Tres semanas en otoño 21
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Enciendo la Faema a las siete menos veinte del día veintiuno.

Cuarenta minutos. Los cuento como los he contado veinte veces, con el reloj del móvil encima del mármol, y en esos cuarenta minutos hago lo de siempre: limpiar el cristal por dentro, bajar las sillas, cargar el molino, sacar el pan, poner la primera tanda de vasos a calentar boca abajo encima de la máquina.

Y a las siete y media subo la persiana con el botón, que ya no hay que subirla a pulso.

Fuera, en la fachada, el buzón verde con el número cuarenta y siete lleva dos días descubierto y el rótulo lleva dos días apoyado contra el escaparate por dentro.

A las ocho y cuarto entra Fermín.

—Buenos días, criatura.

—Buenos días.

Le pongo el cortado en vaso, con el vaso calentado antes y la cucharilla dentro. Le sale bien. Me sale bien porque llevo veintiún días haciéndolo y porque hoy me tiemblan las manos y a estas alturas las manos ya no dependen de mí.

Da tres vueltas con la cucharilla. Bebe.

—Bueno —dice.

—¿Bueno de verdad?

—Bueno de verdad. —Deja el vaso—. ¿A qué hora viene el señor ese?

—A las nueve de la noche.

—Ya.

Se bebe el resto. Deja los setenta céntimos en el mármol.

—Yo mañana vengo a las ocho y cuarto —dice.

Y se va, sin esperar respuesta, que es su manera de decirme lo que me acaba de decir.

* * *

El domingo pasa como pasan los domingos aquí: vacío hasta las once, familias con el pan hasta la una y media, y a partir de las tres una calma con la tele sin voz y los dos jubilados del dominó, que traen sus fichas.

Nadia hoy libra y viene igual. Llega a las cinco con vaqueros y una chaqueta que no le había visto, se pone detrás de la barra sin delantal y se pone a colocar vasos.

—Nadia, que libras.

—Ya lo sé.

—¿Y qué haces?

—Colocar vasos. —No me mira—. ¿Te molesta?

—No.

—Pues ya está.

A las seis menos cuarto llegan las hermanas Bermejo, que los domingos nunca vienen.

A las seis y diez llega Dani, que trae a su abuela, a la que yo no había visto en veintiún días y que resulta ser una señora de ochenta y siete años con un bastón y una permanente perfecta.

A las seis y veinte llegan Amadeo y el perro, y Toño, y Marta, que ha cambiado un turno.

A las seis y media, La Castañera está llena un domingo por la tarde de noviembre, cosa que no ha pasado en tres semanas.

Nadie dice a qué han venido.

—Estamos tomando algo —dice Chelo Bermejo, cuando la miro.

—Ya veo.

—Es domingo.

—Es domingo.

* * *

Mi madre llega a las siete.

Entra por su propio pie, cruza el salón entero y se sienta —no en la mesa tres, que está ocupada por sus dueñas, sino en la de al lado— y se quita el abrigo.

Se quita el abrigo.

Lo dobla encima del respaldo de la silla de al lado, se sienta con la espalda recta, y en el silencio que se ha hecho en el bar dice:

—Buenas tardes.

—Buenas tardes, Rosarito —dice Maruja.

—Buenas tardes, Maruja.

Y ahí se rompe algo pequeño y muy antiguo, y las Bermejo se ponen las dos a hablar a la vez para taparlo, y el bar vuelve a su ruido.

Le llevo un café. Se lo pongo en vaso, con la cucharilla dentro.

—¿Te sientas un momento? —dice.

Me siento.

Mi madre mira el local. Lo mira despacio: el mármol, la máquina, los azulejos verdes, el marco de la foto con el cristal limpio, la balda de acero del almacén que se ve desde aquí por la puerta abierta.

—Está limpio —dice.

—Es lo que hay.

—No, no es lo que hay. —Le da una vuelta a la cucharilla—. Yo llevo treinta años pasando por delante de este escaparate cuatro veces al mes, hija. Cuatro veces al mes. Y esto llevaba diez años sucio y con la carta plastificada rota, y ahora está limpio.

No sé qué contestar a eso, así que no contesto.

—¿Qué vas a hacer? —dice.

Y ahora me toca decírselo a alguien por primera vez en voz alta, y resulta que la persona a la que se lo digo primero es ella, cosa que no me esperaba esta mañana.

—No voy a vender.

Mi madre no dice nada durante cuatro segundos.

—¿Por él?

—No.

—Lola.

—No, mamá. De verdad que no. —Y me apoyo con los codos en la mesa—. Él se va esta noche a las nueve y media en un tren desde Chamartín y firma un contrato mañana en Bilbao. Y se lo he dicho yo. Anoche.

—¿Cómo que se lo has dicho tú?

—Que iba a rechazar el trabajo para quedarse y le he dicho que no lo hiciera.

Mi madre me mira. Me mira de un modo que no le he visto nunca, con la cabeza un poco de lado.

—¿Y por qué has hecho eso?

—Porque me enseñasteis a no preguntar —digo—.

Y porque a la única conclusión a la que he llegado en tres semanas leyendo cartas de tu hermana es que la gente que renuncia a cosas por otra persona acaba pasándole la cuenta, aunque no quiera, aunque tarde treinta años. Y yo no quiero ser la factura de nadie.

Se hace un silencio.

—Eso es lo más listo que has dicho en tu vida —dice mi madre—. Y lo más triste.

—Ya.

—¿Y entonces por qué no vendes?

Y ahí saco del bolsillo del delantal el folio que llevo doblado desde el jueves.

