Tres semanas en otoño 20
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El penúltimo día es el mejor sábado que ha tenido este bar desde que yo llegué.

Ciento noventa y seis tickets. Trescientos ochenta y cuatro cafés.

Dos bandejas de tostadas agotadas antes de las once y una tercera improvisada con pan del día anterior que nadie se queja de que sea del día anterior.

La Faema aguanta sin un silbido. Nadia y yo nos movemos detrás de la barra como si lleváramos años, esquivándonos sin mirarnos, cada una en su carril.

Y fuera, en la fachada, un buzón de hierro verde que lleva veinticuatro horas descubierto y que ha traído a este local a más gente que ninguna campaña de marketing que yo haya diseñado en doce años.

Fermín entra a las ocho y cuarto y se encuentra el bar con seis personas de pie en la barra a esa hora, cosa impensable un sábado.

—Anda —dice.

—Buenos días, Fermín.

—Esto parece un lunes.

—Es el agujero de la pared.

—El buzón —me corrige, y se va a su mesa.

Las hermanas Bermejo llegan a las diez y no consiguen la mesa tres, porque en la mesa tres hay una familia de cuatro con dos niños desayunando churros que han traído de fuera.

Se quedan de pie. Las dos. En medio del salón, con los bolsos, mirando a esa familia con una dignidad ofendida que se podría cortar en lonchas.

—Señoras, siéntense en la cuatro.

—No, hija, no te preocupes.

—Es que la cuatro está libre.

—Ya lo vemos.

Y esperan. Esperan veinticinco minutos de pie apoyadas en la barra, tomándose lo de siempre en vertical como dos albañiles, hasta que la familia se va y ellas ocupan su sitio sin comentar nada.

—Ha estado bien el desayuno —dice Chelo, cuando ya se ha sentado.

—Muy rico —dice Maruja.

—Yo no digo que no fuera rico.

—Tú has dicho «ha estado bien» con esa voz.

—Yo he dicho que ha estado bien.

—Hay que ver —dice Nadia, a las once y media, sacando cuatro cortados a la vez—. Un agujero en la pared.

—Es un buzón.

—Es un agujero en la pared, guapa. Y llevamos toda la mañana llenos.

A las doce entra un chaval con una cámara de las de verdad, no un móvil, y me pide permiso para hacer fotos de la fachada.

Le digo que sí. Está veinte minutos ahí fuera agachándose y levantándose, y luego entra a tomarse un café y me dice que es de un colectivo que documenta rótulos antiguos de Madrid, y que llevaban años dando por perdido el de la administración cuarenta y siete.

—¿Y ahora qué va a hacer con él? —dice.

Y yo digo:

—Todavía no lo sé.

Que es, a las doce y veinte del sábado siete de noviembre, la frase más honesta que he dicho en tres semanas.

* * *

A la una y media pasa una cosa que no sé interpretar hasta mucho después.

Amadeo entra con el carro de mano, sin castañas, y se lleva el puesto.

—Que me lo llevo, criatura, que dije el sábado.

—Ya. Sí.

Lo envuelve en la manta ahí en la acera, lo ata con dos gomas y lo sube al carro, y yo salgo a ayudarle porque pesa más de lo que parece.

Y cuando ya lo tiene atado, se para.

—El año que viene lo saco el uno.

Y lo dice mirándome. No lo dice mirando el carro, ni la calle: me lo dice mirándome a mí, un sábado por la tarde a las dos menos veinte, treinta y una horas antes de que un señor con un maletín se siente en una mesa de este bar.

—Amadeo...

—Yo digo lo mío. —Coge el carro—. Que lo saco el uno y que va donde va.

Y se va calle Buenaventura abajo con un puesto de castañas de mil novecientos ochenta y tres a la espalda.

Vuelvo dentro. Nadia está sacando dos cañas.

—¿Qué te ha dicho?

—Que el año que viene lo saca el uno.

—Ya.

—Nadia, ¿esto lo estáis haciendo todos?

—¿El qué?

—Esto. Lo de decirme cosas de la primavera que viene.

Nadia deja las cañas en la bandeja, se seca las manos y me mira.

—Guapa, aquí nadie te ha preguntado nada en tres semanas —dice—. Déjanos por lo menos decir cosas.

* * *

Teo llega a las diez y se queda todo el día.

Y está raro. Está raro de un modo que no sabría explicarle a nadie que no lleve veinte días mirándolo: se sienta en la mesa del fondo y no escribe.

Abre la libreta, la mira, la cierra. Se levanta dos veces a echar una mano con las cajas sin que haga falta.

Y a las cuatro de la tarde lo pillo de pie en medio del salón vacío, mirando la barra, con las manos en los bolsillos, como quien mide una habitación.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Teo.

—Estaba mirando el mármol. —Se pasa la mano por la nuca—. Es de una pieza. Eso hoy no se hace.

A las siete y media, cuando ya solo quedan dos mesas, me dice al oído, al pasar:

—¿Puedes salir un momento cuando cierres?

—Puedo.

—No es nada malo.

—Vale.

—Bueno. —Y se lo piensa—. No sé.

* * *

Cerramos a las nueve. Nadia se va a las nueve y cuarto, después de mirarnos a los dos una vez, muy deprisa, y de no decir absolutamente nada, que en esta mujer es la forma más alta de cariño.

Bajo la persiana con el botón. Dejo la luz de la barra encendida.

