Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo Tres #2
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Capítulo Tres #2

—¿Te refieres por esto? —se dio unos golpecitos en la silla de ruedas sin apartar los ojos de la pantalla.

—¡Tengo que salir corriendo, ya! —espeté—. Necesito largarme de aquí cuanto antes.

—Crees que no podré seguirte el ritmo —su tono neutro sonó a acusación, reforzada por una sacudida de cabeza irritada—. Princesa Leia, deberías darle una oportunidad a un Jedi.

—No lo entiendes —gemí—. Esos cabrones de ahí fuera no van a rendirse ahora que me han encontrado. Aquí estamos hablando del lado oscuro. Si no trabajas para los Vader de este mundo, no querrás verte metido en esto.

—No trabajo para el imperio del mal.

Pulsó algunos botones más y esbozó una sonrisa de suficiencia mirando la pantalla.

—Houston, tenemos despegue.

¿Despegue? ¿Este payaso ha perdido la chaveta?

—Confía en mí —me dedicó su sonrisa arrogante—. Este payaso está muy cuerdo.

—Hay armas ahí fuera —señalé hacia la cafetería con el paraguas, ignorando que mi cerebro y mi boca funcionaban ya sin filtro—. ¡Van a matarme, y a ti también!

—Puede que no —levantó la mirada y clavó en mí sus sinceros ojos marrones—. Estoy intentando equilibrar la balanza. El momento lo es todo. Tu mejor opción soy yo.

Una serie de golpes brutales sacudió la puerta detrás de él. Di un salto y me estampé de espaldas contra la salida de emergencia. Alguien intentaba echar la puerta abajo desde el lado de la cafetería. El miedo me atravesó y el pulso se me aceleró tanto que no podía pensar con claridad.

El tío bueno de la silla de ruedas ni siquiera parpadeó.

Su calma contrastaba con las emociones que me asaltaban desde todas partes, el terror por encima de todas.

Su ecuanimidad me sacaba de quicio. Y también su intensa concentración en el maldito mando.

¡Esto no era un puto videojuego! ¡Esto era la muerte a punto de llegar!

Detrás de mí, la salida de emergencia se sacudió con violencia. Me aparté de un salto y vi a un mastodonte empuñando una pistola enorme, mirándome a través de la ventanilla rectangular. El muy cabrón sonrió con malicia al verme, me apuntó a la cara y apretó el gatillo.

Me estampé contra el suelo con tanta fuerza que el cerebro me rebotó dentro del cráneo.

Plink, plink, plink. El cristal no se rompió.

—Es antibalas —me informó, sin dejar de manejar el mando.

Ni siquiera se había molestado en apartarse.

Las rodillas y los codos magullados me escocían mientras me incorporaba.

—¿Cómo lo sabías?

—Lo comprobé de antemano.

Lo había comprobado. De antemano. ¿Qué clase de Jedi era este tío?

—Del tipo preparado —tecleó en la consola—. ¿Lista para largarnos de aquí?

—Joder, sí —no quería morir en la trastienda de una cafetería cualquiera.

—Eso pensaba —siguió a lo suyo—. Vas a tener que hacer exactamente lo que te diga.

Me encogí.

—No te lo tomes a mal, pero soy un lobo solitario. Trabajo sola.

Levantó la cabeza y me miró a los ojos.

—¿Puedes hacer una excepción y prometerme que no te separarás de mí?

—¿Quizás? —no tenía ni idea de cómo iba a sacarnos de aquí con vida, pero si me daba la oportunidad de escapar, le mentiría sin el menor reparo.

Se le crisparon los labios y no supe qué me enfurecía más: que él estuviera tan tranquilo, tan sereno, tan dueño de sí mismo mientras yo estaba muerta de miedo, frenética y temblando, o que su mirada astuta brillara con la certeza de que sabía que le estaba mintiendo.

—Buena decisión, princesa —deslizó los dedos por la cruceta—. No te eches atrás. Allá vamos.

Pop, pop, pop. Los sonidos amortiguados llegaron a través de la puerta.

El matón se estampó contra la salida de emergencia.

Con los ojos desorbitados, aplastó la cara contra el cristal sin dejar de golpear la puerta con el arma.

Lo observé incrédula mientras sus golpes perdían fuerza.

La luz de sus ojos se apagó. Pasaron unos instantes antes de que se apartara de la puerta y retrocediera tambaleándose como un borracho.

El arma se le escurrió de la mano. El golpe de su cuerpo pesado contra el hormigón del exterior hizo temblar el suelo bajo mis pies.

Con el pulso martilleándome en las sienes, miré más allá del cristal y vi al grandullón despatarrado en el suelo. Justo encima de él flotaba un dron pequeño y redondo, del tamaño de una Roomba.

¿Un dron?

—Sí —dijo—. Es un compañerito muy mañoso.

—¿Has matado a ese hombre?

—Debería haberlo matado —con un clic mecánico, enganchó el mando al lateral de la silla y lo ajustó sobre el muslo izquierdo—. Iba a matarte a ti, y a mí también si le dejaba, pero tengo por norma matar solo cuando es imprescindible.

Impulsó los aros, pasó rodando junto a mí y se detuvo frente a la puerta de emergencia, donde forcejeó con un extremo de la barra.

Para mi asombro, extrajo un pequeño cilindro metálico y se lo guardó en el bolsillo.

Había bloqueado la puerta y se había asegurado de que la barra no pudiera abrirse antes de que yo llegara a la cafetería.

—No lo entiendo —tragué en seco—. ¿Cómo sabías que vendrían hoy?

—No lo sabía —comprobó la pantalla y echó un vistazo por la estrecha ventana de la puerta—. Pero sabía que era muy probable que surgieran problemas en algún momento. Así que, durante los últimos tres días, me aseguré de bloquear esta puerta cada vez que estabas en la cafetería.

Abrí la boca y volví a cerrarla. No podía dejar de mirarlo embobada.

—¿Quién eres? —murmuré, y luego con más fuerza—: ¿Quién demonios eres?

—El enemigo de mi enemigo es mi amigo —golpeó la barra, abrió la puerta de un empujón y, cruzando el umbral con la silla, me la sujetó.

—De ninguna manera —negué con la cabeza, incrédula—. No eres... No puedes ser él.

—Soy él. —Su boca se curvó en esa mueca desafiante que aniquiló lo poco que quedaba de mi entereza—. Me conoces como Demon.

—¿Qué demonios haces aquí? —exigí con voz chillona.

Su mueca se volvió gélida y sus ojos se oscurecieron.

—He venido a por ti.