Capítulo Cuatro
Mina
—¿Demon? —chillé, sin poder creer lo que estaba oyendo por encima del martilleo del pulso en mis sienes—. ¿De verdad eres el Demon?
—Afirmativo.
La convicción en su voz era más de lo que podía asimilar en ese momento. Innegable e incomprensible a la vez.
Dios mío. —¿Cómo?
—Ya te lo explicaré —dijo—. Ahora, menos cháchara y más acción. Sígueme.
Giró la silla, empujó los aros y salió disparado por el largo muelle de carga elevado que se extendía ante nosotros. Abarcaba toda la manzana, recorriendo la parte trasera del edificio donde varios negocios tenían sus locales.
Por un momento, no supe qué hacer. Demon era impresionante. Pero también me daba un miedo terrible. Miré al matón desplomado en el suelo. Yo podía ser la siguiente.
El matón soltó un ronquido.
¿Un ronquido?
Me agaché para mirarlo más de cerca. Tres dardos rematados con pequeñas plumas sintéticas sobresalían de la parte posterior de su grueso cuello.
Uno había impactado justo en el centro del peculiar tatuaje del hombre: tres cúpulas en forma de cebolla encerradas en un círculo.
Al examinarlos mejor, vi pequeños cilindros colgando de las agujas clavadas en su carne.
¿Dardos tranquilizantes?
Debería haberlo matado. La voz de Demon resonó en mi cabeza. Pero no había matado al asesino. Porque tenía una regla. Había elegido otra opción.
Me quedé atónita. Demon no era un asesino a sangre fría. Si podía evitar matar a alguien, lo hacía. Había neutralizado a este hombre disparándole los dardos tranquilizantes desde el dron. Y a mí no me había matado.
Aún.
Intrigante, aterrador y desconcertante, todo a la vez.
El sonido estridente de un silbato de ganado me sacó de mi asombro.
—¡Eh, Specter! —Demon trazó un círculo en el aire con el brazo—. Vamos. Ese era solo el conductor, uno de cinco. No tenemos todo el día. ¡Muévete!
Mis pies respondieron a su orden. Corrí para alcanzarlo. Delante de mí, trasteó con el mando y siguió rodando.
El enemigo de mi enemigo es mi amigo.
Había sido el asunto de todos y cada uno de los mensajes que Demon me había enviado.
Era la única prueba que tenía para creer que era quien decía ser.
Eso, y su asombroso nivel de eficiencia.
Encajaba con la actuación de Demon en la red y su legendaria reputación como el mejor hacker de todos los tiempos.
Su perseverancia también era notable. Había rechazado sus ofertas varias veces y, sin embargo, ahí estaba, lanzado a toda velocidad delante de mí.
—¡Espera! —grité cuando se dirigió hacia la escalera de hormigón—. ¡Ten cuidado!
Sin perder el ritmo, agarró la barandilla, giró la silla y la sujetó con la otra mano. Fue un movimiento rápido, ágil y ensayado que desafiaba todo lo que yo sabía sobre el movimiento en silla de ruedas, la fuerza de los brazos y la resistencia de las articulaciones del hombro humano en general.
Sin soltar el metal, los bíceps se le hincharon y las manos le fueron resbalando mientras bajaba las escaleras dando botes sobre las ruedas traseras. Llegó al suelo en cuatro segundos exactos. Jamás había visto nada igual, no tan rápido, no así. Este hombre estaba hecho de titanio.
Tiró hacia atrás de la rueda derecha mientras empujaba hacia delante la izquierda, y giró suavemente la silla para encarar el extremo sur del callejón. —Muévete, Mina.
Mina. Me había llamado Mina. ¿Sabía mi nombre?
—Sí, sé tu nombre.
¿Cómo?
—Explicaciones después, tenemos que irnos.
No hacía falta ser un genio para saber que tenía razón.
Mis botines repiquetearon en los escalones mientras lo alcanzaba.
Un zumbido suave sobre nuestras cabezas anunció la llegada del pequeño dron.
Sin apartar la vista de la pantalla, Demon sacó una pistola con silenciador de su bolsa.
Levantó el brazo, apuntó a un Suburban negro aparcado detrás de la cafetería y, calculando los disparos, reventó los tres neumáticos visibles desde donde estábamos.
—Eso nos dará algo de tiempo —guardó el arma en la correa que llevaba cruzada sobre las caderas y miró la pantalla—. Ponte detrás de mí —ordenó, retrocediendo mientras vigilaba la esquina sur—. Mano en mi hombro. Encógete todo lo que puedas.
Me agaché detrás de su silla de ruedas y retrocedí hacia el lado opuesto del callejón.
En cuestión de segundos, un hombre y una mujer doblaron la esquina con metralletas compactas en alto.
Sabía lo suficiente para darme cuenta de que, aunque el dron sobrevolaba sobre nosotros, sus dardos no tendrían nada que hacer contra esas Uzis.
—Agáchate —Demon giró bruscamente, obligándome a refugiarme detrás de unos contenedores antes de cubrirse él mismo.
Una ráfaga de disparos impactó en el metal.
Aferrada a mi bolso y mi paraguas, me tapé los oídos y me acurruqué detrás de él.
Había jugado a todos los videojuegos que merecían la pena, pero ninguno transmitía la realidad de la muerte con tanta crudeza como el silbido de las balas reales pasando cerca y el olor acre de la cordita impregnando el aire.