Y nos sentamos en la mesa del fondo, él en su sitio y yo enfrente, con dos vasos de agua, en un bar cerrado a las nueve y veinte de la noche del sábado siete de noviembre.

—Ayer no tenía «una cosa» —dice.

—Ya me lo imaginaba.

—Fui a ver un piso.

Me quedo con el vaso a medio camino.

—¿Un piso?

—En Fernández de los Ríos. Un primero interior de cincuenta metros, sin ascensor, con la cocina de los años noventa y ochocientos noventa euros al mes.

—Lo dice como dice los datos de un lote, con las cifras exactas—.

Lo pedí el martes por la tarde en un bar de Vallecas. Llevaba desde el domingo pensándolo.

No digo nada. No se me ocurre nada.

—Y ayer entré, y estuve nueve minutos, y era un piso normal. Un poco oscuro. Con una ventana que da a un patio.

—Teo.

—Espera, que esto lo tengo que decir entero o no lo digo.

Se pone las dos manos en las rodillas.

—El plan era ese. Firmar Bilbao, coger el piso de la empresa, y alquilar aquí una cosa pequeña para venir. Y me lo estuve montando el martes en una servilleta: sesenta noches al año aquí, ciento setenta y cinco en Bizkaia y el resto viajando. Y la cuenta salía. Salía bien, ¿eh? Económicamente sale.

—¿Y?

—Y ayer, en ese piso, con la agente de la inmobiliaria enseñándome un armario empotrado, me di cuenta de una cosa muy tonta.

—Levanta la cabeza—. Que sesenta noches al año no es venir.

Es pasar. Y yo lo que estaba montando era una manera muy cara de seguir haciendo exactamente lo mismo que llevo haciendo nueve años, pero con una dirección en Madrid para poder decirme a mí mismo que había cambiado algo.

Se me está acelerando el pulso y no me gusta nada.

—Así que he decidido no firmar Bilbao.

Dejo el vaso en la mesa.

—¿Qué?

—Que llamo a Idoia el lunes y le digo que no.

—Y lo dice tranquilo, sin ningún dramatismo, que es lo peor—.

Sigo de autónomo, que llevo nueve años y no me ha ido mal.

Puedo trabajar desde Madrid: los almacenes grandes están aquí, los de Bilbao los llevo en el día, y viajo a origen dos veces al año como siempre.

Cobraré menos. Bastante menos. Pero no me hace falta tanto.

—Teo...

—Y me quedo aquí.

Y ahí está. Ahí está, encima de una mesa de formica de mil novecientos ochenta y tres, la frase que llevo cinco días queriendo oír con toda mi alma.

Y me pasa una cosa que no me esperaba, que es que se me hiela la sangre.

* * *

—No —digo.

Teo parpadea. Es la primera vez en veintiún días que le veo hacer un gesto involuntario.

—¿No?

—No. No hagas eso.

—Lola, no te estoy pidiendo nada. No te estoy pidiendo que tú...

—Ya sé que no me estás pidiendo nada. Ese es justamente el problema. —Me levanto. Me levanto porque no puedo decir esto sentada—. Escúchame un momento, y déjame llegar hasta el final, que llevo tres semanas sin llegar al final de nada.

Se calla.

—Mi tía escribió en una carta que a los hombres que van por temporadas no hay que medirlos por lo bien que están las tres semanas.

Que hay que medirlos por lo que hacen el último día.

—Doy dos pasos hasta la barra y me apoyo—.

Y yo llevo desde el jueves pensando en eso, y he llegado a la conclusión de que mi tía, con todo el respeto, se equivocaba.

—¿Por qué?

—Porque el ochenta y cuatro no se rompió por lo que hizo Manuel el último día.

Manuel el último día se fue, que es lo que hacen los hombres normales cuando la cosa se complica, y no fue eso lo que envenenó a dos hermanas durante cuarenta y dos años.

—Me oigo la voz y me tiembla—. Lo que envenenó todo fue que dos personas se pasaron cuarenta y dos años pensando que la otra les había quitado algo.

Mi madre creyó que mi tía le quitó un hombre.

Y mi tía creyó que ella misma se había quitado una hermana.

Las dos estuvieron cuarenta y dos años haciendo la cuenta de lo que la otra les había costado.

—Yo no te voy a hacer ninguna cuenta.

—Hoy no. —Y me tiembla más—. Hoy no, Teo, claro que no. Hoy me quieres y estás dispuesto a rechazar el mejor trabajo de tu vida y no me vas a pasar factura, y te lo creo, te creo entero, no estoy diciendo que mientas.

—¿Entonces?

—Que dentro de tres años, un martes de febrero, a las once de la noche, vas a estar en la cocina de un piso de cincuenta metros de la calle Fernández de los Ríos, cansado, cobrando la mitad, con el catálogo de una tostadora de Bilbao abierto en el móvil.

Y no me vas a decir nada. Tú no dices nada nunca. Y yo lo voy a saber igual.

Se hace un silencio muy largo.

—Y lo peor no es eso —digo—. Lo peor es que yo lo voy a saber y no te lo voy a preguntar. Porque en mi familia no se pregunta. Se hereda. Y así es exactamente como empieza.

Teo se pasa la mano por la cara.

—O sea que me estás echando.

—No.

—Porque suena a eso.

—Ya sé que suena a eso. —Y ahora sí, me tiembla la barbilla entera y me da igual—. Yo lo que te estoy diciendo es que no te quedes.

—Lola.

— Que no te quedes. Que vuelvas.

Y ahí se para todo.