Tres semanas en otoño 21 #2
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21 #2

Y hace lo último que yo esperaba: cierra la carpeta y sonríe. Una sonrisa corta, de un segundo, la primera suya que no está calibrada.

—Es lo que me temía desde el día que me pidió los catorce días —dice.

Se levanta. Me da la mano.

—Le dije que no habría tercera visita y no la va a haber.

—Se abrocha el abrigo—. Le voy a decir dos cosas, y las digo delante de todo el mundo, que aquí por lo visto es como se hacen las cosas.

La primera: abrimos en Cea Bermúdez en enero y le vamos a quitar entre el diez y el quince por ciento de la clientela de mañana, y va a doler en marzo. Que lo sepa desde hoy.

—Lo sé.

—Y la segunda: la oferta de la señorita Cortés sigue en pie hasta el treinta y uno de diciembre por si algún día la necesita. —Se vuelve hacia la barra—. Eso no lo retiro. Está firmado por mi director de operaciones y no me gusta romper papeles firmados.

—Muchas gracias —dice Nadia, con una voz rarísima.

Olmedo se pone el abrigo. Y en la puerta, con la mano en el tirador, mira hacia arriba, hacia la fachada, hacia donde está el buzón verde.

—Buen hallazgo —dice—. Póngalo en el escaparate y no lo tape nunca.

Y se va.

* * *

Se va a las nueve y cuarto, y el bar entero se pone a hablar a la vez, y las Bermejo lloran, y Dani grita algo, y Fermín da tres palmadas separadas y muy lentas, y mi madre se queda sentada muy recta mirándose las manos.

Y durante cinco minutos, La Castañera es un sitio ingobernable.

Chelo Bermejo me abraza por encima de la barra tirándome un vaso.

Amadeo dice que hay que celebrarlo y pide un moscatel a las nueve y diez de la noche de un domingo.

Dani, que ha grabado los últimos treinta segundos con el móvil sin que yo me diera cuenta, me enseña un vídeo horrible en el que se me ve de espaldas y se oye el ruido de la nevera.

—Bórralo.

—Ni de coña.

—Dani.

—Que esto lo va a ver mi abuela ochenta veces, en serio.

Su abuela, que está sentada en la mesa cuatro con el bastón entre las rodillas y que no ha abierto la boca en tres horas, dice, con una voz de ochenta y siete años:

—Yo desayunaba aquí cuando esto era una lotería.

Y se hace un silencio, y todo el mundo se vuelve a mirarla, y ella se queda tan tranquila.

—Con mi madre —añade—. Nos daban un vaso de leche.

Y entonces Nadia hace lo único práctico que se puede hacer, que es empezar a poner cafés, y la gente se pone a hablar otra vez, y yo me meto detrás de la barra a trabajar porque es lo único que sé hacer con las manos cuando me tiemblan.

A las nueve y cuarto exactas, Fermín me llama con el dedo.

—Criatura.

—Dígame.

—El lunes, a las ocho y cuarto.

—Ya lo sé, Fermín. Me lo dijo usted esta mañana.

—Ya. —Se pone la boina—. Es que ahora es verdad.

Y a las nueve y veinte se abre la puerta otra vez.

Es Teo.

Con el abrigo gris, la bolsa de lona cruzada y una maleta pequeña de ruedas en la mano derecha.

El bar se calla de golpe por segunda vez en veinte minutos.

—Perdón —dice—. Tengo el tren a las nueve y media.

—El tren sale a las nueve y media —digo, y me sale una voz que no es la mía—. Desde Chamartín. No te da tiempo.

—Cojo el siguiente.

Deja la maleta al lado de la puerta.

Y hace una cosa que no le había visto hacer nunca en veintiún días: cruza el salón hasta la barra, se pone del lado de fuera, apoya las dos manos en el mármol y dice, en voz alta, delante de veintiséis personas:

—¿Me pones un café?

* * *

Le hago un café.

