18
Recojo el bar a las siete menos veinte, sola, antes de abrir.
Las cajas de infusiones vuelven a su balda.
Los paquetes de los vecinos vuelven al armario, con sus pósits y su cuaderno de firmas.
La escalera vuelve al almacén. Los décimos de lotería sin premio, la carpeta de gomas azul, el sobre con las llaves del guardamuebles y el carné de identidad de mil novecientos setenta y nueve los meto todo junto en una caja de zapatos vacía —hay tres en este local, todas con algo escrito a rotulador— y le pongo «PAPELES».
A las siete y media abro. A las ocho y cuarto le pongo el cortado a Fermín. A las nueve el bar está lleno y funcionando y no queda ni rastro de lo de anoche, que es lo que tienen los bares: se recomponen mejor que la gente.
Y a las nueve y media, cuando baja el servicio, cojo dos cafés y me siento en la mesa del fondo enfrente de Teo.
—Te voy a contar una cosa —digo—. Es larga.
Él cierra la libreta y le pone la goma.
Y se lo cuento entero. Los cuarenta y dos años en veinte minutos: las dos hermanas, el bar del abuelo, las mañanas de mi madre y las tardes de mi tía, un viajante de una torrefactora de Vigo, tres citas y una verbena, una mentira de treinta segundos dicha un martes secando vasos, tres semanas sin coger un teléfono, una castañada, un grito delante de sesenta personas, una furgoneta que no volvió, doce años poniendo cara de hermana, un entierro en el noventa y seis, una escritura sin contraprestación, treinta años sin saludarse.
Y siete cartas. Y una que falta.
Teo escucha sin interrumpir ni una vez. Cuando termino, se queda un momento mirando la taza vacía.
—¿Y tu madre sabe que hay una para ella?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si aparece se la doy, y si no aparece, no le he arruinado la semana.
—Ya. —Le da vueltas a la taza—. Eso es justo lo que hizo tu tía.
—Ya lo sé, Teo. Llevo desde anoche sabiéndolo.
—Vale.
Y no insiste, porque no insiste nunca. Mira el reloj.
—A las diez tengo el tren a Alcalá. Es la última cata de la temporada, la tengo que hacer. —Se levanta y se cuelga la bolsa—. Vuelvo a las tres.
—Vale.
—Y a las tres buscamos.
Se para en la puerta.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —dice.
—Hasta el domingo.
—Entonces tenemos hoy y mañana. —Se ajusta la correa de la bolsa—. Porque el domingo es el domingo.
* * *
Vuelve a las tres y cinco con un café de máquina de Cercanías en la mano, que se ha bebido por educación con una estación de servicio, y le enseño el plano.
No es un plano. Es un folio de la impresora con una lista.
—A ver. He estado toda la mañana con esto en la cabeza mientras sacaba cafés. «Donde empezó todo.» ¿Vale? Sitios posibles.
—Vale.
—Uno: la plaza. La verbena donde mi madre lo conoció, que es literalmente donde empezó todo si lo miras desde ella.
Dos: el portal del cuatro, donde vivían mis abuelos y donde se criaron las dos.
Tres: la iglesia, porque mi madre se casó allí en el ochenta y siete y mi tía fue a la boda.
Cuatro: el cementerio, la tumba de mi abuelo.
Cinco: el parque, un banco del parque, porque en la carta tres dice que Manuel y ella iban a andar por ahí.
Seis: el guardamuebles de Villaverde, que tengo las llaves.
Teo mira el folio.
—El guardamuebles no.
—¿Por qué no?
—Porque le pediste a una mujer con el brazo malo en agosto que fuera a Villaverde en metro a esconder un sobre entre unas sillas de terraza. —Deja el vaso de cartón en la mesa—. Y porque una carta escrita en el noventa y seis no está en un sitio que se alquiló en dos mil doce.
Tacho el seis.
—Vamos a lo tonto primero —digo—. El portal.
* * *
El portal del número cuatro de la calle Buenaventura tiene una puerta de madera con cuarterones y un telefonillo de los antiguos con quince timbres, cuatro de ellos con el papelito ilegible.
Nos abre una señora que baja la basura y que nos deja pasar sin preguntar nada, porque llevo un delantal con el nombre del bar bordado y en este barrio eso es un salvoconducto.
Dentro hay un patio pequeño con dos macetas y un buzón comunitario de esos de casilleros de metal de los años setenta.
Miramos detrás de los buzones. Miramos debajo del primer tramo de escalera, donde hay un hueco con una fregona y un cubo. Miramos encima del marco de la puerta del portal, que es el escondite universal español, y encontramos polvo y una llave que no es de nadie.
—Nada.
—Nada.
En la plaza, a doscientos metros, hay un quiosco de música de los años cincuenta con la pintura saltada y cuatro bancos alrededor. Damos dos vueltas al quiosco como dos idiotas. Miramos debajo de los bancos, que están hechos de tablas y tienen huecos.
Un señor con un perro nos mira desde el otro lado.
—Buenas —digo.
—Buenas.
Seguimos mirando debajo del banco.
—Esto tiene una pinta horrible —dice Teo, en voz baja.
—Horrible.
En la iglesia, la puerta lateral está abierta y hay una señora poniendo flores. Nos quedamos los dos en la puerta, mirando dentro, sin entrar.
—¿Tú te imaginas a tu tía metiendo un sobre en una iglesia? —dice él.
—No.
—Yo tampoco.
Nos vamos sin entrar.
