Tres semanas en otoño 19
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Toño llega a las nueve con la furgoneta, una escalera de tijera de tres metros y un atornillador de batería.

—A ver ese rótulo.

—Toño, te voy a pagar esto.

—Sí, sí.

—Te lo voy a pagar.

—Sujeta la escalera.

Son seis tornillos y están puestos desde el noventa y siete, así que los seis están agarrotados. El primero tarda cuatro minutos. Los otros cinco, otros veinte. Cada vez que uno cede, el aluminio suelta un crujido y la gente que hay en la acera hace un ruido con la garganta.

Porque hay gente en la acera. A las nueve y cuarto hay seis personas, a las nueve y media hay once y a las diez menos veinte hay diecisiete, incluida una furgoneta de reparto en doble fila cuyo conductor se ha bajado a mirar.

Están las Bermejo. Está Amadeo. Está Dani, que ha aparcado la moto en la acera de enfrente y ha dejado el reparto a medias.

Está Marta, que ha salido de guardia a las ocho y en vez de irse a dormir se ha venido aquí.

Está Fermín en una silla que le ha sacado Nadia.

Está Teo, sujetando el otro lado de la escalera.

—Último —dice Toño.

Y el rótulo se despega de la fachada con un ruido de chapa, y entre Toño y Teo lo bajan y lo apoyan contra el escaparate, y detrás aparece la pared.

Aparece una pared que lleva veintinueve años sin ver el sol: más clara que el resto de la fachada, con la pintura antigua intacta, con la sombra de unas letras que estuvieron ahí antes —se lee, en fantasma, ADMINISTR y un trozo de otra palabra—, y con dos taladros viejos tapados con masilla.

Y a la derecha de la puerta, a la altura de la mano, hay un buzón de hierro.

Es más pequeño de lo que yo me imaginaba.

Del tamaño de una caja de zapatos, con una ranura horizontal y una tapa frontal con una cerradura de las de llave plana.

La pintura verde está descascarillada, pero el escudo de la Lotería Nacional se ve entero, y debajo, en letras pequeñas, hay un número: 47 .

En la acera, diecisiete personas no dicen absolutamente nada.

* * *

La cerradura no tiene llave.

Lo intento con las dos llaves pequeñas del sobre del guardamuebles, por probar, y no entran. Y estoy a punto de decirle a Toño que traiga lo que haga falta, un destornillador, una palanca, lo que sea, cuando Fermín levanta la mano desde la silla.

—Por dentro.

—¿Cómo?

—Que se abría por dentro, criatura. Desde la trastienda.

—Se señala a sí mismo el pecho, como si eso explicara algo—.

Tú crees que aquello era un buzón de carta y no lo era.

Era un pasapapeles. Por fuera se echaba, y por dentro había una tapa y una repisa, y tu abuelo lo vaciaba desde dentro sin salir a la calle.

—Fermín, la pared de dentro es la pared de la barra.

—Pues detrás de la barra estará.

Entro. Entramos ocho personas, que es toda la gente que cabe detrás de mi barra y siete más de las que caben.

Y en la pared de detrás de la barra, a la altura de la mano, tapada por una balda de vasos de tubo que llevo diecinueve días cogiendo y dejando, hay una chapa lisa de metal pintada del mismo color que el azulejo, con dos bisagras pequeñas y un pestillo de los de gancho.

He apoyado el codo ahí cien veces.

Quito los vasos. Aparto la balda. Y el pestillo, que está pintado por encima, cede con un golpe de la palma de la mano.

Se abre una tapa de veinte centímetros.

Dentro hay una repisa de hierro con polvo y un sobre.

* * *

Es un sobre blanco que fue blanco. Ahora es de un color hueso desigual, más oscuro en la parte que daba a la ranura de fuera. Está cerrado, con la solapa pegada, y la goma del cierre se ha vuelto marrón y ha traspasado el papel en una línea.

No pone LOLA.

Pone, con la letra pequeña y apretada de una mujer de treinta y ocho años que todavía tenía buen pulso:

ROSARIO

Y debajo, más pequeño:

De tu hermana. 14-11-96.

Me quedo con el sobre en las dos manos, detrás de mi barra, con ocho personas alrededor y diecisiete en la acera mirando por el escaparate.

