Tres semanas en otoño 18 #2
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18 #2

Se me para todo.

—¿Un buzón?

—Un buzón en la fachada, en la pared, a la derecha de la puerta según se entra. De hierro, con una ranura y una tapa con llave por dentro, para que la gente echara los sobres cuando estaba cerrado. Con el escudo de la Lotería Nacional pintado, que era verde.

—Fermín.

—Yo he echado sobres en ese buzón. —Coge la taza por fin, y le da un sorbo al café frío—. Y tu madre y tu tía, de crías, sacaban las cartas por dentro y se las llevaban a tu abuelo a la trastienda. Las dos. Todas las tardes al salir del colegio, con una caja de zapatos.

Me levanto de la silla sin decidirlo.

—¿Y dónde está ese buzón?

—Donde ha estado siempre.

—Fermín, ahí fuera no hay ningún buzón. Yo salgo por esa puerta dieciocho veces al día.

—Claro que no lo hay. —Fermín deja la taza—. Porque en el noventa y siete tu tía cambió el rótulo.

* * *

Salimos los tres a la acera.

Salimos Fermín con el abrigo, Teo sin abrigo y yo con el delantal, y a los dos minutos sale Nadia, y a los cuatro está Chelo Bermejo, que pasaba por ahí, y a los seis está Amadeo con el perro, porque en este barrio no se puede mirar una fachada dos personas seguidas sin que se forme un grupo.

El rótulo de La Castañera es una plancha de aluminio de un metro ochenta de largo por sesenta de alto, con las letras en relieve y dos focos encima, atornillada a la fachada. Es feo. Es de mil novecientos noventa y siete y se nota.

—Debajo de eso —dice Fermín, señalándolo con la barbilla—. A la derecha de la puerta.

Miro el rótulo. Miro la puerta. Y hago la cuenta con los ojos: el rótulo empieza justo encima del dintel y baja unos sesenta centímetros por la fachada, tapando la franja de pared que hay entre el dintel y el escaparate, que es exactamente la franja donde estaría un buzón puesto a la altura de la mano de una persona.

—Es que no puede ser —digo—. Si estuviera ahí, al poner el rótulo lo habrían quitado.

—Lo taparon —dice Amadeo, que se ha puesto al lado sin que nadie lo llamara—. Yo estaba. Vino un chico con un taladro y le dijo a tu tía que había que arrancar el hierro para que apoyara bien la placa, y ella le dijo que no, que atornillara encima y punto, que aquello llevaba ahí toda la vida.

—¿Eso le dijo?

—Eso le dijo. Y el chico refunfuñó y atornilló encima.

Miro el rótulo de mi cafetería.

Un metro ochenta de aluminio blanco puesto en el noventa y siete, un año después de que una mujer escribiera de un tirón, con la persiana echada, la única cosa verdadera que había escrito en su vida, y no se atreviera a dársela a su hermana.

Y decidiera hacer con esa carta lo único que se hace con las cartas.

—La echó al buzón —digo.

Nadie contesta.

—La echó al buzón de su padre. Y al año siguiente puso una plancha de aluminio encima y la dejó ahí dentro.

Chelo Bermejo se lleva la mano a la boca.

Teo, a mi lado, mira el rótulo, mira los tornillos, cuenta seis, y dice lo único práctico que se puede decir a las siete menos veinte de la tarde de un jueves en la calle Buenaventura:

—Mañana por la mañana. Con luz.

—¿Por la mañana?

—Por la mañana. —Se vuelve hacia Toño, que ha llegado hace tres minutos porque alguien lo ha llamado, porque en este barrio siempre hay alguien que llama a alguien—. ¿Puedes a las nueve?

—A las nueve.

—Yo estoy —dice Teo.

Y después, cuando ya se ha ido casi todo el mundo y estamos los dos solos recogiendo las sillas de la acera, añade, sin mirarme:

—Mañana por la tarde tengo una cosa. A las siete. No sé cuánto durará.

—Vale.

—Es en Chamberí.

—Teo, no me tienes que dar explicaciones de dónde vas.

—Ya. —Coge dos sillas de una vez—. Era por decirlo.

Y entra con las sillas, y yo me quedo un segundo en la acera mirándole la espalda, con una cosa muy pequeña haciendo ruido en algún sitio: que este hombre lleva veinte días sin darme una sola explicación de nada, y que la primera que me da es una que no le he pedido y que no explica nada.

Miro la fachada. Un metro ochenta de aluminio blanco, seis tornillos y un buzón detrás.

Mañana, con luz.

§

Teo

Aquella noche, en la habitación del Hostal Delia, Teo hizo una cosa que no había hecho nunca: sacó la libreta y no escribió.

La dejó abierta encima de la colcha de flores, por la página del día, con el lápiz al lado, y se quedó sentado en el borde de la cama mirándola durante bastante rato.

No es que no tuviera la ficha. La tenía desde las siete menos veinte, desde el momento en que un hombre con boina había señalado el suelo con el dedo dos veces y había dicho que aquello antes no era una cafetería. La tenía hecha, entera, en cuatro palabras, y las cuatro palabras eran buenas.

El problema no era la ficha. El problema era el cuaderno.

* * *

Había pasado el día entero detrás de ella.

Por la mañana, en la mesa del fondo, ella se había sentado enfrente con dos cafés y le había contado cuarenta y dos años en veinte minutos, sin adornarlo, mirándole a la cara: la mentira de una mujer un martes secando vasos, tres semanas sin coger un teléfono, un grito delante de sesenta personas, doce años poniendo cara de hermana, un entierro, una escritura firmada sin cobrar nada, treinta años de silencio.

Y después, por la tarde, la había visto meter la mano debajo de cuarenta bancos de un parque.

Eso era lo que se le había quedado. No la historia: la mano debajo de los bancos.

Una mujer de treinta y tres años que en tres semanas se había quedado sin fin de semana, sin vacaciones, sin ascenso y sin uñas, agachándose en un parque de Chamberí a las cinco y media de la tarde a palpar la madera por debajo, una por una, con el frío que hacía, para poder entregarle a su madre un sobre que no era suyo y que ni siquiera pensaba abrir.

Nadie se lo había pedido. Podía haberlo dejado a la mitad en cualquier momento de aquellos veinte días y nadie del mundo la habría culpado.