Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

Mientras ascendíamos al segundo piso, mi corazón se elevó y mi mente proyectó una imagen caprichosa. Mi imaginación me colocaba como protagonista de una película, junto a Trev, quien en mi humilde pero certera opinión dejaba a todas las estrellas de cine como simples ranas en comparación.

Desde entonces, había ido coleccionando orgasmos suyos como si pudiera almacenarlos en mi cuerpo para disfrutarlos en el futuro. Ahora, después de otra ronda de sexo increíble en la que yo era la Vaquera Jane y él Bronco el Semental, pasó su brazo fuerte por detrás de mí y me acercó más.

Acurrucarse nunca había sido lo mío, pero me encantaba cómo me atraía hacia él, como si no quisiera dejar ni un hueco entre nosotros. Era como si quisiera algo más que sexo ardiente e increíble. Como si me quisiera a... mí.

Solté un suspiro de satisfacción, apoyé la cabeza en su hombro y me entregué a la necesidad de acurrucarme con él.

En las pocas ocasiones en que me había aventurado en el mundo del sexo real, yo era del tipo «zas, pum, no te veo nunca más».

Y sin embargo, ahora no sentía ninguna necesidad de huir.

Me bañé en su calor, posé la mano sobre su pecho y la deslicé por sus duros pectorales, de un lado a otro, arriba y abajo.

Cerré los ojos y saboreé el zen que se asentaba sobre mí.

Los latidos del poderoso corazón de Trev pulsaban contra mi palma.

La canción de su vida resonaba en mi oído.

No había distancia entre nosotros, solo una necesidad profunda de estar cerca, de proteger la unidad que habíamos alcanzado momentos antes, y el diálogo continuo entre nuestros cuerpos.

Era una conversación más serena, los murmullos silenciosos de nuestras emociones fluyendo entre nosotros a través del tejido mismo de nuestra piel, un intercambio de aceptación, gratitud y afecto que nunca antes había sentido.

Hundí el rostro en el hueco de su cuello e inhalé su aroma: metal caliente y hombre saciado, chocolate oscuro con fragantes toques de su sal.

Presioné los labios en el lugar donde su pulso marcaba el ritmo de mi corazón y de alguna manera supe que seguíamos conectados.

Un flujo continuo enlazaba nuestros sistemas de maneras que desafiaban mi comprensión.

Conexión. Se me encendió la bombilla. Joder. Conexión humana. ¡Esto es lo que debe de ser!

—Conexión —me besó en la coronilla—. Yo también la siento.

No tenía ninguna intención de regañarme por pensar en voz alta. No cuando él había confirmado que sentía lo mismo que yo. Por fin, entendí lo que La Gurú de la Ansiedad quería decir cuando hablaba de conexión.

La conexión era placer sin esfuerzo, comodidad sin palabras. Pasión que perduraba más allá del clímax, orgasmos que me mantenían flotando incluso después de haber regresado al planeta Tierra tras explorar lo que unía lo humano con lo divino.

La conexión transformaba mis orgasmos arrolladores en una corriente constante de bienestar que ahora fluía por mi cuerpo saciado.

Era presencia y compañía que duraba más allá del acto.

Satisfacción que perduraba. Plenitud que continuaba.

Me sentía completa con solo estar aquí. Tocando a Trev. Estando con él.

La conexión era alegría en su forma más pura.

Era paz.

Era él.

Una verdadera conexión humana. Yo la tenía. ¡Yo! Con Trev.

Ronroneé como una gatita feliz.

Vaya, vaya, baja de las nubes. La fea voz de la realidad canturreó en mi cabeza. Esto es un arreglo temporal, una relación fingida. ¿Recuerdas? Tus sistemas están sobrecargados. Él no es una conexión que puedas mantener. No estás hecha para este tipo de cosas.

Pero, pero, pero... Me rebelé contra aquel pensamiento sombrío. Seguro que podía mantener esta única conexión, ¿no?

Si sigues así, vas a salir herida. Lujuria. Es la droga que te has tragado enterita. Este es tu hack, la línea de código que necesitas colar en tus sistemas comprometidos:

# Declarar variables para sexo y amor

sexo = “aceptar”

amor = “rechazar”

# Imprimir los sentimientos actuales hacia el sexo y el amor

puts “Yo #{acepto} el sexo, pero #{rechazo} el amor.”

Sexo. Era el único vínculo que podía permitirme con él. Me dolía el estómago, pero era mejor que nada. Mientras tanto, podía seguir fingiendo que nuestra conexión era real, que éramos un «nosotros» mientras durara. Era mi única oportunidad de jugar a las casitas, de fingir que tenía un lugar feliz.