Chelo Bermejo empieza a llorar sin ningún disimulo, con la boca abierta, agarrada del brazo de su hermana.

—Es para tu madre —dice Maruja.

—Es para mi madre.

—Ábrelo —dice Dani, y Nadia le da un codazo tan fuerte que lo mueve de sitio—. ¡Ay! Que era broma.

Miro el sobre. Le doy la vuelta. La solapa está entera; nadie lo ha abierto nunca.

Y pienso, durante dos segundos exactos, en abrirlo.

Lo pienso de verdad, con todas las excusas puestas en fila: que llevo diecinueve días trabajando para esto; que si dentro hay algo horrible es mejor que lo sepa yo antes; que mi tía me ha usado de mensajera sin preguntarme; que es mi familia y llevo treinta y tres años sin que nadie me cuente nada.

Todas esas excusas son buenas. Una de ellas es incluso verdad.

—No es mío —digo.

Y me lo meto en el bolsillo del delantal, y voy a la cocina, y me lavo la cara en el fregadero.

* * *

Salgo a las once y media.

Le digo a Nadia que se queda al mando, que a estas alturas es una formalidad. Me quito el delantal y me pongo el abrigo. Meto el sobre en el bolsillo interior, que es el único sitio de mi ropa donde no se puede caer nada.

Teo me está esperando en la puerta.

—¿Quieres que te acompañe?

—No.

—Vale.

—No es que no quiera. —Me paro antes de abrir—. Es que hasta el rellano puedo llegar sola y del rellano para dentro no puedes entrar tú.

—Ya. —Se agarra la correa de la bolsa—. Lola.

—Dime.

Y otra vez. Otra vez esa cosa que hace de abrir la boca y cerrarla, y esta vez no me da rabia, porque llevo diecinueve días con este hombre y hoy no tengo sitio en el cuerpo para nada más.

—Suerte —dice.

* * *

Mi madre vive en un tercero sin ascensor de una calle perpendicular a Bravo Murillo, en un edificio de mil novecientos sesenta y tantos con el portal de terrazo y un olor a lejía que no ha cambiado desde que yo tenía cinco años.

Subo andando. Llamo al timbre a las doce y cinco.

Tarda en abrir. Cuando abre, tiene puesta una bata de casa encima de la ropa, que es una prenda que yo creía extinguida, y una cara de susto absoluto.

—¿Qué ha pasado?

—No ha pasado nada malo.

—Son las doce de la mañana de un viernes y tú tienes un bar.

—Mamá, déjame pasar.

Me deja pasar.

La casa está en penumbra porque mi madre baja las persianas hasta la mitad por las mañanas para que no se estropeen los muebles, cosa que hace desde el año noventa.

En la cocina hay un hule de cuadros en la mesa y una radio encima de la nevera, y en la radio están dando un programa de esos en los que la gente llama por teléfono.

Apaga la radio.

—Siéntate.

—Voy a estar de pie —digo.

Y saco el sobre.

Lo saco despacio, del bolsillo interior del abrigo, y lo pongo encima del hule de cuadros de la mesa de la cocina de mi madre, con las letras hacia ella.

ROSARIO

De tu hermana. 14-11-96.

Mi madre lo mira desde donde está, que es de pie al lado del fregadero, a metro y medio.

No se acerca.

—¿De dónde ha salido eso?

—Del buzón de la administración del abuelo. Estaba detrás del rótulo. Lo hemos sacado esta mañana.

—El buzón.

—Sí.

—El buzón —repite, y se apoya con una mano en la encimera—. Yo saqué cartas de ese buzón todas las tardes desde los siete años hasta los quince.

—Lo sé. Me lo ha contado Fermín.

Mi madre no se mueve.

Y es aquí donde yo tendría que decir algo. Llevo veinte minutos en el autobús preparando qué decir, y tengo cuatro versiones, y todas empiezan con «mamá, sé que esto es difícil», y ninguna sirve para nada.

—La escribió la noche del entierro del abuelo —digo—. Y no te la dio.

—Ya lo veo.

—Yo no la he abierto.

Mi madre levanta la cabeza.

—¿No?

—No.

