Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10)
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Capítulo Uno
Trev
Los asesinos llegaron temprano.
Aparcaron su Suburban en el callejón detrás de la cafetería y esperaron unos minutos. Yo estaba sentado a una mesa dentro del café cuando mis instintos se pusieron en alerta. Cuando el vehículo siguió allí con el motor en marcha, la alarma interior se intensificó.
Amenaza inminente. Las sirenas sonaron en mi cabeza. Esto no es un simulacro.
Dejé el café, me incliné hacia delante en la silla y observé en mi tableta cómo del todoterreno salía un equipo de cuatro: tres hombres y una mujer. Deslicé el dedo por la pantalla, hice zoom con la cámara tres y activé el programa de reconocimiento facial.
Nombres, edades, fotos policiales y extensos antecedentes penales aparecieron junto a las imágenes de cada miembro del equipo conforme entraban en el campo de la cámara dos. En la parte inferior de la pantalla se desplegaba información adicional.
Bingo.
Los asesinos pertenecían a la Bratva de Hollywood, la rama local de la mafia rusa, una de las bandas de sicarios más competentes de la Costa Oeste.
Tenía sentido. Le di un sorbo al capuchino.
Desde el principio había sabido que las probabilidades de un intento de asesinato contra mi objetivo de alto valor eran astronómicas.
También sabía sin lugar a dudas quién había contratado a este equipo.
Una mezcla de anticipación y adrenalina me recorrió el cuerpo. Oleg Laskin había hecho su jugada.
Laskin era un expresidiario reconvertido en oligarca ruso y señor de la guerra a escala mundial, con gusto por el genocidio.
Un hijo de puta despiadado con bolsillos tan profundos como los de su jefe: el sociópata que dirigía el Kremlin.
A la hora de eliminar brutalmente a sus enemigos, Laskin no escatimaba en gastos.
El modus operandi sanguinario de la Bratva encajaba a la perfección con la crueldad desmedida del cabrón.
Vaya pacto infernal.
Había que reconocerles algo de mérito a los mierdas de la Bratva.
Habían elegido bien el escenario. El Distrito de la Misión de San Francisco era un hervidero aquella fresca mañana de octubre.
La fiesta anual del barrio para celebrar la diversidad empezaba a las diez, pero el tráfico ya atascaba la calle y hordas de gente con disfraces creativos pasaban frente a los ventanales de la cafetería.
Las aglomeraciones siempre eran una ventaja para los criminales con experiencia.
El equipo de asesinos llevaba vaqueros, sudaderas con capucha y chaquetas que ocultaban sus armas a la mayoría, aunque no a mí. Había aprendido por las malas en lugares como Afganistán, Siria, África y Ucrania que la muerte parece completamente normal cuando se camufla entre la gente.
Un quinto hombre, el conductor, se quedó con el vehículo.
Los limpiaparabrisas del Suburban barrían las gotas de lluvia que caían de vez en cuando sobre el parabrisas tintado.
El cristal oscuro reflejaba el cielo, donde un débil rayo de sol atravesaba las nubes plomizas como un presagio de esperanza.
Sonreí. Aunque las cosas se torcieran y las misiones se complicaran, yo siempre apostaba por el éxito.
Llevaba demasiado tiempo corriendo contra el reloj del apocalipsis, pero la llegada del equipo me forzó la mano y aceleró mis planes. Menos mal que estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado.
Había elegido mi posición con cuidado y me había asegurado de tener control visual del terreno, dentro y fuera del local.
Los ventanales que rodeaban la cafetería me daban vistas completas de la entrada al callejón, la calle principal y el edificio de enfrente.
Mis dispositivos de vigilancia, desplegados estratégicamente, eliminaban los puntos ciegos y alimentaban la pantalla dividida de mi tableta con imágenes en directo.
Estaba listo.
Siempre estaba listo.
Como oficial de inteligencia de los Raiders, había vivido media vida bajo el lema de los Marines, Semper Fi, Siempre Fiel: a la paz mundial, a la libertad, a mi país y a mi equipo.
Mi lesión me había llevado a adoptar un segundo lema, Semper Paratus, Siempre Preparado.
La combinación de ambos definía mi vida y explicaba mi disposición de hoy.
Observé a través de las ventanas cómo el equipo salía del callejón.
El asesino uno tomó posición a las dos, mezclándose con la multitud en la acera.
El asesino dos se apostó a unos metros de la entrada principal de la cafetería, cigarrillo en mano, a las diez.
Los asesinos tres y cuatro entraron en el local, se acercaron al mostrador y pidieron.
Mientras esperaban, la asesina exploró el lugar con un barrido visual.
Lo hizo con naturalidad, pero se tomó su tiempo evaluando a la gente que había dentro del local.
Su mirada se detuvo en el cachas de los brazos enormes.
Vestido con ropa de gimnasio, sorbía su chai latte absorto en un frenesí de mensajes.
