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Y volvió a abrir el navegador, y el móvil le devolvió donde lo había dejado, que es lo peor que hacen los móviles.
Le dio a «Contactar».
Se abrió un formulario con su nombre, su teléfono y un mensaje predeterminado que decía «Hola, estoy interesado en esta vivienda. ¿Sería posible concertar una visita?».
Y ahí, en una mesa de un bar de la calle Payaso Fofó, a las cinco menos veinte de la tarde de un martes, a Teo Aranda le entró un miedo físico, de los que se notan en las manos.
No era el miedo de firmar un alquiler. Él había firmado catorce contratos de habitaciones y dos de pisos y no le había temblado nada.
Era otra cosa, y la tenía perfectamente identificada desde los once años: si él alquilaba un piso a cuatro calles de aquella barra, dejaba de estar de paso.
Y en el momento exacto en que uno deja de estar de paso, la vida puede empezar a quitarle cosas, porque a la gente que está de paso no se le puede quitar nada.
Ese era el trato. Ese trato lo había firmado un crío en una casa de Logroño con un espejo apoyado en el suelo, y llevaba veinticinco años cumpliéndolo con una disciplina de la que en el fondo estaba orgulloso.
Y luego estaba lo otro, que era peor y que además era razonable.
Que él no sabía qué iba a hacer ella.
Que el domingo por la noche una mujer se iba a sentar en una mesa con un hombre de una cadena de cafeterías, y que en ese momento, según lo que dijera, aquel bar seguiría existiendo o no, y ella seguiría allí o volvería a una agencia de eventos a veinte minutos, y que en dieciséis días no habían hablado de eso ni una sola vez.
Y que no podía preguntárselo.
No podía, y lo tenía muy claro desde el sábado de la lluvia: en el momento en que él le dijera «yo me quedaría», ella tendría que decidir con eso encima de la mesa.
Y una mujer que decide quedarse en un barrio porque hay un hombre no está decidiendo; está apostando.
Su madre había apostado cuatro veces en seis años.
Teo miró el formulario.
Escribió, en el recuadro del mensaje, encima del texto predeterminado: «Buenas tardes. ¿Se podría ver el viernes por la tarde?».
Y le dio a enviar.
Después dejó el móvil boca abajo en la mesa, se terminó la caña que no le apetecía, y se quedó un rato mirando la mancha de humedad del techo con el corazón haciendo una cosa muy rara.
La agencia contestó a los once minutos.
Buenas tardes, Teo. Sin problema, el viernes a las 19:00. ¿Me puede indicar su situación laboral para la documentación? Muchas gracias.
Teo se quedó mirando la pregunta.
Su situación laboral, a partir del uno de diciembre, iba a ser jefe de compras de origen de una empresa domiciliada en Bilbao, con un anexo de relocalización que le adjudicaba un piso de dos dormitorios en Indautxu durante veinticuatro meses.
Cogió una servilleta y un boli del vaso de la barra, y a las cinco y cuarto de la tarde de un martes, en un bar de la calle Payaso Fofó, se puso a hacer números como un hombre que intenta demostrarse a sí mismo que algo es imposible.
Ochocientos noventa de alquiler en Madrid.
Más el piso de Bilbao, que si no lo cogía perdía la ayuda, y si lo cogía y no vivía en él lo estaba tirando.
Doscientos setenta noches al año durmiendo fuera de Madrid entre viajes y oficina.
Un contrato indefinido que le obligaba a estar en Bizkaia ciento setenta y cinco días.
La cuenta salía. Salía bien, de hecho: podía permitirse los dos alquileres sin despeinarse, y el reparto de días era una cuestión de organización, y había gente en su sector que lo hacía.
La cuenta salía y no servía de nada, porque el problema no era la cuenta.
El problema era que un hombre que alquila un piso en Madrid para dormir en él sesenta noches al año no está alquilando un piso: está poniendo una fianza sobre una persona.
Y esa persona no le había pedido nada, ni sabía que existía un formulario enviado a las cinco menos veinte, ni tenía por qué cargar con eso.
Teo arrugó la servilleta y se la metió en el bolsillo, que era lo que hacía con todos los papeles desde que tenía veinte años.
Contestó al correo: Trabajo por cuenta propia, puedo aportar los tres últimos trimestres. Gracias, el viernes allí.
Y no dijo nada de Bilbao, y supo que no lo había dicho, y le pareció que aquello era la cosa más parecida a la esperanza que había hecho en mucho tiempo.
* * *
A las ocho y media estaba otra vez en la mesa del fondo.
Lola le puso el café sin que se lo pidiera.
Estaba distinta: había estado toda la tarde con la cabeza en otro sitio, y tenía las manos manchadas de una cosa negra, y a las nueve menos veinte le enseñó una fotografía enmarcada con el cristal recién limpio y le fue diciendo los nombres de dieciséis personas de mil novecientos ochenta y tres.
—Estos seis siguen vivos —dijo—. Y cinco entran aquí todas las semanas.
—Ya.
—¿Ya? Teo, es una barbaridad.
—Es una barbaridad.
La miró decir aquello, apoyada en el respaldo de la silla de enfrente, con el marco entre las manos, y tuvo el impulso completo y clarísimo de decirle: he pedido ver un piso en la calle Fernández de los Ríos el viernes a las siete.
Once palabras.
—Se te ha quedado muy bien el cristal —dijo.
* * *
Día 16. Sabe a piso vacío con buenas vistas.