Tres semanas en otoño 17
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El inspector llega a las diez y media, solo, sin la chica de las zapatillas blancas.

—Buenos días. Vengo a la comprobación.

Tarda cuarenta minutos y no le tiembla el pulso con nada.

Mira la campana nueva por debajo, con la linterna, y luego el certificado, y luego el sello de la empresa instaladora, y luego el número de registro industrial, que comprueba en el móvil delante de mí.

Mira el cuadro eléctrico del almacén, que tiene un diferencial nuevo y una tapa.

Mira la rejilla del desagüe, que hicieron los Julián.

Mira las baldas de acero. Mira el dosificador de jabón del aseo del público, que compré yo en un bazar por cuatro euros y que puse con dos tacos torcidos.

Y mira el cuaderno de temperaturas.

Trece días. Dos lecturas diarias, mañana y tarde, con mi letra, sin fallar una. Debajo de la última página de mi tía.

—Bien —dice.

—¿Bien?

—Bien. —Cierra la carpeta—. Le llegará la resolución de archivo por correo en dos o tres semanas. Y a partir de hoy, si viene alguien, no viene por lo de la denuncia: viene por otra cosa.

Le acompaño a la puerta. Y en la puerta, ya de salida, mira hacia dentro por última vez: la barra, el mármol, la máquina, el marco con el cristal limpio, las Bermejo en la mesa tres.

—Hace bien en arreglarlo —dice—. Estas cocinas ya casi no quedan.

Y se va, y a mí se me queda encima una frase de siete palabras dicha por un funcionario de sanidad que no tiene ni idea de que dentro de cuatro días esta cocina está vendida.

Cuando cierro la puerta, el bar entero aplaude.

Aplaude de verdad: las Bermejo, dos albañiles, la chica de la clínica dental, Nadia con la bandeja en la mano y Fermín, que da tres palmadas separadas y muy lentas, que es su manera de aplaudir desde mil novecientos cuarenta y cinco.

—¡Que no es la lotería, señores!

—Es mejor que la lotería —dice Chelo—. La lotería no te la quitan.

* * *

Lo de la moneda pasa a las seis y cuarto de la tarde.

Llevo diecisiete días peleándome con las monedas de veinte céntimos. Son la peste de este oficio: entran a docenas, no salen nunca, y a las siete de la tarde el cajón tiene un compartimento lleno hasta arriba que hay que vaciar en bolsas y llevar al banco.

Estoy vaciándolo, con una bolsa de plástico y muy poca paciencia, cuando se me escapa una y se cuela por la ranura de atrás de la bandeja.

—Anda ya.

Saco la bandeja entera del cajón para recuperarla. La bandeja es de plástico gris, de las de compartimentos, y pesa poco, y debajo hay lo que hay debajo de todas las bandejas de todas las cajas registradoras del mundo: dos décadas de mugre, un clip, una goma elástica cristalizada, y la moneda.

Y una tabla de contrachapado.

Una tabla de contrachapado cortada a medida del hueco, encajada, con las esquinas redondeadas a mano con una lima.

Alguien la hizo. Alguien cogió un trozo de madera fina, midió el fondo de un cajón de una registradora de mil novecientos noventa y tantos, la cortó y le redondeó las esquinas para poder sacarla y meterla sin astillarse.

Meto la uña por una esquina. Sale sin ningún esfuerzo, con la facilidad de las cosas que se han sacado y metido muchas veces.

Debajo hay un sobre. Y encima del sobre, doblado en cuatro, un billete de dos mil pesetas.

* * *

El billete es marrón y verde y tiene la cara de un señor con peluca que resulta ser Juan Ramón Jiménez. En una esquina, escrito a bolígrafo con letra pequeña, hay una fecha: 1-11-84 .

El sobre es más fino que los otros.

Y en el sobre, por primera vez en seis, la letra no es la misma. Son las mismas mayúsculas ligeramente inclinadas, pero más grandes, más separadas, hechas con más presión y con menos pulso. Es la letra de alguien a quien le cuesta escribir.

LOLA .