Y todo el mundo se calla y se aparta un poco sin decidirlo, y de repente hay un semicírculo alrededor de la barra y yo estoy haciendo un café solo con veintiséis personas mirándome las manos.

Tiro el primer chorro. Seco el portafiltros con el paño. Cargo, prenso con la muñeca recta, enrosco. Veinticinco segundos.

Sale con una crema color avellana, densa, con el ojo en el centro.

Se lo pongo delante.

Teo saca la libreta negra de la bolsa. Le quita la goma. La abre por una página en blanco y saca el lápiz de carpintero.

Y entonces hace lo que hace todos los días de su vida desde hace once años, y que aquí, esta noche, a las nueve y veinticinco, con la persiana subida y el barrio dentro, se convierte en otra cosa.

Coge la taza con las dos manos. No bebe: huele. La deja. Espera. Vuelve a cogerla, y sorbe con ese ruido feo, absorbiendo aire, pulverizando el café en la boca.

Nadie respira.

Deja la taza.

Y escribe siete palabras. Yo las cuento desde el otro lado del mármol sin querer contarlas, igual que conté cuatro el primer día.

Después arranca la hoja. La arranca despacio, por la costura, y la dobla por la mitad, y me la pone en el mármol.

—Es la última de la temporada —dice.

Y se bebe el café entero.

* * *

Cojo el papel cuando ya se ha ido.

Se va a las nueve y media, después de dar la mano a Fermín, a Amadeo, a Toño y a los dos Julián; de que Chelo Bermejo lo abrace sin pedirle permiso; de que Nadia le diga algo al oído que no oigo y que le hace bajar la cabeza; y de que mi madre, desde su silla, le diga «buen viaje» de una manera educada y clarísima.

A mí me besa en la puerta de mi bar delante de todo el mundo, dos segundos, sin decir nada.

Y se va con la maleta calle Buenaventura abajo, hacia el semáforo, sin prisa, sin correr, sin volverse.

Yo desdoblo el papel con las manos temblando, detrás de mi barra, con veintiséis personas fingiendo con muy poca convicción que están hablando de otra cosa.

Día 21. Sabe a sitio al que se vuelve.

* * *

La libreta está en la mesa del fondo.

La encuentro a las once menos veinte, cuando ya se ha ido todo el mundo y estoy subiendo las sillas, y al principio pienso que se la ha olvidado y me da un vuelco el estómago, porque un hombre que se deja el cuaderno de trabajo en un bar tiene un problema serio.

Está en el centro exacto de la mesa, con la goma puesta, y el lápiz de carpintero al lado, en paralelo.

Encima hay un pósit amarillo de los del cuaderno de los paquetes de los vecinos.

Esto es tuyo. Lo demás me lo he copiado.

T.

Me siento en su silla. Le quito la goma.

La parte de delante son once años de oficio: fecha, almacén, origen, procesado, altitud, muestra, puntuación, notas. Cientos de fichas con una letra pequeña y regular.

Y la abro por el final.

Día 1. Sabe a nervios. Prometedor.

Día 2. Sabe a decisión tomada demasiado pronto.

Día 3. Sabe a estrenar zapatos.

Día 4. Sabe a discusión en la puerta.

Veintiún páginas. Una por día. Con la fecha arriba y una línea escrita a lápiz de carpintero, cada una hecha en el borde de una cama con una colcha de flores, en una habitación de sesenta euros a dos calles de aquí, por un hombre que no dijo nada en veintiún días.

Llego al día seis y tengo que parar.

Llego al día catorce y tengo que parar otra vez.

Y cuando llego al veinte, que es el último que hay escrito porque el veintiuno está arrancado y lo tengo doblado en el bolsillo del delantal, me quedo un rato largo sentada en la mesa del fondo de La Castañera, sola, a las once de la noche del domingo ocho de noviembre, con la persiana bajada y la máquina apagada.

Día 20. Sabe a la palabra «vuelve».

* * *

Día 21. Sabe a sitio al que se vuelve.