Y ahí, por primera vez en treinta y tres años, veo a mi madre hacer un gesto que no controla: se lleva la mano a la boca y se la deja ahí, dos segundos, con los ojos cerrados.

Cuando la baja, ya está otra vez recompuesta.

—Vete al rellano —dice.

—¿Cómo?

—Que te vayas al rellano un rato, hija. —Coge el sobre de la mesa, y le tiemblan las manos como no las había visto temblar nunca—. No me voy a poner a leer esto contigo delante.

—Mamá...

—Al rellano.

* * *

En el rellano de un tercero sin ascensor de la calle Villaamil hay una ventana con cristales verdes que da al patio, un felpudo, un extintor de mil novecientos ochenta y algo y un olor a lejía.

Me siento en el escalón de arriba, con la espalda contra la pared y los pies dos escalones más abajo, exactamente como me sentaba a los ocho años cuando me quedaba fuera esperando a que mi madre terminara de discutir por teléfono con alguien.

Miro el móvil. Doce y veinte.

A las doce y treinta y cinco me escribe Nadia: «todo bien aquí, Fermín ha dicho que hoy no cobra el cortado, no le he hecho caso».

A las doce y cuarenta y ocho pasa un vecino con la compra, me mira, y decide muy sabiamente no preguntar.

A la una y cinco oigo, a través de la puerta, un ruido.

Es un ruido corto y muy feo, de garganta, de esos que hace la gente que lleva mucho rato aguantando. Dura dos segundos. Después, nada.

Y yo me quedo sentada en el escalón con la mano en la boca y por fin —a la una y cinco de la tarde del viernes seis de noviembre, en el rellano de la casa de mi madre, con cuarenta y dos años de retraso— se me hace un nudo en la garganta que no se me va a ir en toda la tarde.

No lloro. Ella está llorando ahí dentro y no me toca a mí llorar aquí fuera.

* * *

La puerta se abre a la una y treinta y cinco.

Mi madre tiene los ojos rojos y la cara lavada, con esa piel tirante que deja el agua fría, y se ha quitado la bata de casa. Tiene el sobre en la mano, doblado por la mitad, con los dedos encima de las letras.

—Pasa, anda.

Paso. No vamos a la cocina; nos quedamos las dos de pie en el recibidor, debajo de una lámpara que no está encendida.

—¿Estás bien? —digo.

—No.

—Vale.

—Pero eso no es tu problema.

—Mamá, claro que es mi problema.

—No. —Y lo dice sin ninguna dureza—. Esto es mío y de ella, y llevamos cuarenta y dos años haciéndolo mal las dos solas, y una de las dos ya no puede seguir haciéndolo.

Así que ahora me toca a mí sola, y va a llevarme un tiempo, y no lo voy a hacer contigo delante porque tú no tienes por qué cargar con esto.

—Yo llevo tres semanas cargando con esto.

—Ya lo sé. —Y me pone la mano en el brazo. La mano entera, no dos dedos—. Y de eso también tengo que hablar contigo algún día.

Nos quedamos calladas.

—¿Qué ponía? —digo.

Mi madre me mira. Se lo piensa. Y contesta con una honestidad que me deja sin argumentos.

—No te lo voy a contar hoy. A lo mejor no te lo cuento nunca entera, y eso no es un castigo, es que hay cosas de una hermana que no se le cuentan a una hija. —Aprieta el sobre—. Pero te voy a decir una cosa de la carta y con eso tienes.

—Vale.

—Empieza pidiéndome perdón, que ya me lo esperaba. —Traga—. Y en el segundo párrafo me pregunta por ti. Tenías tres años.

Se me cierra algo en el pecho.

—Y luego hay una parte, en el medio, en la que me cuenta lo que pasó de verdad.

—Mi madre mira el sobre doblado—. Y llevo cuarenta y dos años queriendo que alguien me contara lo que pasó de verdad, y ahora resulta que lo tengo en un papel escrito hace treinta años por una mujer que se murió en septiembre, y no me sirve de nada, porque lo que yo quería no era la información.

—¿Y qué querías?

—Discutirlo con ella. —Se le rompe la voz en la última sílaba y la recompone en el mismo segundo, que es lo más suyo que ha hecho en toda la mañana—.