Me lo llevo al almacén. Le digo a Nadia que no entre nadie. Nadia me mira la cara y no pregunta.

* * *

Hola, niña.

Perdona la letra. Llevo desde julio con el brazo raro y ya no me sale como me salía, así que voy a ir al grano, que además es lo que llevo cuarenta años sin hacer.

El billete es de la castañada del ochenta y cuatro.

Fue lo primero que cobré aquella noche, y cuando pasó lo que pasó lo tenía en el bolsillo del delantal, y al cerrar no fui capaz de meterlo en la caja.

No sé por qué. Lo dejé debajo de la bandeja y ahí lleva cuarenta y dos años.

Un día pusieron el euro y el billete se quedó sin valer nada, y me acuerdo de que pensé: pues mira, ya somos dos.

Esa es la última tontería que te cuento. Ahora lo importante, que es lo que llevo seis cartas dando vueltas para poder pedirte.

Te voy a pedir una cosa, Lola. Una sola, y no es la que tú te crees.

No te pido que te quedes con el bar. De verdad que no.

Yo he tenido este local cuarenta y tres años y sé de sobra lo que da y lo que quita, y no soy quién para meterle a una mujer de tu edad una vida entera en el cuerpo con un papel de notario.

Si lo vendes, lo vendes. Que te lo paguen bien y que no te dé pena, que la pena por los locales se pasa en dos inviernos.

Lo que te pido es que le lleves una carta a tu madre.

Hay una séptima. La escribí para ella, no para ti, y no la escribí este verano: la escribí en noviembre del noventa y seis, la noche del entierro de tu abuelo, después de que ella me dijera en el cementerio lo que me dijo.

La escribí de un tirón, sentada donde tú estás ahora, con la persiana echada, y me salió lo único verdadero que he escrito en mi vida.

Y luego no se la di.

No la rompí, fíjate: eso me habría honrado más.

La guardé. Y al día siguiente me dije que se la daría el mes que viene, y al mes siguiente que en Navidad, y en Navidad que para qué, si ya estaba todo dicho.

Y así treinta años, que es el mismo tiempo que tardé en arreglar el motor de la persiana, y por las mismas razones exactamente.

Así que aquí está el trato, y perdona que te use, porque te estoy usando y las dos lo sabemos.

Yo te he dejado esta casa veintiún días para que la recorrieras entera.

Y te he ido dejando cartas por los rincones para que llegaras a esta con la cabeza en su sitio y no me tiraras el sobre a la basura en la primera página, que es lo que habrías hecho el diecinueve de octubre y con toda la razón del mundo.

Y ahora te pido que cojas la séptima y se la lleves a Rosario Campos, en mano, y que no la leas, porque no es tuya.

No está aquí dentro. Está donde empezó todo.

Tu tía,

Amparo

* * *

Leo la última línea cuatro veces.

No está aquí dentro. Está donde empezó todo.

Salgo del almacén. Cruzo la barra. Me planto en medio del salón de La Castañera a las seis y media de la tarde de un miércoles con un sobre abierto en la mano y me pongo a mirar mi propio bar como si fuera un mapa.

Donde empezó todo.

Esto. Esto es donde empezó todo. Aquí empezó todo: el bar abrió en el ochenta y tres, Manuel entró por esa puerta en el ochenta y cuatro, se sentaba en la mesa del fondo, mi madre los vio en la puerta del almacén.

Todo empezó dentro de estas cuatro paredes y no hay ni un solo sitio de estas cuatro paredes que yo no haya abierto en diecisiete días.

He movido la cafetera. He vaciado el estante alto. He levantado la tabla del almacén. He abierto la caja de la persiana. He desmontado un marco. Acabo de sacar el falso fondo de la registradora.

He vaciado el almacén entero y he sacado a la calle hasta el futbolín.

—¿Qué buscas? —dice Nadia.

—Un sobre.

—¿Otro?

—El último.

—Vale. —Deja el trapo—. ¿Dónde miramos?

Y miramos. Miramos hora y media, las dos, con el local vacío y la puerta cerrada con el pestillo.

