Tres semanas en otoño Epílogo
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Epílogo

Un año después

La primera hoja cae el martes diecinueve de octubre a las ocho menos cuarto de la mañana, mientras subo la persiana.

No es una metáfora ni nada. Es una hoja de plátano de sombra, de las grandes, de las que se ponen marrones antes de caerse, y baja del árbol del semáforo dando vueltas y aterriza justo delante de la puerta, encima del felpudo, con esa puntería que tienen las cosas cuando no significan nada.

La recojo con la mano y la tiro a la papelera de la esquina.

Y luego me quedo un momento en la acera, con el frío de las ocho menos cuarto, mirando la fachada de La Castañera.

El rótulo está veinte centímetros más arriba.

Lo subió Toño el nueve de noviembre del año pasado, un lunes, media hora de trabajo, y no me quiso cobrar hasta que le dije que si no me daba una factura no lo dejaba entrar más, y le pareció una amenaza seria.

Y debajo, a la altura de la mano, a la derecha de la puerta, está el buzón de hierro verde con el escudo de la Lotería Nacional y el número cuarenta y siete.

Lo limpiamos una vez al mes. La gente sigue parándose a mirarlo. Y desde febrero, algunos, los muy tontos, echan cosas dentro: papelitos, entradas de cine, notas. Yo lo vacío los domingos y las guardo en una caja de zapatos, porque en este bar hay que guardarlo todo en cajas de zapatos, es la ley.

Entro. Enciendo la Faema a las siete y cuarenta y cinco.

Cuarenta minutos.

* * *

Voy a contar el año deprisa, porque es lo que ha sido: deprisa.

Volví a la agencia el lunes nueve de noviembre a las diez de la mañana y dimití.

Bea me llevó a un japonés y me dijo tres veces que estaba loca y una cuarta, ya con el postre, que si algún día tenía que montar la cena de Navidad de una empresa de doscientas personas en un local pequeño y con encanto, se acordaría de mí.

Lo dijo de broma. En diciembre me mandó cuarenta y dos personas de una consultora y desde entonces hacemos tres eventos privados al año fuera de horario, que da más dinero que dos semanas de barra.

En enero abrió Granos & Co en Cea Bermúdez. Es bonito, hay que reconocerlo: madera clara, plantas colgadas, gente joven con portátiles.

En marzo perdí el diecisiete por ciento de la caja.

El diecisiete. Olmedo había dicho entre el diez y el quince, así que se quedó corto.

Y hay un sábado de marzo del que sí me acuerdo entero.

Fue el trece. Mi madre llevaba seis semanas viniendo los sábados y ya no le hacía falta que le dijera nada: llegaba a las nueve, se ponía el delantal y se metía en la caja.

Ese día yo tenía encima de la mesa dos los cuadres de las ocho semanas anteriores, en papel, porque las cosas malas yo las tengo que ver en papel.

Se acercó con el bolígrafo detrás de la oreja, miró las hojas de arriba abajo y no dijo nada durante un rato bastante largo.

—Menos diecisiete —dijo.

—Menos diecisiete.

—¿Y el crédito ese?

—No hay crédito. He metido lo que tenía.

—¿Todo?

—Todo.

Mi madre cogió una silla, la puso enfrente y se sentó. Y entonces hizo la cosa más útil que ha hecho por mí en treinta y cuatro años, que fue coger el bolígrafo y ponerse a hacer números conmigo durante una hora y veinte minutos con el bar abierto.

No me consoló. No me dijo que iba a salir bien.

Mi madre no dice eso. Lo que hizo fue tacharme el proveedor de las servilletas, pasarme el pan a la panadería de la calle de atrás, quitarme dos referencias de cerveza que no vendo, obligarme a subir el café a un euro veinte —«llevas cinco meses regalándolo, hija, y encima el tuyo es mejor»— y decirme que el descafeinado de sobre es una vergüenza para esta casa.

Ahorramos cuatrocientos diez euros al mes en una hora y veinte minutos.

Y cuando terminamos, se levantó, se fue a la cocina y estuvo un rato sin salir.

Yo la fui a buscar por la puerta del almacén, sin querer, con la excusa de una caja de agua.

Estaba de pie delante del fuego, con la cafetera italiana pequeña de mi tía —la de media tarde, la que estaba en la balda de arriba con la manilla quemada— echando el café en un vaso.

Y luego se lo bebió allí, de pie, en la cocina, sin sentarse, mirando la pared, en el minuto y medio que tarda una mujer de sesenta y seis años en tomarse un café de pie.

No dijo nada. No lloró. Enjuagó la italiana, la dejó boca abajo en el escurridor y volvió a la caja.

Yo me quedé en la puerta del almacén con una caja de agua en las manos, y no entré, y no le dije nada, y llevo un año sin decirle nada de aquello y no pienso decírselo nunca.

En abril recuperé cuatro puntos. En junio, tres más.

Ahora estoy en menos seis por ciento respecto al año pasado, y la diferencia la cubren los eventos de Bea, los cuarenta cafés diarios que trae la gente que viene a ver un buzón, y cuatrocientos diez euros al mes de una señora con un bolígrafo detrás de la oreja.

Nadia está a jornada completa y cobra doscientos euros más. Yo cobro mil doscientos cuarenta.

Fermín cumplió ochenta y dos en junio, se lo celebramos aquí con una tarta de las Bermejo y no le hizo ninguna gracia.