Quería gritarle. Quería que me lo contara ella y llevarle la contraria en tres o cuatro cosas y que ella me dijera que no, que fue así. Eso quería. Y eso ya no se puede.

Abre la puerta.

—Anda, vete al bar, que tienes viernes.

—Mamá.

—Que te vayas.

Estoy ya en el primer escalón cuando dice, a mi espalda:

—Lola.

Me vuelvo.

Mi madre está en el marco de la puerta, con el sobre en la mano, y por primera vez en toda mi vida es ella la que está dentro y yo la que está fuera, y no al revés.

—El domingo cierras tarde, ¿no?

—El domingo cierro a las nueve. Y a las nueve viene el hombre de la cadena.

—Ya. —Se recoloca el cuello de la blusa—. Pues iré antes. A ver qué has hecho con el local.

Y cierra la puerta.

* * *

Vuelvo al bar a las tres menos veinte, entro por la puerta de atrás y me pongo el delantal sin decir nada.

Nadia me mira desde la barra. Yo le hago un gesto con la cabeza que quiere decir «sí, se la he dado» y otro que quiere decir «luego», y ella lo entiende todo y me pone un café sin preguntar.

Fermín se ha quedado hasta las tres, que no hace nunca.

—¿Se la has dado?

—Se la he dado.

—Bien.

Y se levanta, deja los setenta céntimos en el mármol y se va a su casa.

A las cuatro y media entra Teo, se sienta en la mesa del fondo y me pregunta con los ojos, y yo le digo que sí con la cabeza desde la barra, y él cierra los ojos un segundo y luego saca la libreta.

Se va a las seis y cuarto.

—¿Ya?

—Tengo una cosa —dice—. Vuelvo mañana.

—Vale.

—Lola. —Ya está en la puerta, con la bolsa cruzada, ya de salida—. Lo de hoy ha estado muy bien.

—Ha estado bien, sí.

—No. —Y por un momento parece que va a decir algo más, y otra vez no lo dice—. Digo lo del sobre. Que no lo abrieras.

Se va.

Y yo me quedo en la barra de mi cafetería con el rótulo de mil novecientos noventa y siete apoyado contra el escaparate desde esta mañana, sin poner, dejando ver una pared clara con la sombra de unas letras antiguas y un buzón de hierro verde con el número cuarenta y siete.

Nadie ha dicho nada de volver a colgarlo.

Al contrario: a lo largo de la tarde entran once personas a preguntar.

Entra un señor de unos setenta que se para en la acera cinco minutos y luego pasa a decirme que su padre compraba aquí el número de Navidad y que era el ocho mil quinientos treinta y dos.

Entra una mujer con dos niños a enseñarles el escudo, y a los niños les da igual.

Entra un chico joven, de los que van con auriculares y no saludan, y me pregunta si eso es original y si lo voy a dejar así, y cuando le digo que no lo sé se queda decepcionado de una manera muy sincera.

Y a las siete y media entra Chelo Bermejo, que ya ha estado esta mañana y que ha vuelto de casa expresamente, con su hermana detrás.

—Guapa, no lo tapes.

—Chelo, es que el rótulo hay que ponerlo. Si no, la gente no sabe cómo se llama esto.

—Que pongas el rótulo más arriba.

—Eso vale dinero.

—Pues que lo pongan más arriba —dice Maruja—, que ahí encima hay sitio de sobra y ese hierro lleva ahí desde antes que nosotras.

Y se van, del brazo, dejándome con la primera decisión que tomo desde hace tres semanas sobre una cosa que dentro de dos días no va a ser mía.

A las nueve menos diez, con el salón vacío, cojo el móvil y le escribo a Toño.

«¿Cuánto costaría poner el rótulo veinte centímetros más arriba?»

Contesta a los dos minutos.

«Nada, mujer. Media hora. El lunes si quieres.»

Y me quedo mirando la pantalla un rato largo, con el pulgar encima del teclado, sin escribir nada, porque el lunes es el nueve, y el nueve esto ya está firmado, y acabo de pedir presupuesto para una obra en un local que voy a vender pasado mañana.

Escribo: «Te digo el lunes».

Y no es verdad, y él no lo sabe, y yo tampoco del todo.

* * *

Día 19. Sabe a esperar en el rellano.