Sacamos todas las cajas de infusiones. Vaciamos el armario de los paquetes de los vecinos, uno a uno, con muchísimo cuidado.

Miramos detrás de la máquina de tabaco, debajo del banco corrido, dentro del altavoz.

Nadia se sube a la escalera y palpa la parte de arriba del marco de la puerta del almacén.

Yo saco los cajones de la mesa de la oficina, que no es una oficina, es una mesa con cajones al lado del baño de personal.

En el segundo cajón hay ochenta y tantos décimos de lotería sin premio de los últimos quince años, guardados con una goma.

En el tercero, un carné de identidad caducado de mil novecientos setenta y nueve con una foto de mi tía a los veintiún años.

Y en el primero, dentro de una carpeta de gomas azul, hay algo que durante ocho minutos exactos me hace pensar que lo tengo.

Es un sobre. Blanco, cerrado, con algo dentro que no es papel del todo. Se me para el pulso. Le doy la vuelta buscando las mayúsculas ligeramente inclinadas.

No pone LOLA. No pone nada.

Lo abro con el cuchillo del pan porque me tiemblan las manos, y dentro hay dos llaves pequeñas de armario y un recibo de un guardamuebles de Villaverde de dos mil doce que dice, en el concepto, «mobiliario terraza».

—Sillas —dice Nadia por encima de mi hombro—. Las sillas de la terraza de fuera. Se las quitó el ayuntamiento cuando cambiaron lo de las licencias.

—Ya.

—Estarán todavía allí, pagando.

—Estarán.

Me siento en el suelo con el sobre de las llaves en la mano. Nadia me quita el cuchillo del pan y lo lleva a la cocina sin decir nada.

A las ocho y diez nos sentamos las dos en la mesa tres, sudando, con el bar patas arriba.

—A lo mejor no está —dice Nadia.

—Está.

—A lo mejor la escribió y se la llevó a su casa y está en el piso ese de los perros.

—No. —Y me oigo decirlo con una seguridad que no sé de dónde saco—. Esa mujer ha escondido seis sobres en seis sitios de esta casa y en los seis ha dejado una pista que se entiende después. Si dice que está donde empezó todo, es que está donde empezó todo y yo no sé dónde es.

Nadia se levanta a por dos vasos de agua.

Y yo me quedo sentada en la mesa tres, mirando el local, y entonces me pasa lo que llevo esperando desde las seis y cuarto sin saber que lo estaba esperando.

No lloro por la carta.

Lloro por la letra.

Porque acabo de acordarme de una cosa que he visto esta mañana y que no he mirado bien: el cuaderno de temperaturas, con dos lecturas diarias en la letra de mi tía, todos los días, sin fallar uno, desde vete tú a saber cuándo hasta el veintinueve de julio.

Y esa letra, en enero, es pequeña y apretada y perfectamente recta.

Y en julio son las mismas mayúsculas grandes, separadas, con demasiada presión, de alguien a quien le cuesta escribir.

Una mujer con el brazo raro desde julio subiéndose a un estante alto a esconder un bote de azúcar. Levantando la tabla del almacén. Desmontando el cartón de un marco con las cuatro lengüetas dobladas. Sacando el falso fondo de un cajón que ella misma se fabricó con una lima hace treinta años.

Con ese brazo. Sola. En agosto. Sabiendo para qué.

Nadia vuelve con los dos vasos y me encuentra llorando en la mesa tres de mi propio bar, con la cara entre las manos, sin ningún ruido.

Deja los vasos. Se sienta. Y no me toca ni me dice nada, que es justo lo que hay que hacer, y se queda ahí sentada enfrente hasta que se me pasa.

* * *

A las ocho y media salgo a la puerta y llamo a mi madre.

Coge al cuarto tono.

—Lola.

—Hola, mamá. Nada, que te llamaba.

—¿Ha pasado algo?

—No.

—Son las ocho y media.

—Ya. —Me apoyo en la fachada, al lado de donde estuvo el puesto de castañas—. Que hoy ha venido el inspector y nos ha archivado el expediente. Está todo bien.

