta—. ¿Postura favorita para follar?
—Prefiero enseñártela. Mi turno. —Pilló la idea enseguida—. ¿Color favorito?
—Colores —corregí—. Me gustan los azules, los verdes y los amarillos. Me encantan los estampados en blanco y negro, y también me gustan el rojo, el naranja, el rosa y el morado. Los arcoíris son bonitos y me encantan los remolinos.
—O sea que, básicamente, te gustan todos los colores —concluyó con voz neutra.
—¿Qué quieres que te diga? —Me encogí de hombros—. Soy muy colorida.
—Desde luego que sí —coincidió con una sonrisa—. Apuesto a que tu animal favorito es el camaleón.
Solté un gritito. —¿Cómo demonios lo has adivinado?
Levantó las manos grandes. —¿Color, cambio, camuflaje?
Era bastante obvio. ¿No? Para alguien como él habría sido aún más evidente.
—Tu color favorito es el negro —adiviné.
—Me gusta el negro, pero también los azules y los grises, y ahora me encanta el plateado, como la luz de tus ojos.
—Madre mía. —Sacudí la cabeza, luchando para que no se me derritiera el corazón—. ¿Estás ensayando tus frases conmigo o eres un romántico de los pies a la cabeza?
—Supongo que había… quiero decir… hay algo de eso en mí. ¿Y tú?
—Soy una romántica total. —Me toqué la sien—. Aquí dentro.
—¿Pero no en la vida real?
—La vida real no es lo mío. —Tracé con los dedos los cuadrados brillantes del edredón.
—¿Por qué no?
Como siempre me pasa, la verdad se me escapó sin querer. —Porque la vida real es una mierda.
Se quedó callado un momento antes de arriesgarse a preguntar. —¿Quieres hablar de ello?
—Eso es un no con «N» mayúscula bien grande.
—Suena a un no rotundo. —Me picó con una sonrisa—. Lo intentaré otra vez más tarde.
—No te hagas ilusiones. —Me quedé callada unos momentos, luego, armándome de valor y acurrucándome contra su costado, lo miré y me lancé—. ¿Cómo pasó?
—¿Te refieres a mis piernas?
—Sí.
—Te lo cuento si tú me cuentas qué te hizo adoptar esa filosofía de «la vida es una mierda».
—Pides mucho.
—Lo sé.
—De acuerdo, te lo contaré —cedí—. Pero tú primero.
Respiró hondo. Estaba a punto de hablar cuando sonó la alarma del móvil en su mesita de noche. Alargó la mano hacia el teléfono y yo me incorporé de golpe en la cama.
—Señal —su mirada cayó sobre mí como un par de faros—. Tenemos señal.
—Lo que significa que...
—Deberíamos tener una conexión segura, al menos por un rato —terminó la frase por mí—. Hagamos la transferencia. Con tu dinero en el banco, podremos poner en marcha esta cacería.
La palabra «dinero» me golpeó como un puñetazo en el estómago.
Y así, sin más, apreté la mandíbula, sus ojos se endurecieron y la magia de la habitación comenzó a desvanecerse. A la una... A las dos... Desaparecida.