Tres semanas en otoño 18 #3
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Teo había estado agachado a su lado en el cementerio, con un palito, hurgando en el borde de la tumba de un señor al que no conocía, y en algún momento entre el jarrón de piedra y el autobús de vuelta había entendido una cosa con una claridad que no le gustó nada:

Que aquella mujer era la única persona de aquella historia que había decidido decir las cosas.

Y que él llevaba veinte días haciendo lo contrario.

* * *

Cogió la libreta. La abrió por el final.

Veinte páginas. Una por día, con la fecha arriba y una línea debajo, desde una noche de octubre en la que había vuelto a aquella habitación con el sabor de un café malo y le había parecido gracioso ponerle ficha.

Día 4. Sabe a discusión en la puerta.

Día 6. Sabe a que alguien te espere despierto.

Día 12. Sabe a saco de yute. A no decir la fecha en voz alta.

Día 17. Sabe a tinta guardada treinta años.

Y aquí estaba lo insoportable, y a Teo le llevó media hora de estar sentado en el borde de una cama poder mirarlo de frente.

Que llevaba veinte días escribiendo algo por escrito y guardándolo.

Que había un cuaderno en una habitación de hostal a doscientos metros de una barra, con veinte páginas dentro que decían todo lo que él no había dicho en voz alta, y que si se subía al tren el domingo con ese cuaderno en la bolsa iba a ser un hombre que se marcha con la carta sin entregar.

Amparo Campos había escrito la única cosa verdadera de su vida en el noventa y seis y la había echado a un buzón porque no había tenido valor para cruzar la calle. Y al año siguiente le había atornillado una plancha de aluminio encima y había seguido poniendo cafés doce mil mañanas.

Treinta años. Y todo el mundo, en aquel barrio, hablaba de aquella mujer con una ternura enorme.

Lo que no se dice, se pudre. Se lo había contado ella misma aquella mañana, citando de memoria una carta que había leído de rodillas en un almacén con la pintura fresca. Y él la había escuchado, y había dicho «ya», y había cerrado la goma de un cuaderno que llevaba en la bolsa.

—Joder —dijo Teo, en voz alta, en una habitación vacía.

Y era la primera vez en toda la temporada.

* * *

A las doce y media se levantó y se puso a andar por la habitación, que medía cuatro pasos.

Podía hacerlo mañana. Podía bajar a las nueve, con los tornillos y la escalera y medio barrio en la acera, esperar a que aquello terminara, y en algún momento del día darle la libreta y decir «toma, esto es tuyo».

Y sabía de sobra por qué no iba a hacerlo mañana, y no era cobardía: era que mañana ella iba a subir tres pisos sin ascensor con un sobre de mil novecientos noventa y seis en el bolsillo interior del abrigo, y ponerle encima veinte páginas de otro asunto era, sencillamente, no haber entendido nada.

Había un orden. La mujer aquella, la muerta, tenía razón en eso también: hay un orden y saltárselo lo estropea todo.

Así que sería el domingo.

El domingo, el último día, con la maleta hecha. Y ese pensamiento le trajo otro detrás, incómodo y automático, que era que el domingo por la noche también estaría en aquella barra un hombre con una carpeta de plástico transparente, y que él no tenía ni idea de lo que ella iba a decirle.

Teo se paró en medio de la habitación.

Y por primera vez en veinte días se dio cuenta de que estaba haciendo lo que hacía su madre en Logroño: calcular. Calcular qué iba a pasar, calcular en qué orden, calcular qué le convenía decir y cuándo, y sobre todo calcular cuánto iba a poder soportar si salía mal.

Se sentó otra vez.

Mañana a las siete tenía la visita del piso de Fernández de los Ríos, que había pedido el martes por la tarde en un bar de Vallecas y que no le había contado a nadie.

Se lo había mencionado a ella aquella misma noche, en la acera, cargando sillas, en una frase de once palabras que no explicaba nada y que había dicho —lo sabía— para poder decirse a sí mismo que se lo había dicho.

Eso también era una plancha de aluminio.

* * *

Cogió el lápiz. Lo afiló con la navaja pequeña encima de la papelera.

Y escribió la ficha del día dieciocho, que le había salido a las siete menos veinte y que llevaba cinco horas hecha, porque había una cosa que Teo Aranda sabía hacer mejor que nadie y era encontrar la palabra exacta para lo que le pasaba a otro.

Después pasó la página. Se quedó mirando el papel en blanco del día siguiente.

Y por debajo, muy pequeño, en el margen inferior, donde ponía los recordatorios de trabajo —los kilos que faltaban, las llamadas pendientes, los precios que había que confirmar—, escribió tres palabras que no eran una ficha de cata ni un recordatorio de trabajo ni nada que hubiera escrito en once años en aquellas páginas:

Domingo. Dárselo entero.

Cerró la goma. Apagó la luz.

Y a las cuatro y doce de la mañana estaba despierto, como todas las noches de aquella tercera semana, mirando la grieta del techo del Hostal Delia y pensando, no en un tren, sino en un buzón de hierro con una carta dentro y una plancha de aluminio atornillada encima durante veintinueve años.

* * *

Día 18. Sabe a buzón tapiado.