—Ah. —Una pausa—. Bueno. Eso está bien.

—Sí.

—¿Y la campana la has pagado tú?

—La he pagado yo.

—Ya me lo imaginaba.

Y ahí hay un silencio de cuatro segundos en el que las dos estamos haciendo lo mismo, que es tener una conversación distinta por dentro.

Porque yo tengo, en el bolsillo del delantal, una carta de su hermana muerta que dice que hay otra carta escrita para ella hace treinta años, y que está escondida en algún sitio que yo no sé encontrar, y que mi trabajo consiste en dársela en mano.

Y no se lo digo.

No se lo digo por una razón que me parece buena durante ocho segundos y mala durante el resto de la noche: porque si se lo digo ahora, mi madre va a pasarse cuatro días esperando una carta que a lo mejor no aparece, y eso, después de cuarenta y dos años, me parece una crueldad innecesaria.

—Bueno, pues eso —digo—. Que estaba todo bien.

—Vale, hija.

—Mamá.

—Dime.

—Nada. Que te llamo el domingo.

—El domingo firmas.

—El domingo firmo.

—Ya. —Y luego, muy deprisa, como quien mete algo en una maleta que ya está cerrada—: Come algo, que a esas horas no has cenado.

Cuelga ella.

Y yo me quedo en la acera de la calle Buenaventura pensando que acabo de hacer, con toda la buena intención del mundo, exactamente lo que hizo mi tía en el noventa y seis: decidir por otra persona que era mejor que no supiera una cosa.

Cuarenta y dos años y dos generaciones, y la misma frase: mejor no se lo digo todavía.

* * *

A las nueve menos cuarto le abro la puerta a Teo, que lleva desde y cuarto esperando fuera, apoyado en la fachada, porque el pestillo estaba echado y ha decidido no llamar.

—Perdona —le digo—. Estábamos buscando una cosa.

Mira el local: las cajas de infusiones en la barra, el armario de los vecinos abierto, la escalera en medio del salón, dos vasos de agua en la mesa tres.

—¿La habéis encontrado?

—No.

—Vale.

Se sienta. Le pongo un café. Y me apoyo enfrente, en la barra, con los brazos cruzados, y le digo:

—Es una carta.

—Ya.

—¿Ya?

—Llevas dos semanas encontrando sobres. —Coge la taza—. El primero lo encontraste detrás de la cafetera y yo estaba sentado ahí. El del almacén lo levanté yo. Y el lunes te metiste en la cocina con uno grueso y saliste con otra cara.

—¿Y no has preguntado nunca nada?

—No.

—¿Por qué?

Teo deja la taza en el platillo. Y contesta con una tranquilidad que me desarma.

—Porque no es mío.

Y ahí, en ese momento, con el bar patas arriba y una escalera en medio del salón, entiendo que llevo diecisiete días equivocada con una cosa.

Yo creía que la gente de esta casa no pregunta por cobardía. Mi madre no preguntó a su hermana en doce años. Fermín no me cuenta más de lo que vio. Las Bermejo preguntan todo menos lo que importa.

Y a lo mejor una parte es cobardía, sí.

Pero otra parte, que yo no sabía ver, es esto: que hay gente que no pregunta porque piensa que lo tuyo es tuyo y que ya lo contarás si quieres. Y que eso, según de dónde vengas, se puede confundir toda la vida con no querer saber.

—Teo.

—Dime.

—El domingo por la noche viene un señor a que le firme la venta de esto.

Lo digo así. De golpe, en mitad del salón, sin preparación, a las nueve menos cuarto de la noche de un miércoles.

Teo se queda muy quieto.

—Ya lo sabía —dice.

—Ya lo sabías.

—Sabía que era el ocho. No sabía la hora.

—A las nueve.

—Vale.

Y no dice nada más, y yo tampoco, y los dos nos quedamos ahí con eso encima de la barra, por fin fuera, ocupando exactamente el espacio que ocupaba antes pero visible.

* * *

Día 17. Sabe a tinta guardada treinta años.