Pasó a estudiar al empresario trajeado que devoraba un pastelito junto a las ventanas, y luego al caballero mayor que no paraba de echar sobres de edulcorante en el espresso.
Cuando me tocó a mí, su mirada pasó de largo. Como si fuera un ladrillo más en la pared. Para ella, era invisible. Inocuo. Inofensivo.
Su error.
Sonreí por dentro.
Cómo me encantaba que me subestimaran, joder.
Dadas mis habilidades, muchas de mis batallas se libraban online.
Pero me negaba a quedarme confinado en un búnker cibernético.
Era un cazador nato y nada, ni siquiera mi lesión, podía cambiar eso.
Me había partido el lomo para seguir siendo un activo eficaz sobre el terreno.
Sin que casi nadie lo supiera, mi silla de ruedas deportiva era una herramienta sofisticada, una pieza de tecnología integrada y de vanguardia que yo mismo había diseñado para ofrecer el máximo rendimiento y versatilidad al operador que era.
También servía como camuflaje.
La asesina número cuatro no sabía nada de eso. Así que, cuando tocó la pantalla del móvil, se lo llevó a la oreja y sus labios formaron la palabra «despejado», se creyó la mentira a pies juntillas.
Cafés en mano, los asesinos tres y cuatro se sentaron a la mesa junto a la puerta.
Sus posiciones delataban el plan. Iba a ser un secuestro exprés en cuanto el objetivo saliera del edificio.
La multitud ayudaría a disimular la maniobra.
El todoterreno en marcha se largaría a toda velocidad con la víctima.
La tortura y el asesinato vendrían después, en alguno de los escondites de la banda.
No iba a suceder.
Miré el reloj. T menos siete minutos. Una eternidad en el mundo de un operador.
Tiempo de sobra para terminar el capuchino y repasar los detalles de mi operación una última vez.
Mi objetivo hoy era atrapar a una hacker de primera: la peligrosa y escurridiza Specter.
Era la única que podía llevarme adonde necesitaba ir.
Pulsé un pequeño icono en la parte inferior de la pantalla y abrí el perfil que había recopilado sobre ella. Cualquiera que intentara mirar mi tableta vería un juego tonto en marcha, cortesía de la capa de camuflaje del prototipo. Mis sistemas estaban blindados.
Toqué la pantalla y amplié la única foto que tenía de una de las adversarias más astutas con las que me había topado.
Desentrañar sus alias y llegar a su identidad real había sido un quebradero de cabeza monumental.
Me costó un tiempo que no tenía y unas cuantas neuronas.
Y aun así, lo único que conseguí fue un nombre y una foto antigua de un carnet de conducir expedido hacía más de quince años.
Estudié la foto del carnet de conducir. Mina Moses. Mujer. Un metro sesenta y ocho, cincuenta y cuatro kilos, datos del montón que podían alterarse fácilmente, suponiendo que no lo hubiera hecho ya al sacarse el carnet.
Lo más distintivo de ella eran sus enormes ojos grises, ovalados.
Brillaban en su rostro como un par de estrellas perfectamente alineadas.
Con su intensidad iridiscente, contrastaban de manera impactante con su piel cobriza.
En la foto, el desafío irradiaba de su mirada, un reto abierto y feroz a cualquiera que osara buscarla.
La dirección del carnet era ahora un aparcamiento.
No había partidas de nacimiento que coincidieran, ni registros de que hubiera asistido a colegios o universidades, nada.
Era como si nunca hubiera existido antes ni después de obtener ese carnet de conducir.
Su invisibilidad me intrigaba sobremanera.
Todos los que me conocían sabían lo que pasaba cuando algo me intrigaba. Mi mente se aceleraba hasta rayar en la obsesión, especialmente cuando las vidas de mi equipo dependían de que desentrañara los entresijos de esta mujer fascinante... quiero decir, misterio.
Los primeros rastros notables que encontré de Specter como hacker estaban relacionados con un golpe de hacía unos años.
Había colado una Herramienta de Acceso de Administración Remota —un RAT, como lo llamábamos en el mundillo de la ciberseguridad— en los servidores de una red de tráfico de personas.
Les había birlado una cantidad obscena de dinero a esos cabrones, justo antes de publicar en internet los nombres de todos los culpables y aportar pruebas visuales de sus crímenes. El FBI e Interpol se llevaron un botín gracias a ella, pero el dinero nunca apareció.
Bueno, yo sí encontré el dinero —al menos parte— pero su destino solo aumentó mi desconcierto.
Su perfil era un rompecabezas. Decir que su comportamiento era desconcertante era quedarse corto.
Tenía muchas preguntas para Specter. Hoy iba a obtener respuestas, después de completar mi objetivo principal: conseguir que se uniera a mi causa.
La persuasión pacífica siempre era mi opción preferida, pero la llegada de los asesinos exigía actuar de inmediato. Para atrapar a Oleg Laskin, necesitaba a Specter.
Viva.