20 #2
—Firma Bilbao —digo—. Firma el lunes, coge el trabajo que llevas nueve años mereciéndote, vete a tu piso con isla en la cocina y haz tus ciento noventa días.
Y en primavera, cuando te toque Madrid, vuelve.
Y en otoño vuelve. Y si un año no te toca Madrid, ven igual, tres días, o dos, o los que sean, pero ven porque quieres venir y no porque hayas renunciado a nada por mí.
—Eso son tres semanas dos veces al año.
—Eso son tres semanas dos veces al año.
—Eso no es una vida, Lola.
—Ya lo sé que no es una vida. —Y se me escapa un ruido que no es una risa—.
Es un principio. Es lo único que se puede construir encima sin que se pudra, que es exactamente la frase que me dejó mi tía debajo de una tabla del almacén y que llevo dos semanas repitiéndome como una idiota sin entenderla.
Teo se levanta.
Se levanta y se queda de pie al lado de la mesa, con las manos colgando, y por primera vez desde que entró en este bar hace veintiún días no sabe qué hacer con el cuerpo.
—Es que yo quiero quedarme —dice.
Y es lo más largo que me ha dicho nunca en cinco palabras.
—Lo sé.
—Llevo veinticinco años sin querer quedarme en ningún sitio y ahora quiero quedarme aquí, y me estás diciendo que no.
—Te estoy diciendo que no lo hagas ahora.
—Cruzo el salón. Le pongo las dos manos en el pecho, encima del jersey—.
Teo, si te quedas mañana yo voy a tener que ser suficiente.
Todos los días. Para siempre. Y yo no puedo ser suficiente para justificar que un hombre haya dicho que no al trabajo de su vida, no porque no te quiera, sino porque no hay nadie que pueda ser eso para nadie.
Y tú lo sabes mejor que yo, porque tú viviste seis años en cuatro ciudades con una mujer que hacía cuentas todas las noches en una cocina.
Y ahí —justo ahí— es donde se le rompe la cara.
Dura poco. Dura un segundo y medio y se recompone, porque es él, pero yo lo veo.
—Vale —dice.
—No digas «vale».
—Es que no tengo otra cosa.
Me pone la mano en la nuca. Me apoya la frente en la frente, ahí de pie, en medio de un bar cerrado, y estamos así no sé cuánto tiempo.
—El tren sale mañana a las nueve y media de la noche —dice—. De Chamartín.
—Ya.
—A las nueve y media tú vas a estar aquí con ese hombre.
—Ya.
—Entonces esto es la despedida.
—No —digo, y le agarro el jersey con las dos manos—. Esto no es la despedida. Esto es lo otro. Esto es lo de que vuelvas.
Se ríe. Se ríe de verdad, con un ruido corto, con la frente todavía pegada a la mía, y es el sonido más triste que he oído en mi vida.
Y se va.
Se va a las diez y veinte, con la bolsa cruzada, y yo le abro la persiana con el botón y la vuelvo a bajar cuando ya está en la acera, y me quedo sola en La Castañera con dos vasos de agua encima de la mesa del fondo.
§
Teo
Anduvo hasta el hostal por el camino largo, el de Vallehermoso arriba, y tardó veinticinco minutos en hacer diez.
No estaba enfadado. Lo buscó dentro, honestamente, mientras andaba, porque el enfado habría sido más cómodo: se le habría podido dar la vuelta a todo aquello y convertirlo en «me ha echado», y con eso un hombre puede coger un tren y dormir.
No lo encontró. Lo que encontró, en la esquina de Rodríguez San Pedro, parado en un semáforo en rojo sin coches, fue una cosa muy distinta y muy incómoda: que ella tenía razón, y que él lo sabía desde la noche del martes, cuando hizo números en una servilleta en un bar de Vallecas para demostrarse que era posible.
La gente hace números para demostrarse que algo es posible cuando ya sabe que no es lo correcto.
Subió los tres pisos del Hostal Delia. Se sentó en el borde de la cama con la colcha de flores y se quedó ahí un rato con las manos entre las rodillas, que era lo que hacía siempre.
Después hizo la maleta.
La hizo a las once de la noche, saltándose la única norma seria de su ritual, que decía que la maleta se hace la mañana del último día para no tener que hacerla por la noche.