Al cementerio vamos en autobús, y es una idea mala desde el principio y las dos lo sabemos, pero es que quedan tres sitios en la lista y este es uno.
La tumba del abuelo Venancio está en la zona antigua, en tierra, con una lápida horizontal de granito y un jarrón de piedra empotrado en la cabecera. Campos Alcaide, Venancio. 1928-1996. Y debajo, en letra más pequeña, su mujer, muerta en el ochenta y uno.
Miramos dentro del jarrón, que tiene agua verde y tres tallos podridos.
Miramos por debajo del borde de la lápida, que sobresale dos dedos de la tierra.
Y a los cuatro minutos me incorporo, me limpio las manos en los vaqueros y me quedo mirando a un hombre de treinta y seis años agachado en un cementerio hurgando con un palito en el borde de la tumba de un señor al que no conoce.
—Teo.
—Dime.
—Que nos vayamos.
—Sí.
—Que esto es una cosa horrible.
—Es bastante horrible, sí.
Volvemos en el autobús sin hablar, y a mitad de camino, mirando por la ventanilla, digo en voz alta lo que llevo pensando desde la lápida:
—Además, si lo hubiera escondido aquí, tendría que haber vuelto ella a esconderlo. Y mi tía no ha venido a este cementerio desde el noventa y seis.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque el domingo, cuando fui, el nicho tenía flores.
Y me pasé media hora haciendo la lista de quién había podido subir esa escalerilla.
—Me apoyo en el cristal—. Nadie del barrio dijo nada de haber ido.
Fue mi madre. Y si mi tía hubiera puesto flores en la tumba del abuelo alguna vez en treinta años, mi madre lo habría sabido, y me lo habría dicho el domingo por la noche, porque el domingo por la noche me lo contó todo.
Teo se queda un momento callado.
—Se te da bien esto —dice.
—Es mi trabajo. —Y me oigo, y me corrijo—. Era mi trabajo. Es mi trabajo. Yo qué sé.
* * *
El parque es el último y el más tonto de todos. Hay cuarenta bancos. Nos sentamos en uno cualquiera a las cinco y media, con el frío empezando a apretar y la luz yéndose ya, y nos quedamos ahí sentados sin decir nada durante un rato largo, dos personas mirando unos árboles medio pelados.
—Se me acaba el tiempo —digo.
Y no sé si estoy hablando de la carta.
Teo no contesta a eso. Lo que hace es cogerme la mano, con el frío que hace, y sujetármela encima de su rodilla como en el tren de Fuenlabrada, y quedarse callado, y en algún momento decir:
—A lo mejor tu tía se refería a otra cosa cuando decía «donde empezó todo».
—¿A qué?
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Pero llevas toda la tarde buscando dónde empezó lo de tu madre y ese hombre. Y esa carta la escribió tu tía en el noventa y seis, cuando lo de ese hombre llevaba doce años muerto.
Me quedo mirando un árbol.
—Entonces «todo» no es lo de Manuel.
—A lo mejor no.
* * *
Volvemos a las seis y media, muertos de frío, y Fermín está en su mesa.
Está en su mesa a las seis y media de la tarde, que no hace nunca, con el abrigo puesto y un café con leche que le ha puesto Nadia y que no se ha bebido.
—Anda, Fermín. ¿Y usted a estas horas?
—Es que me ha dicho la Nadia que andabais buscando una cosa.
Me siento enfrente. Teo se queda de pie, apoyado en el respaldo de la silla.
—Estamos buscando una carta —digo—. Mi tía escribió una carta para mi madre en el noventa y seis y no se la dio nunca. Y en la última carta que me ha dejado a mí dice que está escondida «donde empezó todo». Y llevo dos días buscando y no está en el bar.
Fermín me mira. Se quita las gafas. Las limpia con el faldón de la camisa, que es lo que hace este hombre cuando va a decir algo.
—¿Y dónde has buscado?
—En el portal. En la plaza. En la iglesia. En el parque. Y aquí dentro, en todos los sitios donde estaban las otras seis: la cafetera, el estante, el almacén, la persiana, el marco, la caja.
—Ya.
—Y no hay más sitios, Fermín. Esta casa no tiene más sitios.
Y entonces Fermín se pone las gafas, mira hacia la puerta de La Castañera —hacia la puerta, hacia el cristal, hacia lo que hay detrás del cristal, que es la calle— y dice:
—Esto antes no era una cafetería.
Se hace un silencio.
—¿Cómo?
—Que esto antes no era una cafetería, criatura. —Señala el suelo con el dedo, dos veces—. Esto era la administración de lotería de tu abuelo. La cuarenta y siete.
—Eso lo sé. Me lo dijeron las Bermejo.
—Te dijeron que era una administración. —Se acomoda en la silla—. No te dijeron cómo funcionaba una administración en aquellos años.
Miro a Teo. Teo se sienta.
—Cuéntemelo.
—Aquí venía gente de los pueblos —dice Fermín—.
De Toledo, de Guadalajara, de Ávila. Venían por la lotería de Navidad, porque tu abuelo tenía fama, y los que no podían venir escribían.
Escribían una carta pidiendo un número, con el dinero dentro o con un giro, y tu abuelo les mandaba los décimos por correo.
Eso lo hacían todas las administraciones.
Yo tenía una tía en Sigüenza que jugaba aquí y no vino a Madrid en su vida.
—Vale.
—Y para eso —dice Fermín, y levanta un dedo— había un buzón.