Demon esperó una pausa en el tiroteo, se asomó por el borde y respondió al fuego.
Una nueva ráfaga de balas silbó cerca. Mantuvo la posición, apuntó y disparó.
Eché un vistazo rápido: el asesino caía.
Demon disparó de nuevo y la mujer se desplomó.
Agarrándose el hombro, se arrastró hasta ponerse a cubierto tras la pared.
Hecho comprobado: Demon era un tirador de la hostia.
Otro hecho comprobado: estábamos en clara desventaja numérica y de armamento.
Tenía que largarme de aquí cagando leches.
Me di la vuelta y salí corriendo hacia el norte del callejón, hacia la seguridad, hacia la libertad.
—¡Specter, retrocede! —el ladrido de Demon me alcanzó, pero seguí corriendo—. ¡Mina Moses, detente!
Fue el sonido de mi nombre completo lo que me hizo frenar en seco. Hacía tanto tiempo que no lo oía en voz alta. Me detuve y me giré para ver a Demon que venía tras de mí.
—Como no me hagas caso, te van a volar ese bonito culo —gruñó mientras me alcanzaba—. Ahora vendrán por el norte.
—¿Q-qué? —me quedé boquiabierta, con el pánico aún nublándome el juicio.
—Agáchate —ordenó.
Demon colocó su silla en ángulo frente a mí y, tras girar una barra que desenganchó del lateral, abrió un escudo de golpe. Lo sostuvo con el brazo izquierdo. Efectivamente, dos asesinos doblaron la esquina a la carrera, disparando sus Uzis y lanzando una lluvia de rat-a-tats en nuestra dirección.
Me tiré al suelo detrás de él, esquivando por los pelos la ráfaga mortal de balas que rebotaban en el escudo y astillaban el callejón, haciendo saltar esquirlas de hormigón por todas partes.
Las balas me rozaron los pies. Me encogí con las rodillas contra el pecho y apoyé el hombro en el lateral de la silla de ruedas.
Demon asomó la cabeza un instante por detrás del escudo, levantó el arma y derribó a los dos hombres con un par de disparos certeros.
Dos disparos perfectamente certeros.
Era letal, tanto en la red como fuera de ella.
Cerró el escudo de golpe, miró la pantalla y cortó el aire con la mano.
—En marcha.
Se dirigió hacia el norte del callejón.
—Por aquí.
Me puse de pie con las rodillas temblándome y los dedos de manos y pies entumecidos. Mientras trotaba tras él, caí en la cuenta de que, si hubiera seguido mis instintos, ahora estaría muerta. No había dejado de protegerme ni un solo instante durante el ataque.
Me condujo por la calle lateral, lejos de la multitud.
La velocidad con la que impulsaba su silla de ruedas me obligaba a correr tras él sin aliento.
Sus movimientos eran fluidos, exactos y poderosos.
Los músculos de la espalda se le ondulaban y los bíceps se le hinchaban mientras los brazos no paraban de empujar.
Ahora resultaba evidente que su fuerza en el tren superior era extraordinaria.
Encogido en posición de carrera, movía sus formidables brazos en un movimiento circular rápido que seguía la rotación de las ruedas.
Se inclinaba hacia delante, agarraba los aros y las ruedas, empujaba con fuerza y, aprovechando el impulso, llevaba las manos de vuelta a las caderas para empujar de nuevo, ganando aún más velocidad.
Aviso de pensamiento random: era hermoso en movimiento, seguro de sí mismo, eficiente y preciso. No era la primera vez que me fijaba en la elegancia de su figura.
Al final del callejón, giró a la izquierda y se lanzó por la acera. Yo tropezaba con el suelo irregular, y sus ruedas también daban botes, pero los baches no lo inmutaron. Saltaba los bordillos rotos y atravesaba las hiedras que colgaban de las vallas como si no existieran.
No era él quien me ralentizaba. Era yo quien lo ralentizaba a él.
Empujando con más fuerza, aceleró, saltó el bordillo, cogió un buen vuelo y aterrizó en el asfalto como si fuera uno con su silla. Aumentó la velocidad de nuevo, cruzó la calle, levantó las ruedas delanteras y saltó de vuelta a la acera.
—Joder, tío, ¿quién coño eres? —resolplé al alcanzarlo cuando se detuvo en la siguiente esquina y miró a ambos lados—. ¿Un corredor olímpico de silla de ruedas? ¿Un campeón de WCMX freestyle?
—Las dos cosas —dijo, y ni siquiera jadeaba—. Mantén el ritmo, princesa.
Salió disparado a un ritmo brutal. Lo perseguí. Santas ruedas. Era un atleta de verdad, un hombre al que ningún obstáculo iba a detener. Era imparable, mientras que mis pulmones enclenques estaban a punto de reventar.
—Contacto en cuatro segundos —anunció por encima del hombro.
—¿Contacto? —jadeé, boqueando.
Levanté la cabeza de golpe y se me cayó el alma a los pies.
Laura Bishop dobló la esquina frente a nosotros.
Llevaba un chaleco antibalas sobre el impermeable magenta, y sus botas rosas de agua martilleaban el hormigón.
Venía hacia nosotros con el arma en una mano y la placa en la otra.
Con las piernas moviéndose frenéticamente, parecía un flamenco aturdido que intentaba alzar el vuelo sin conseguirlo.
—¡FBI! —gritó Bishop, bloqueando nuestro camino—. ¡Baje el arma! ¡Manos arriba!