La hizo por la noche porque sabía de sobra que no iba a dormir, y porque un hombre que no va a dormir necesita algo que hacer con las manos.
Tardó doce minutos. Nueve años de práctica.
Y a las once y cuarto, con la maleta cerrada a los pies de la cama, sacó de la bolsa de lona la libreta negra y una libreta nueva.
La libreta nueva la había comprado el jueves en una papelería de la calle Blasco de Garay, sin saber muy bien para qué, en uno de esos impulsos que a él no le daban nunca. Era igual que la otra: tapas blandas, goma, ciento noventa y dos páginas.
Abrió las dos encima de la colcha.
Y se puso a copiar.
Copió las fichas de trabajo de la temporada de Madrid, una por una, en el mismo formato de once años: fecha, almacén, origen, procesado, altitud, muestra, puntuación, notas.
Cuarenta y una fichas. Villaverde, Alcalá, Fuenlabrada, el lote de Huila de las ochenta y seis familias, la de Etiopía que le había decepcionado.
Copió también, en las últimas páginas, las siete que le había dictado el señor Nieto en un bajo de Vallecas, con la curva de tueste dibujada a mano, que él había pasado a limpio y que ahora pasó a limpio otra vez.
Tardó dos horas y cuarenta minutos.
A las dos menos cuarto de la madrugada tenía una libreta nueva con todo su trabajo dentro y una libreta vieja con dos cosas: once años de método en la parte de delante, que ya no le hacía falta a nadie, y veinte páginas en la parte de atrás.
Pasó esas veinte páginas despacio.
Día 1. Sabe a nervios. Prometedor.
Día 5. Sabe a máquina recién curada. A segunda oportunidad.
Día 12. Sabe a saco de yute. A no decir la fecha en voz alta.
Día 17. Sabe a tinta guardada treinta años.
Día 19. Sabe a esperar en el rellano.
Llegó al final. Cogió el lápiz de carpintero, lo afiló con la navaja pequeña encima de la papelera, y escribió la del día veinte.
Después cerró la goma, dejó la libreta encima de la maleta y se tumbó vestido, y a las cuatro y doce de la mañana estaba despierto, mirando la grieta del techo, pensando por primera vez en veinticinco años no en cómo se coge un tren, sino en cómo se vuelve.
Se levantó. Se sentó en la silla de la habitación, encendió la lamparita y cogió el móvil.
Escribió un correo a Idoia Elorriaga que decía que allí estaría el lunes a las diez, que llevaría la documentación, y que quería hablar de una cosa antes de firmar: de si la empresa vería con malos ojos que él tuviera la residencia en Madrid y la ayuda de relocalización se convirtiera en dietas de hotel para los días de oficina.
Lo leyó tres veces.
Y luego, en vez de borrarlo como había borrado el otro, le dio a enviar a las cuatro y cuarenta y uno de la madrugada, con la maleta hecha a los pies de la cama y una libreta negra encima.
No era una promesa. Podían decirle que no: era un cargo con equipo, con presupuesto y con oficina, y él acababa de pedir vivir a cuatrocientos kilómetros. Idoia iba a tardar tres días en contestar y probablemente iba a contestar que no.
Pero había una diferencia grande entre lo que había escrito aquella noche y lo que había escrito el martes anterior, y Teo la tenía perfectamente localizada.
El martes había escrito «tengo un asunto en Madrid que», y se había parado, y lo había borrado, porque no sabía cómo terminar la frase sin poner encima de la mesa a una persona que no le había pedido nada.
Aquella noche no había puesto a nadie encima de la mesa. Había pedido una cosa suya, por un motivo suyo, con su nombre debajo.
Se volvió a tumbar. No durmió. A las siete y media, cuando empezó a entrar luz gris por la ventana del Hostal Delia, se levantó, se duchó y bajó a devolverle la llave a la señora Delia.
—Que vaya bien, hijo.
—Gracias por todo.
—El año que viene, si vuelves, avisa con tiempo, que en primavera me lleno.
Y Teo, que llevaba nueve años sin contestar nunca a esa frase, dijo:
—Aviso.
* * *
Día 20. Sabe a la palabra «vuelve».