—Porque he hecho los números.

* * *

Se los enseño. Se los enseño de verdad, como se los enseñaría a un cliente, porque llevo doce años haciendo esto y es lo único que sé hacer bien.

Caja media de las tres semanas. Coste de personal con Nadia a jornada completa y yo cobrando lo mínimo. Proveedores. Suministros. Cero de alquiler, porque el local es nuestro. Amortización de lo que he metido este mes.

Sale poco. Sale muy poco.

—Sale mil cien euros al mes para mí —digo—. Mil cien. En la agencia cobro dos mil ochocientos y en diciembre iba a cobrar tres mil quinientos.

—Hija.

—Y me faltan cosas por arreglar. La instalación eléctrica entera hay que renovarla en dos años. Los aseos están de los ochenta. Y hay una cadena que va a abrir a doscientos metros de aquí en enero, en Cea Bermúdez, y eso me va a costar clientes.

—¿Y entonces?

—Y entonces está lo otro. —Doblo el folio—.

Que hay una mujer en esta calle que puede trabajar de nueve a siete porque aquí siempre hay alguien para recogerle los paquetes.

Que un señor de ochenta y un años lleva veintitrés años pagando setenta céntimos por un café que vale uno diez, y que eso no es un precio, es un recibo, y no lo va a cobrar nadie más.

Que hay un hombre en Vallecas que tuesta una mezcla que no está escrita en ningún sitio y que lleva cuarenta y tres años mandándola a esta esquina.

Que el uno de noviembre se corta esta calle desde el año ochenta y tres y que el puesto se pone en esa puerta.

—Eso no da de comer.

—No.

—Eso lo dicen todos los que se arruinan, Lola.

—Ya lo sé.

—Yo trabajé once años aquí y sé de sobra lo que da y lo que quita.

—Lo sé, mamá.

Mi madre se queda mirando su vaso.

—Bueno —dice.

Y luego, después de un rato:

—Yo los sábados no hago nada.

Levanto la cabeza.

—¿Cómo?

—Que los sábados por la mañana no hago nada, y que la caja de tu tía la llevaba yo cuando esto abrió, y que tú no sabes llevar una caja. —Se pone bien el cuello de la blusa—. No te estoy diciendo nada. Te lo digo por si acaso.

* * *

Olmedo llega a las nueve menos cinco.

Y no llega solo: detrás de él, con un maletín distinto y cara de estar en un sitio en el que no esperaba estar un domingo por la noche, llega el notario.

Un señor con gafas y una carpeta que se llama don Ignacio y que viene, según me explica en la puerta, a levantar acta del cumplimiento del plazo del testamento, cosa que se puede hacer por escrito pero que Olmedo ha querido hacer así.

Los dos se paran en seco al entrar.

Porque dentro de La Castañera, a las nueve menos cinco de la noche de un domingo, hay veintiséis personas.

Están las Bermejo. Está Fermín, que ha vuelto a las ocho con la boina en la mano. Está Amadeo. Está Dani con su abuela. Está Toño. Está Marta. Están los dos Julián. Está la chica del abrigo largo. Está el del quiosco. Está Nadia detrás de la barra con los brazos cruzados. Está mi madre.

Y nadie ha organizado esto. Eso es lo que hay que entender: nadie ha hecho un grupo de WhatsApp ni ha llamado a nadie. Simplemente, en un barrio, la gente sabe a qué hora pasan las cosas.

—Buenas noches —dice Olmedo, con una educación impecable—. ¿Interrumpo?

—No.

—¿Prefiere que hablemos en otro sitio?

Y es aquí donde tomo la única decisión de puesta en escena de mi vida, y la tomo con doce años de oficio detrás.

—No —digo—. Aquí está bien.

* * *

Nos sentamos en la mesa dos. Don Ignacio saca su carpeta, comprueba mi DNI, lee en voz baja un párrafo de un papel y anota la fecha y la hora.

—Certificado —dice—. Veintiún días. Cumplido.

Olmedo abre la carpeta de plástico transparente. Saca los tres folios grapados que trajo el domingo veinticinco de octubre y que no llegó a abrir.

Y no dice ni una palabra de venta. Este hombre sabe exactamente dónde está.

—Señora Campos —dice—. Le escucho.

Y yo me pongo de pie.

Me pongo de pie porque hay veintiséis personas y desde una silla no se me oye, y porque llevo doce años sabiendo que hay cosas que se dicen de pie.

—Señor Olmedo, le agradezco mucho estas tres semanas. Se lo digo en serio: usted ha sido honesto conmigo desde el primer día, me ha dicho a la cara cosas que no le convenían, y ha hecho por mi empleada más de lo que tenía ninguna obligación de hacer.

—Gracias.

—Y no voy a vender.

En un bar con veintiséis personas no se oye ni una silla.

—Le va a parecer una mala decisión —digo—, y económicamente lo es. Su oferta es buena, el precio es correcto y yo voy a ganar aquí menos de la mitad de lo que gano en mi otro trabajo. Eso lo tengo escrito en un folio con números y me lo he leído cuatro veces.

—Pero.

—Pero es que resulta que esto no era un local.

—Y me oigo la voz por encima del ruido de la nevera de las bebidas—.

Yo llegué el diecinueve de octubre convencida de que había heredado noventa y dos metros cuadrados con salida de humos.

Y lo que había heredado era el sitio donde media calle se entera de que alguien se ha quedado viudo.

Olmedo me mira. Después mira el salón, despacio, de izquierda a derecha, contando personas, que es lo que haría cualquier profesional en su lugar.