Capítulo catorce #2
—Dios, tío —la compasión brilló en sus ojos—. Lo siento. ¿Quién te crió?
—Mi tío, hasta que el fideicomiso le retiró la tutela cuando yo era adolescente.
Ladeó la cabeza. —¿Por qué se la retiraron?
—Le gustaba gastarse mi dinero y darme palizas.
—Qué mierda —de nuevo, esos ojos muy abiertos—. Lo siento otra vez.
—Gracias, pero no hace falta —le lancé una mirada ceñuda—. Estás pensando «pobre niño rico» y no me gusta.
—No estoy...
—Tus ojos, ¿recuerdas? —la corté en seco—. Siempre dicen la verdad.
—Puede que haya pensado «pobre niño rico», pero solo por un instante —dijo, pellizcando el aire entre los dedos.
—Creía que habíamos quedado en que nada de lástima.
—Así es. ¿Perdona por disculparme? —Me lanzó una sonrisa avergonzada—. ¿Qué pasó después de que tu tío se marchara?
—El fideicomiso asumió la tutela. Fui a un internado, hice amigos de verdad. Cuando no estaba allí, me quedaba con ellos o tenía «acompañantes» que iban y venían hasta que cumplí dieciocho años y entré en la universidad.
—Suena a una vida austera y solitaria.
—No me arrepiento. Pude elegir mi propia familia. —Una sonrisa curvó mis labios al pensar en mis amigos—. Soy mejor persona gracias a ello.
—Sobre este lugar —señaló a nuestro alrededor—. Parece demasiado para una sola persona.
—The Homestead se construyó para ocultar mi guarida, pero es más que eso —le conté toda la verdad que pude—. También es un centro de entrenamiento.
—¿Un centro de entrenamiento? —arqueó las cejas—. ¿Para quién?
—Hay una fundación llamada Moveonvet.org.
Organiza programas de deportes adaptados y actividades extremas al aire libre para veteranos heridos y con movilidad reducida varias veces al año.
Aquí es también donde la fundación reúne a voluntarios para probar prototipos de vanguardia que mejoran la movilidad.
—Así que tú estás detrás de la fundación —frunció el ceño, pero sus ojos brillaban con complicidad—. ¿También diseñas prototipos avanzados como tu silla de ruedas?
—Diseño muchos prototipos y mi silla es uno de ellos, es cierto, pero hay toda una red que respalda la fundación.
—¿Pero tú la fundaste? —preguntó—. ¿Tú la financias?
Me encogí de hombros con indiferencia.
—Ni tú ni nadie encontrará mi nombre asociado a la fundación o a esta propiedad.
—Por supuesto que no —soltó un pequeño bufido—. ¿Tus amigos conocen este lugar?
—Conocen la fundación y The Homestead. Contribuyen con fondos y tecnología. Lo que no saben es que este lugar es mío. Solo otra persona además de ti lo sabe, y es porque fue necesario.
—Me siento honrada —esbozó la sonrisa sincera que tanto me gustaba ver en su rostro—. Una pregunta más. Si construiste este lugar para ti y tus amigos con movilidad limitada, ¿por qué las escaleras?
—Quedan bien.
Me lanzó una mirada de incredulidad.
—De acuerdo —decidí contarle la verdad—. Las discapacidades son de todo tipo. Algunas personas pueden subir escaleras. Tengo escaleras en todas mis casas.
Frunció el ceño, confundida.
—¿Por qué?
—Para poder enfrentarme a ellas cada día.
—¿Cómo te enfrentas a ellas?
—Fácil —dije—. Pliego mi silla en modo portátil, una característica que integré en el diseño. Luego me la ato a la espalda y, con las muletas, subo y bajo las escaleras tantas veces como puedo.
—No suena fácil —su mirada recorrió la escalera antes de volver a mí y pillarme el farol—. Apuesto a que hace falta mucha fuerza y determinación para subir con la silla a cuestas.
—Quizás —me encogí de hombros, aunque tenía razón—. Pero las escaleras forman parte de la vida. Están en todas partes. Dominarlas es una habilidad importante que necesito poder desplegar si hace falta.
—Desplegar —negó con la cabeza, como si lo entendiera todo—. Ya lo pillo. Te encantan los desafíos y siempre estás preparado.
—También es buen ejercicio —intenté quitarle hierro al asunto, pero ya estaba harto de esta conversación—. ¿Y tú? Te hablé de mis padres. ¿Me hablarás de los tuyos?
Abrió la boca y fingió meterse un dedo.
—Abu-rri-do.
—Cuéntamelo de todos modos —dije—. Los socios deberían conocer lo básico el uno del otro.
—¿Socios? —se atragantó con la palabra y se apresuró a disimular su reacción con una historia breve recitada a toda velocidad—.
Mi padre era sargento del ejército. Conoció a mi madre mientras estaba destinado en Corea del Sur.
Por si te lo preguntabas, esto explica mi aspecto —se pasó las manos por los costados del cuerpo.
Arqueé las cejas.
—¿Cómo es eso?
—Papá era negro. Sus ancestros venían de las Islas Salomón, lo que explica mis ojos claros y mi pelo tirando a rubio. La forma de mis ojos la heredé de mi madre. El color de mi piel es mezcla de ambos. ¡Ta-chán! —levantó los brazos con su teatralidad habitual—. Estás ante una maravilla genética.
—Una maravilla genética hermosa, inteligente y talentosa.
—Si tú lo dices. —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Me contaron que la familia de mi madre prohibió la unión. Según cuentan, cuando nací, dijeron que era una mestiza y una abominación.
El dolor brilló en sus ojos mientras sus dedos, que golpeaban la mesa, se aceleraban frenéticamente.
—¿Mina? —Extendí la mano y la puse sobre la suya, calmándole los dedos—. Te diste cuenta de que estaban equivocados, ¿verdad?
Levantó un hombro con languidez.
—Con el tiempo.
Su herencia mixta le había causado sufrimiento. Era un descubrimiento para mí, algo que no constaba en ningún archivo, pero importante porque explicaba algunas de sus reacciones.
—¿Qué pasó después? —pregunté.
—Mamá murió cuando yo era muy pequeña. Papá…
Vaciló y deslizó la mano de debajo de la mía antes de continuar.