Sí, fingir estaba permitido. Con Trev, era fácil.

—Me hiciste correrme como nunca.

Deslicé los dedos por los marcados abdominales y alcé la vista hacia su rostro hasta encontrarme con sus ojos color miel.

—¿Dónde demonios has estado toda mi vida?

Me besó la punta de la nariz.

—Podría preguntarte lo mismo.

Me incorporé en la cama y lo miré con los ojos entrecerrados.

—¿Me estás mintiendo para hacerme sentir bien?

—Tranquila, princesa. Tranquila.

Me pasó el pulgar por el labio inferior y me sujetó la barbilla.

—Te estoy diciendo la verdad. Tenemos química, eso seguro.

Me cogió una mano y me rozó los nudillos con los labios.

—¿El sexo entre nosotros? Épico.

Una imagen me cruzó la mente: yo misma levantándome de un salto y brincando en la cama como si el colchón fuera un trampolín. En mi imaginación, agitaba los puños en el aire y chillaba: ¡Yupi! ¿Has oído eso, mundo? Acabo de tener sexo extraordinario. ¡Yo, nosotros, yuju!

La carcajada profunda de Trev me alertó de que la banda sonora de mi fantasía se me había escapado en voz alta.

Con un movimiento rápido, se giró y se colocó sobre mí.

Su cuerpo siguió el impulso mientras me inmovilizaba, convenciéndome con sus besos de que estar tumbada boca arriba era mucho más placentero que verme a mí misma saltando en mi cabeza.

—Oye, tú —dije cuando rompió el beso—. Hagámoslo otra vez.

Se apoyó en los codos y se echó hacia atrás.

—¿Porque cinco veces en una noche no son suficientes?

—Porque podríamos llegar a seis, boba.

—Es tentador.

Me miró con curiosidad.

—¿Cómo tienes el coño?

—Bien.

—¿Dolorido?

—Solo un poco —admití—. Nada que nos impida llegar a seis. O siete. U ocho —añadí con genuina alegría.

Su risa brotó del pecho, grave y profunda. Era una risa auténtica, de esas que pondría en lo más alto de todas mis listas de reproducción.

—Eres una codiciosa —me observó de cerca, aún sonriendo—. La respuesta es no.

Gemí.

—¿Por qué no?

—Uno de los dos tiene que mantener el fuego bajo control. Parece que voy a ser yo. Así que toca descanso para tu coño.

Me froté contra él, intentando persuadirlo con mi mejor beso con lengua. Cuando sentí cómo se endurecía contra mi bajo vientre, gemí contra sus labios.

—¿Una vez más? ¿Por favor? Nunca había tenido sexo así.

Pequeñas arrugas verticales se formaron entre sus cejas.

—¿Así cómo?

—Como un espectáculo continuo de fuegos artificiales lanzando orgasmos por todo mi cielo.

—Pregunta.

Las pequeñas arrugas se convirtieron en un ceño fruncido que borró cualquier rastro de alegría de su rostro.

—¿No sueles correrte cuando follas?

—No, la verdad es que no.

Nunca, pero eso no tenía por qué saberlo.

—Antes prefería mi vibrador a las pollas, sin duda. Pero ahora…

—¿Ahora qué?

—Te prefiero a ti.

—Ay, mi corazoncito. ¿Estaba frunciendo el ceño y sonriendo a la vez?

—Lo siento —murmuré—. ¿Demasiada información?

Me rozó las mejillas con los labios, la nariz, la boca.

—Contigo, eso de demasiada información no existe.

—Entonces, ¿por qué pareces… no sé, confundido?

—Estoy dividido.

Me apartó un rizo rebelde de la frente.

—Parte de mí quiere darle una paliza a cada hombre que te haya tocado y no te haya dado placer. Bastardos egoístas y vagos. Esa misma parte de mí quiere darle una paliza a cada hombre que te haya tocado, punto.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Quieres decir que estás celoso?

—Estoy celoso.

Santo cielo. ¡Estaba celoso! De mis escasas, inútiles e insignificantes parejas sexuales. ¿Por qué eso me hacía chisporrotear y derretirme como un sándwich de queso a la plancha?

—Por otro lado…

Una sonrisa maliciosa se apoderó de su expresión.

—La otra parte de mí está bastante satisfecha de haberte complacido.

—Me complaciste, desde luego, pero no te pongas chulo conmigo. Oh, espera. Cambié de opinión —moví las cejas sugestivamente—. Ponte chulo.

—Lo siento.

Se apartó de mí y se sentó contra las almohadas.

—Tengo que cuidarte.