Capítulo Uno #2
Hacía unos meses, mi equipo y yo habíamos descubierto que Laskin era el líder de una trama intrincada para aniquilar la democracia global y destruir a Estados Unidos y sus aliados.
Para ello, el hijo de puta había creado Hellbound, una vasta y peligrosa red cibernética criminal diseñada para difundir desinformación, manipular elecciones, polarizar a nuestros ciudadanos y comprometer nuestra seguridad nacional.
Laskin también era el director ejecutivo de Bruckner, una fuerza mercenaria privada, el ejército en la sombra del Kremlin. El cabrón era responsable de algunas de las peores atrocidades cometidas en Ucrania, África y el resto del mundo.
Sacar a Oleg Laskin de circulación se había convertido en la misión principal de nuestro equipo. Y no era tarea fácil. El oligarca multimillonario se había abierto camino hasta convertirse en el perro faldero número uno de su jefe y tenía vastos recursos a su disposición.
Mientras nos preparábamos para actuar contra Laskin, el cabrón se enteró de que Battle Brothers y Equipo Elite iban a por él. Laskin pasó a la ofensiva. El imbécil estaba acechando a mi gente para destruir mi unidad antes de que llegáramos a él.
Equipo Elite era la unidad de combate de élite de Battle Brothers.
Oculta tras la fachada de una exitosa cooperativa de equipamiento outdoor, Battle Brothers —BB para abreviar— era la principal empresa privada de seguridad global de Estados Unidos.
Reclutaba a los mejores operadores especiales de la comunidad militar para ejecutar misiones de alto riesgo, en su mayoría humanitarias, que nadie más se atrevía a abordar.
Los fundadores de BB me habían dado la oportunidad de servir cuando nadie más lo habría hecho.
Después de mi lesión, los hermanos Battleson me acogieron en sus filas, invirtieron en mí, perfeccionaron mis habilidades y me reconstruyeron desde cero.
El día que BB me asignó a Equipo Elite, una nueva vida se abrió ante mí.
Si BB me había dado un camino de vuelta a la vida, Equipo Elite era mi vida.
Mi equipo era más que una unidad de combate, era también una hermandad extraordinaria: hombres y mujeres por los que daría mi vida; mi verdadera familia.
Protegerlos se había convertido en mi misión principal.
Haría cualquier cosa para garantizar su seguridad.
Aunque eso significara escabullirme, dejarlos atrás y embarcarme en solitario en una misión con pocas probabilidades de éxito y alto riesgo, la única manera de llegar a Laskin antes de que él llegara a ellos.
Specter no me lo había puesto fácil. La hacker me había dado guerra.
Tenía que admitir que, mientras rastreaba la Dark Net para encontrar su paradero, había desarrollado admiración por la forma peculiar y única en que funcionaba su mente privilegiada.
Tenía talento de sobra, y sus ataques eran frescos y originales.
Una vez que me centré en ella, me di cuenta de que ya nos habíamos enfrentado antes. Era una adversaria despiadada. Cada vez que jugábamos al gato y al ratón, su ingenio me desafiaba, me estimulaba y me renovaba. Había pulido mis habilidades como ningún otro hacker en el planeta.
Cuando por fin logré infiltrarme en sus canales de comunicación, hice varios acercamientos cibernéticos.
Todos incluían ofertas jugosas, intentos descarados de apelar a su debilidad por el dinero contante y sonante.
Me dio con la puerta en las narices en cada ocasión.
Todos los hackers eran paranoicos, yo incluido, pero ¿Specter?
Su nivel de paranoia estaba en otra liga.
Como mis propuestas online fueron rechazadas, ideé un plan diferente. Implicaba ir a por ella directamente, a presión, cara a cara.
Por fin había localizado a Specter en San Francisco.
Durante la última semana, había desplegado cámaras de vigilancia alrededor del Airbnb donde tenía su guarida y también alrededor de la cafetería que frecuentaba.
Varios días de observación remota y cuarenta y ocho horas de reconocimiento directo haciéndome pasar por un cliente matutino en el café habían ampliado mi perfil de ella.
Puede que ya no pudiera correr el kilómetro y medio en cuatro minutos, pero mi experiencia en inteligencia y mi lesión me habían dado un sexto sentido para las personas.
Al observar a Specter durante los últimos dos días, había detectado comportamientos contradictorios.
En persona, proyectaba cierta fragilidad, una aprensión que chocaba con su confianza descarada en la red.
Era una dualidad que no podía explicar. Mi instinto me decía que había que tratarla con cuidado.
Me había propuesto establecer una relación con ella antes de revelar quién era y qué necesitaba, pero poner en práctica la estrategia había resultado difícil. Era la versión humana de una cámara acorazada. En los últimos dos días, se había negado a hablar con nadie, y eso me incluía a mí.