Sigue viniendo a las ocho y cuarto. Sigue pagando setenta céntimos.

Y desde marzo, cuando yo libro los martes, se lo pone Nadia, y se lo pone en vaso calentado y con la cucharilla dentro, porque se lo he enseñado igual que me lo enseñaron a mí.

La primera vez que se lo puso ella, en marzo, yo estaba en la puerta del almacén y lo vi todo.

Fermín cogió el vaso. Dio las tres vueltas. Bebió.

—Bueno —dijo.

Y luego, mirando a Nadia, que tenía veintiocho años y una bandeja en la mano y llevaba tres días muerta de miedo por ese cortado:

—Como lo hacía Amparo.

Eso es lo único que he hecho aquí que me parece que vale de verdad: que ese cortado sobreviva a la persona que lo hace.

* * *

Y luego está mi madre.

Mi madre viene los sábados por la mañana. Llega a las nueve, se pone un delantal —tiene uno suyo, colgado en el mismo gancho del almacén desde hace once meses— y hace la caja de la mañana y me discute los precios.

No hemos hablado de la carta. Hemos hablado de todo lo demás.

Ha hablado de mi tía delante de mí catorce o quince veces desde febrero, siempre de golpe y sin avisar, siempre a propósito de otra cosa: que Amparo no sabía freír un huevo, que Amparo tenía una manera horrible de doblar los manteles, que a Amparo le daba miedo el metro.

Y una vez, en mayo, un sábado a las once y media, con el bar lleno, se le escapó «cuando nosotras abrimos esto» delante de seis personas, y se puso colorada, y siguió cobrando.

En julio se sentó en la mesa tres con las hermanas Bermejo.

Cuarenta y cinco minutos. Yo estaba detrás de la barra sacando cafés y no miré ni una vez, porque hay cosas que se estropean si las miras, y de lo único que me enteré fue de que a la salida Chelo le dijo «hasta el sábado, Rosarito» y de que mi madre contestó «hasta el sábado».

Hoy es martes, así que hoy no viene. Pero el jueves cumple mi tía un año y medio de muerta, que no es una fecha de nada, y sin embargo el domingo por la noche mi madre me mandó un mensaje que decía: «El jueves si quieres vamos al cementerio y luego comemos».

Le contesté «vale».

Y luego me quedé una hora larga mirando la palabra «vale» en la pantalla, que es lo que hacemos en esta familia en vez de llorar.

* * *

De Teo.

Idoia Elorriaga le dijo que no. Se lo dijo el martes diez de noviembre por teléfono, muy amablemente, con dos argumentos que él me repitió y que eran los dos razonables: que un jefe de compras con equipo tiene que estar donde está el equipo, y que si le hacían esa excepción a él tendrían que hacérsela a los tres siguientes.

Firmó igual. Se incorporó el uno de diciembre.

Alquiló el piso de Indautxu, el de la isla en la cocina y el trozo de monte al fondo, y me mandó una foto del salón el día que lo estrenó, y en la foto había una caja sin abrir en medio del parqué, un cargador enchufado y nada más, y yo le contesté «muy bonito» y él contestó «ya».

En febrero colgó un cuadro. Me mandó la foto sin comentario. Era una lámina fea de una exposición de Bilbao, torcida.

Vino en abril. Tres semanas, del doce al dos de mayo, la ruta de primavera de Madrid: Villaverde, Alcalá, Fuenlabrada. Estuvo en el Hostal Delia las dos primeras noches por costumbre y las diecinueve restantes en mi casa.

El último día, el dos de mayo, hizo la maleta por la mañana. Es su norma y no la discute nadie: la maleta se hace la mañana del último día para no tener que hacerla por la noche.

Bajó al bar a las ocho con ella. La dejó apoyada en la pared, al lado de la puerta, y se fue a la mesa del fondo, y se tomó cuatro cafés a lo largo de la mañana como un hombre que no tiene ninguna prisa.

A las once y media se levantó.

Y en medio de mi bar, delante de Fermín, de las Bermejo y de dos albañiles, me tendió la mano.

La mano. Como se la tiende a Bego Llorente en Fuenlabrada y al chico del almacén de Villaverde. Con el brazo estirado y todo.

—Que vaya bien —dijo.

En la mesa de al lado, Chelo Bermejo hizo un ruido con la garganta que se oyó en Cuatro Caminos. Fermín bajó el periódico dos dedos y me miró por encima de las gafas con una cara que no le he visto ni antes ni después.

Y a Teo, que llevaba nueve años despidiéndose así de la gente con la que trabaja porque es la única forma de despedirse que ha aprendido, se le fue poniendo colorada la punta de las orejas mientras seguía con el brazo estirado en medio de mi salón.

—Perdona —dijo—. Se me ha ido la cabeza.

Y se empezó a reír. Se rio de verdad, con ruido, por primera vez en cuatro semanas, apoyado en el respaldo de una silla, y luego me cogió la cara con las dos manos —que las tenía frías, que las tiene siempre frías— y me besó delante de todo el mundo, y Chelo Bermejo empezó a aplaudir sola.

Cogió la maleta. Cogió el tren de las siete.

Y esa noche, a las siete y cuarto, con el tren ya en marcha, me llamó desde el vagón para decirme que había salido con retraso.

Nada más. Cinco minutos hablando de un retraso.

En nueve años no había llamado a nadie desde un tren.