Epílogo #2
Hablamos casi todos los días. Unas veces mucho y otras dos frases, que en él es mucho. En julio se le complicó una compra en Etiopía y estuvo diecinueve días sin cobertura decente y a mí se me hizo un mes de agosto larguísimo dentro de julio.
No vivimos juntos. No sé si viviremos juntos. Tenemos treinta y cuatro y treinta y siete años y una manera de estar bien que nos hemos inventado nosotros a base de equivocarnos, y que consiste, básicamente, en que él viene y en que yo no le pido que se quede.
Eso es todo lo que hay. A veces me parece poquísimo. Casi siempre me parece más de lo que tenía este barrio en cuarenta y dos años.
* * *
A las ocho y cuarto entra Fermín.
—Buenos días, criatura.
—Buenos días.
Vaso calentado, cucharilla dentro, la leche antes de que haga burbuja. Tres vueltas. Bueno.
A las nueve menos veinte entra Nadia, cuarenta minutos antes de su hora, con el móvil todavía encendido y una cara que no le he visto nunca.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Nadia.
—Que me ha llamado un número de Zaragoza tres veces.
—¿Y?
—Que no lo he cogido. —Se guarda el móvil en el bolsillo de atrás con más fuerza de la necesaria y se ata el delantal—. ¿Bajo yo el pedido o lo bajas tú?
—Nadia.
—El pedido.
—Lo bajo yo.
Y no me cuenta nada más, y yo no le pregunto, porque en esta casa no se pregunta.
Aunque, la verdad, algún día voy a tener que romper esa costumbre. Es lo único de esta herencia que no pienso pasarle a nadie.
* * *
A las nueve y cinco están las hermanas Bermejo en la mesa tres.
Lo de siempre: un descafeinado de máquina en vaso, muy corto, con la leche templada, no caliente; y un manchado con sacarina, no con azúcar, que ella dice que con azúcar pero es con sacarina.
Se lo pongo sin preguntar. Hace un año lo apunté en una libreta palabra por palabra, incluida la discusión.
—Guapa.
—Dígame.
—El uno es lunes.
—Ya lo sé.
—Que el uno de noviembre es lunes, digo, y el bizcocho lo hacemos igual.
—Faltaría más.
—Y Amadeo ya ha dicho lo del puesto.
—Amadeo lo dijo en marzo.
—Es que Amadeo dice las cosas con tiempo.
* * *
Y a las nueve y veinte suena la campanilla.
Estoy de espaldas, con las dos manos en el molino, sacando la primera dosis del segundo servicio, y no me giro. No me giro porque llevo un año haciendo esto y porque el ruido de la puerta a las nueve y veinte de un martes de octubre es un ruido de trabajo.
—¿Lo de siempre? —digo.
Y no contesta nadie.
Y ahí, en ese silencio de dos segundos, ya lo sé, porque hay una manera de no contestar que solo tiene una persona en el mundo.
Me giro con el portafiltros en la mano.
Abrigo gris. Bolsa de lona cruzada. Una maleta pequeña de ruedas al lado de la puerta.
Fermín aparta el periódico a un lado.
—Anda —dice Chelo Bermejo, con una voz que se oye en Cuatro Caminos—. Si es el chico.
Teo deja la maleta apoyada en la pared. Cruza el salón. Y en vez de sentarse en la mesa del fondo, viene hasta la barra, se apoya con las dos manos en el mármol y se queda ahí, mirándome, con esa atención completa suya, sin parpadeo y sin prisa.
—Llegas mañana —digo.
—He cogido el de anoche.
—Son las nueve y veinte de la mañana.
—Ya.
Tengo el portafiltros en una mano y un trapo en la otra y catorce personas mirando, y me tiemblan las rodillas como si tuviera diecinueve años.
—¿Cuánto? —digo.
Porque esa es la pregunta. Es la única pregunta que hay en esta barra desde hace un año, y este año la he hecho dos veces y las dos veces él ha contestado con un número, y los dos números han sido buenos y los dos números han terminado.
Teo saca la libreta del bolsillo del abrigo. Una libreta negra, nueva, con la goma.
La deja encima del mármol y la empuja dos dedos hacia mí, como empuja Fermín el platillo.
—Ábrela por el final —dice.
La abro por el final.
En la última página escrita, con lápiz de carpintero, hay una fecha de hace tres días y una línea:
Bilbao. Última semana. Sabe a caja sin abrir.
Y debajo, en la página siguiente, en blanco, hay una sola palabra escrita en el centro, sin fecha, sin nada más.
Indefinido.
Levanto la cabeza.
—Teo.
—Me han dado Madrid. —Y se le tuerce un poco la boca, ese músculo pequeño que no llega a sonrisa y que a estas alturas conozco mejor que mi propia cara—. Compras de origen desde aquí. Viajo lo mismo, cobro un poco menos y tengo que ir a Bilbao una semana al mes.
—¿Desde cuándo?
—Desde el uno de enero.
—¿Y cuándo te lo han dicho?
—El jueves. —Se pasa la mano por la nuca—. Lo pedí en noviembre y me dijeron que no. Y lo he vuelto a pedir en marzo, en junio y en septiembre.
—Cuatro veces.
—Cuatro veces.
Me apoyo en la máquina, que está caliente, y me quemo un poco, y me da igual.
—O sea que te quedas.
—No. —Y lo dice muy serio, con una precisión de catador—. Vuelvo. Todos los meses. Eso es lo que has dicho tú siempre.
Y entonces, en la barra de La Castañera, un martes de octubre a las nueve y veinticinco de la mañana, delante de catorce personas, de dos hermanas que llevan cuarenta años discutiendo por una sacarina y de un señor de ochenta y dos años que ha doblado el periódico para no perderse nada, me pongo a llorar de una manera absolutamente ridícula, con el portafiltros todavía en la mano.
—Joder —digo.
—No digas tacos —dice Maruja Bermejo—, que hay un niño.
No hay ningún niño.
Suelto el portafiltros. Me limpio la cara con el dorso de la muñeca, que es como se limpia uno la cara detrás de una barra, y respiro, y hago lo único que sé hacer cuando me tiemblan las manos.
Cojo un vaso. Lo pongo debajo del grifo del agua caliente hasta que quema. Lo vacío. Lo seco por fuera.
—Un café solo —dice él.
—Ya lo sé.
Tiro el primer chorro. Seco el portafiltros con el paño. Cargo, prenso con la muñeca recta, enrosco.
Veinticinco segundos.
Sale con una crema color avellana, densa, con el ojo en el centro.
Se lo pongo delante, en la barra, en el sitio en el que va, y me apoyo enfrente con los codos en el mármol de una pieza que hoy ya no se hace.
—Bueno —digo—. ¿Y bien?
Teo coge la taza con las dos manos.
Fuera, en la calle Buenaventura, empieza a caer la segunda hoja del otoño, y a nadie de los que estamos aquí dentro le importa lo más mínimo.