La mayor parte del tiempo, cuando venía al café, apenas hablaba.
Se sentaba en el rincón del fondo durante exactamente diez minutos, con el café entre las manos mientras navegaba en su portátil, blindado como una fortaleza.
Lo sabía porque había intentado entrar en su sistema muchas veces.
Sin excusas. Era un hacker que hacía lo que hacen los hackers.
¿Qué más daba si respetar la privacidad de mi objetivo nunca había estado entre mis prioridades morales?
Me había dado tres días para cerrar el trato con Specter. Ayer, el segundo día, después de varios intentos, había visto cómo se le curvaban los labios ante una broma que le hice al barista. Mi avance ya no servía de nada. Los asesinos estaban aquí. Estábamos contra las cuerdas.
Volví a mirar el reloj. T menos tres minutos.
Apuré el último sorbo del capuchino y arrugué el vaso en el puño. Lo lancé por encima de la cabeza hacia el contenedor de reciclaje.
Canasta.
El atleta competitivo que llevaba dentro nunca dejaba pasar una oportunidad de poner a prueba mis habilidades. Iba de la mano con el guerrero que era, dispuesto a afrontar cualquier desafío que se cruzara en mi camino, aunque me costara la vida.
Ya había pasado por eso, lo había vivido y tenía las cicatrices para demostrarlo.
Pulsé los iconos en la tableta y transferí las imágenes a las gafas inteligentes sin montura que llevaba.
Eran un prototipo de BB con capacidad interactiva.
Se activaron y me permitieron monitorizar mis dispositivos de vigilancia y recibir la información que fluía por los márgenes de mi campo visual.
Me colgué la bandolera de un hombro y la abroché contra el muslo derecho, al alcance de la mano. Con naturalidad, me incliné, me aseguré las correas de las pantorrillas y ajusté el cinturón pélvico.
Oorah.
Armado, cargado y listo para la acción.
Acababa de guardar la tableta en la bandolera cuando sonó la campanilla de la puerta.
Una mujer alta con un chubasquero rosa y botas de agua rosa neón entró con paso decidido.
Se echó la capucha hacia atrás y dejó al descubierto una mata de pelo castaño encrespado, ojos pequeños tras unas gafas gruesas y una nariz larga y severa que olfateaba el aire como si rastreara una presa.
Joder.
Podía oler a un federal en misión a kilómetros de distancia.
Mi programa de reconocimiento facial confirmó el tufo.
Un nombre apareció en el borde de mi visión, pero ya sabía quién era.
La aparición de Laura Bishop en escena complicaba las cosas.
No me conocía, pero yo me había encargado de conocerla a ella.
No me cabía duda de que estaba aquí por Specter.
Jodidamente fantástico. Cómo me encantaba el olor a asesinos y federales por la mañana. El día prometía ser un auténtico desastre.
Bishop era una de las mentes más brillantes del Grupo de Trabajo Conjunto de Investigación Cibernética Nacional.
Había construido su carrera cazando a algunos de los mejores hackers del mundo y encerrándolos en prisiones federales hasta que se les pudrieran los dedos y el cerebro se les convirtiera en papilla por la atrofia.
La mera idea de quedar desconectado de mi oficio me daba escalofríos.
Bishop se dejó caer en un sofá cercano, de espaldas a mí, y cogió un libro de la mesa de centro.
La mayoría de sus víctimas eran hackers de la lista de los Más Buscados como Specter, pero que me llevara el diablo si quería estar cerca de la ciberpolicía más tenaz de los federales.
Los límites del mundo del hacking eran difusos, como mucho, y yo no era ningún ángel.
Me calé el gorro hasta la frente y me felicité por haber añadido la barba tupida al disfraz.
Confiaba en que las gafas inteligentes distorsionaran cualquier imagen mía que Bishop, los secuaces de Laskin o cualquier otro pudiera capturar.
Hasta la fecha, ningún programa de reconocimiento facial que conociéramos había logrado burlar la protección de las gafas.
En cuanto a la silla de ruedas, la mayoría pensaría que era una pista clara. Si todo salía según lo planeado, Bishop seguramente la investigaría, pero no iba a encontrar nada sobre algo que no constaba en ningún registro.
Ventaja Elite.
Aun así, por el bien de Specter, necesitaba poner mucha distancia entre Bishop y nosotros.
A largo plazo, las probabilidades de que Specter se mantuviera fuera de la cárcel eran casi nulas.
Puede que estuviera destinada a terminar sus días de hacker en una prisión federal, pero todavía no.
No hasta que consiguiera lo que necesitaba de ella.